27 may. 2011

“Atlas de Buenos Aires”


(De Norberto H. García Rozada)

Transcurrían los años finales de la década del setenta cuando las entonces autoridades municipales porteñas iniciaron los preparativos para festejar por todo lo alto, en 1980, el cuarto centenario de la fundación de Buenos Aires. Felizmente, un inolvidable amigo, Ricardo T. E. Freixá, era el secretario comunal de Cultura y, entre otros aportes esenciales, movilizó la edición de una serie de libros fundamentales. De ellos, tal vez el más importante y trascendental, fue el Atlas de Buenos Aires, obra monumental elaborada por Horacio Difrieri y un caracterizado equipo de colaboradores.
Dos tomos de respetable tamaño y generosa cantidad de páginas –529 y 222, respectivamente–, profusamente ilustrados con vistas y planos de la ciudad, vieron la luz, pues, en julio de 1981. Las sobrecubiertas de las tapas, adornadas por la reproducción de una fotografía satelital del área metropolitana ya era, de por sí, promesa alentadora acerca del contenido de los volúmenes, tan vastos y documentados que se torna dificultoso describirlos en forma integral.
Así y todo, a vuelo de pájaro y cual descripción harto somera, cabe recordar algunos capítulos tan importantes como “La ciudad virreinal”, “La ciudad de Mayo”, “La ciudad federal”, “Los puertos de la ciudad”, “La población” o “Hacia la megápolis”. No es menos documentada la recopilación de planos que, a lo largo de todos estos años, sólo ha merecido elogios múltiples y apenas un mínimo juicio crítico: varios de ellos son demasiado pequeños, detalle por el cual es trabajoso analizarlos a simple vista.
Nadie mejor que Difrieri para explicar la intención profunda del trabajo: “Esta obra –dijo en el prólogo– intenta mostrar el rostro de Buenos Aires a través de la osatura fundamental de su plano, y de otros instrumentos analógicos que diseñan la alta densidad de su espesor histórico…”. Es cierto. La obra descarnó a Buenos Aires y la viseccionó desde la piel hasta lo más profundo de la estructura gigantesca. El resultado, entonces, no pudo ser más alentador y positivo porque el atlas no se limita a describir la metrópoli sino que también la explica y, por ese procedimiento, para nada fácil, por supuesto, logra indagar en su esencia. Obra de consulta imprescindible, ya sea para simplemente conocer Buenos Aires o bien para trabajar en su historia y su geografía, el atlas fue vendido al público, en su momento, a precios accesibles, siguiendo la tendencia que desde mucho tiempo antes era política invariable para las publicaciones municipales. Después, la colección completa, que además del atlas incluyó otros títulos, inéditos y reediciones de inestimable valor, tuvo un destino lamentable, cuyo relato es imposible omitir porque, tal vez, pueda llegar a servir de lección acerca de que las empresas culturales positivas jamás deberían ser juzgadas a la luz de pasiones humanas.
Ocurrió que en la práctica, y tras cambiar el gobierno luego de un período sin duda penoso de la vida de la Nación, gran parte de esos libros fueron retirados de la circulación y enviados a los sótanos de un cine semiabandonado de las inmediaciones de la Chacarita. Los iniciados que conocían su paradero se surtieron, durante un tiempo y a precio vil, de los ejemplares en buen estado que iban quedando, puesto que muchos de ellos habían sido afectados por humedades y abandonos. Por último, la colección en general, y el atlas en particular, pasaron a ser auténticas curiosidades bibliográficas que no pueden estar ausentes de las bibliotecas con pretensión de tales y del conocimiento de los estudiosos de la ciudad. Tributo postrero a la laboriosidad y el talento de Horacio Difrieri y sus colaboradores.
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Imagen: Interior de uno de los tomos, con plano desplegable del Atlas de Buenos Aires de Horacio Difrieri.