11 nov. 2011

Tiempos pasados, ¿tiempos mejores?


(De Raúl Espino)

“Más de una vez, el conductor del vehículo en que viajamos, auto, colectivo, ómnibus, etcétera, resulta ser un obsesionado, un epiléptico, un enfermo mental o padecer de algún grave mal orgánico; sólo así pueden explicarse los tan frecuentes y graves accidentes que estamos acostumbrados a ver y que a veces llegan a adquirir un matiz repulsivo e impresionante; desde la intemperancia en el trato hasta el delirante desprecio a la vida propia y ajena, todas las gradaciones son posibles”.
Este párrafo, tan expresivo y contundente, no está extraído de una crónica periodística de los últimos tiempos sino de un informe suscripto por el Jefe de la Sección Higiene Industrial y Social de la Ciudad de Buenos Aires, el Dr. Ismael Urbandt, y fechado el 30 de octubre de 1937. Luego de mencionar algunos estudios llevados a cabo en distintas ciudades del mundo para conocer el origen de “las causas determinantes de las falsas maniobras de conductores” que provocan grandes accidentes, el médico señala que “en nuestro país no se practica el examen (médico) con el rigor que es de desear” ni “se conocen tampoco estadísticas médicas de causas de accidentes de tráfico, con los detalles precisos de los mismos”. El informe a que se ha hecho referencia está incorporado al Expediente Nº 389/37 de la Coordinación de Transportes de la Ciudad de Buenos Aires y fue producido a raíz de una solicitud de dicha empresa, preocupada por las condiciones físicas y psíquicas que debe exigirse a los aspirantes a desempeñar puestos de “chauffeurs” y “motorman” de los vehículos de transporte de pasajeros.
El Expediente 389/37 forma parte del conjunto de documentos histórico de la Secretaría de Transporte e integra el acervo archivístico que tiene bajo su custodia el Archivo General de la Nación. Algunos de esos documentos, iniciados en su mayoría por la ex Coordinación de Transportes de la Ciudad de Buenos Aires y la ex Comisión de Control de los Transportes de Buenos Aires, reflejan hechos cotidianos, curiosos y llamativos, que son toda una pintura de los años 30 y 40 de la pasada centuria. Una acabada expresión de las relaciones que vinculaban a los usuarios de ómnibus, tranvías y colectivos con quienes tenían la responsabilidad de organizar, coordinar y controlar su funcionamiento.
El Expediente 209/40 de la Comisión de Control, por ejemplo, se refiere a la reparación económica solicitada por el usuario de un tranvía cuyo pantalón fue dañado por el clavo de un asiento. A la exigencia del pasajero de recibir como resarcimiento la suma de $ 20 m/n, se opuso la contraoferta del ente de control que ofreció sólo $ 10. A pesar de que no surge de dichas actuaciones de qué modo se resolvió este conflicto, cabe advertir la consideración brindada al pasajero y la voluntad de evitar contratiempos similares al establecer las autoridades pertinentes que en el futuro “los coches que salgan a la circulación deberán ser perfectamente revisados por empleados competentes de la empresa a efectos de constatar el estado en que se encuentran, bajo pena de $ 20 m/n de multa por cada contravención”. Como simpática anécdota cabe agregar que el guarda del tranvía, al advertir el “accidente” que derivó en la rotura del pantalón, se apresuró a remachar el clavo con la máquina expendedora de boletos.
A ningún usuario del transporte público de pasajeros se le ocurriría en 2010 iniciar un reclamo semejante sabiendo de antemano que su gestión sería ridiculizada y condenada al fracaso, confirmándose así la presunción de que en este y otros aspectos “todo tiempo pasado fue mejor”. Pero esta conocida sentencia no podría ser aplicada a la seguridad vial de la Ciudad de Buenos Aires, toda vez que la sucesión de graves accidentes de tránsito provocados últimamente por los medios de transporte genera hoy en día la misma preocupación y desasosiego que parecía experimentar el Dr. Urbandt en octubre de 1937.
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Imagen: Tranvía porteño.
Material tomado del periódico El Barrio, 2011.