15 nov. 2011

El eterno retorno a la soledad


(De Haydée Breslav)

El 31 de octubre se cumplió el centenario del nacimiento de José María Contursi. Hijo de Pascual Contursi, creador del tango canción, siguió los pasos de su padre aunque con estética y temática diferentes.
Dicen sus biógrafos que nació en Lanús, único hijo de Pascual Contursi y de Hilda Briamo, y precisan que a los veintidós años escribió su primera letra, Tu nombre, un vals con música de Raúl Portolés Peralta que grabó Andrés Falgás.
A partir de entonces desarrolló una producción vastísima y notable, aunque no siempre pareja, que se encuentra entre las más representativas de la renovación poética de nuestro tango, que eclosionó en la célebre década del 40.
Apartado de la estética naturalista de su padre, se enroló en el neorromanticismo que constituyó una de las dos principales tendencias poéticas de la década (la otra fue la vanguardia, que se inició con el invencionismo y culminó en el surrealismo). En la poesía denominada culta, el neorromanticismo tuvo entre sus principales exponentes a Vicente Barbieri, Alfredo Martínez Howard, Ana María Chouhy Aguirre, Miguel Etchebarne, y Miguel Ángel Gómez, por no citar más que algunos.
En el tango, José María Contursi está entre los que encabezan esa corriente; como pocos, su obra ostenta “una invariable y sostenido tono melancólico y una predisposición perenne a lo elegíaco” que según David Martínez están entre las peculiaridades del grupo neorromántico.
“Buscamos lo esencial del verbo, más en el acontecer interior que en el deslumbrante artificio de la metáfora”, escribió sobre la generación poética del 40 León Benarós, que perteneció a ella. Tampoco Contursi persiguió ese deslumbramiento; y si a veces incurre en excesos melodramáticos (“Quisiera abrir lentamente mis venas / mi sangre entera verterla a tus pies”, Sombras nada más, con música de Francisco Lomuto; Roberto Selles nos apunta que este tango se cantó también en ritmo de bolero y de ranchera mexicana) también supo expresar con sencillez sentimientos delicados (“Cada vez que me recuerdes / tu pensamiento me besará”, Cada vez que me recuerdes, con música de Mariano Mores) y espiritualizar el sentimiento amoroso llevándolo a lo trascendental (“Más allá de la muerte y de Dios / óyeme, más allá / puede ser que me aleje de ti / la inmensidad”, Más allá, con música de Joaquín Mora).
Y tuvo la inteligencia y el buen gusto de escribir con los mejores músicos de la época: Aníbal Troilo, Pedro Láurenz, Joaquín Mora, Osvaldo Fresedo, Carlos Di Sarli, Osmar Maderna, Armando Pontier, Enrique Mario Francini y Héctor Stamponi.

LA TEMÁTICA
Algunos aseguran que todos los tangos de este autor son variaciones sobre el tema de los amores contrariados; otros, que toda su obra le fue inspirada por la misma mujer. Sin embargo, hay en esa obra varias piezas evocativas, como A mí no me hablen de tango, la excelente Milonga de mis amores, Mis amigos de ayer y Las cosas que me han quedado, que llevan música, respectivamente, de Juan José Paz, Pedro Láurenz, Francisco Lomuto y Armando Portier.
En cuanto a los tangos de asunto amoroso, es cierto que son muchos, y que las historias que cuenta son desdichadas; en el caso de Como aquella princesa (con música de Mora) los amores son felices, y el desafortunado es el resultado. En cambio en Tú son felices la historia, su realización y la deliciosa música de José Dames.
En varios de los tangos que dedicó al tema de los amores infortunados, Contursi nos sorprende aplicando una especie de vuelta de tuerca al desencuentro de los amantes, algo así como un eterno retorno a la soledad. Así, en Tango triste, con música de Troilo, relata la recaída en la desolación después de una reconciliación largamente anhelada (“Me torturé sin ti / y entonces te busqué / por los caminos del recuerdo / y en el recodo más lejano / te agitabas por volver / […] Y fuiste tú / la que alegró mi soledad / […] / y nadie existe más que tú / en mi destino. / Y hoy / te has hecho a un lado en mi camino / […] / y me sumiste en el pasado / que luchaba por querer volver”).
En Lluvia sobre el mar, que tiene música de Pontier, así describe el regreso al infortunio: “Me faltó valor / para arrastrarme buscando tu perdón / aun sabiendo que / te horrorizaba la idea de volver / a vivir tu trágico pasado / del que yo, desesperado, te arrebaté”.
La separación, ya definitiva, puede incluso seguir a un perdón que se suponía superador de una etapa difícil (“La perdoné cuando volvió / […] / y al arrojarse sollozando entre mis brazos / se cayeron a pedazos / los fantasmas de mi desesperación. / […] / Le dije ‘amor, no llores más’ / y se vistió mi soledad / con el azul de aquellos ojos adorados / […] / Después, no sé si me dejó / si estuvo aquí, si me olvidó / tan sólo sé que nuevamente el alma mía / se revuelca en agonía / porque sabe que ya nunca volverá”, Es mejor perdonar¸ música de Láurenz).
Es como si algo, por motivos y en tiempos desconocidos, determinara que la felicidad de la pareja fuera imposible (“No sé por qué te perdí / tampoco sé cuándo fue”, Toda mi vida, música de Troilo; “Y no puedo recordar / por qué te fuiste”, Quiero verte una vez más, música de Mario Canaro).
Al igual que Discépolo, Contursi no tuvo reparo en invocar el suicidio, pero lo hizo con frecuencia y en contextos tales que llevan a pensar más en expansiones románticas que en la desnuda desesperación del autor de Tres esperanzas.

EL MOTIVO
No nos referimos al título de un tango de Contursi padre, sino al tema que a nuestro juicio mejor desarrolló su hijo. No sabemos si éste leyó la Filosofía de la composición, donde Edgar Poe afirma: “La muerte de una hermosa mujer es incuestionablemente el tema más poético del mundo; e igualmente está fuera de toda duda que los labios más adecuados para expresar ese tema son los del amante que ha perdido a su amada”.
Tampoco sabemos si fue en conocimiento de esta hipótesis más que discutible, por influjo de la tradición necrofílica de nuestra sociedad, o debido a ambas, pero lo cierto es que el tema, asumido acríticamente, fue explotado con mejor o peor suerte en la poesía y en la canción. En el tango, dio lugar a piezas como La que murió en París, de Blomberg y Maciel; La novia ausente, de Cadícamo y Barbieri; Después, de Manzi y Gutiérrez; Tu pálido final, de Roldán y Demarco, y sobre todo Sus ojos se cerraron.
José María Contursi consagró al tema dos de sus mejores tangos y un tercero que conlleva una crítica a la moral dominante en la época. Los dos primeros son Verdemar y Claveles blancos y llevan música de Carlos Di Sarli y Armando Pontier.
Verdemar es de 1943. Comienza con una sinestesia extraña en este autor: “Se llenaron de silencio tus pupilas”. Precisamente el silencio, el frío y la falta de luz y de color son circunstancias de las que se vale después para nombrar a la muerte. En la segunda parte expresa, con poética síntesis, la sensación de desorientación que sigue a una gran pérdida: “Y ahora ¿qué rumbo tomaré? / Caminos sin aurora / me pierden otra vez”.
En cuanto a Claveles blancos, que es de 1949, elige el contraste entre la blancura de la amada (“jazmín y piel”, “dedos de marfil”) y de los jazmines que pone sobre su cuerpo, con las sombras que le deja su ausencia. Pero lo más notable está en los cuatro versos finales, tanto de la primera (que se repiten, con una ligera variante, en la primera bis) como de la segunda.
Habíamos dicho que no nos era posible saber si Contursi había leído la Filosofía de la composición, donde Poe explica cómo escribió “El cuervo”. Recordemos que decide rematar cada estrofa con un estribillo breve y “sonoro y posible de énfasis” y por eso elige la palabra inglesa nevermore, con la variante nothing more.
Veamos ahora los finales de Claveles blancos: “Nunca más / su voz me llamará / ya nunca, nunca más / su boca besaré” (primera parte); “Un telón de sombras, nada más / tu ausencia me dejó / nada más, nada más” (segunda); el final de la primera bis repite el de la primera, cambiando “su” por “tu”.
Claro que otros tangos incluyeron el ritornelo (inclusive uno, de Francisco y Oscar Lomuto, lleva ese título) pero nada tienen que ver con el tema que nos ocupa.
Muchos años y muchas cosas pasaron desde entonces. Con el Informe de la Conadep y el memorable alegato del fiscal Strassera en el juicio a las Juntas impulsado por el presidente Alfonsín (en momentos, recuérdese, en que estaba vigente el servicio militar obligatorio y los jefes tenían mando de tropas) esas dos palabras dejaron de ser lamento para convertirse en reclamo, sentencia y desafío.

UN ALMA BUENA
Para comprender mejor el mensaje de este tango, es preciso acomodar un poco las coordenadas. En la década del 40 y buena parte de la del 50, de indudable bienestar económico, las costumbres estaban sometidas a convencionalismos alineados con los preceptos de la Iglesia Católica, a la sazón muy poderosa; tanto, que había logrado imponer la enseñanza de esa religión en todos los colegios y escuelas del país; y el divorcio no estaba legalizado (recién lo estuvo en 1987).
Algunos de los conflictos provocados por la obligada indisolubilidad del matrimonio quedaron reflejados en el tango, que siempre ha sido testimonial. De ahí el gran éxito que alcanzaron entonces páginas como Bailemos, de Yiso y Mamone y Prohibido, de Sucher y Bahr; en la misma línea se ubican Dame mi libertad, de estos últimos autores, y Amor en remolino, de Cátulo Castillo y Héctor Stampone.
Cuando José María Contursi asume el tema vuelve a sorprendernos, pues lo enlaza con el que Poe consideraba el más poético. Se ha dicho que Un alma buena –que tiene música de Aquiles Aguilar– está inspirado en un hecho real, pero no nos consta; lo cierto es que la historia ilustra un pensamiento de Víctor Hugo, quien escribió que las apariencias de austeridad obligan a “exhibir continuamente lo falso, a no ser jamás uno mismo”.
Contursi elude en general los golpes de efecto que ofrece esa historia, la que tampoco está demasiado perfilada; al igual que la crítica, se desprende del lamento del protagonista, quien aun frente a la muerte de la mujer amada debe ocultar sus sentimientos; al dolor por la pérdida se suma la sordidez de la simulación. (“Vine y no debí venir / enloquecido de pena. / Nadie me conoce aquí / dirán: ¡Es un alma buena! / ¿Quién de los que gimen a tu lado, / quién de los que imploran y te rezan / y te lloran y te besan / te adoró desesperado? / Nadie más que yo”. Y concluye volviendo contra sí el clamor que debe ahogar: “Es el grito de un puñal / clavándose en la piel / la impotencia de querer / besarte y no poder”.
José María Contursi es autor además de los tangos Como dos extraños, Cosas olvidadas, En esta tarde gris, Garras, Gricel, Junto a tu corazón, La noche que te fuiste, Sin lágrimas, Tabaco, Tu piel de jazmín y Vieja amiga y de los valses Bajo un cielo de estrellas y Valsecito amigo, entre muchas otras piezas.
Murió en Córdoba, donde se había establecido, el 11 de mayo de 1972.
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Imagen: José María Contursi
Material tomado del periódico “Trascartón”, 2011.