25 may. 2011

Los corsos de la calle Triunvirato


(De Diego A. del Pino)

¿Cómo no hacer una referencia a los famosos corsos de Villa Crespo, orgullo del barrio y adorno de la calle Corrientes?... Para rememorarlos, volvemos a nuestra infancia, y nos vemos caminando por la calle aquélla, un día de 1930, asombrados con las imágenes de color y los sonidos estridentes del Carnaval porteño, que todavía no había empezado a agonizar.
En esos tiempos, los chiquilines de Villa Crespo y sus vecindades –yo era de Chacarita – sabíamos que en la calle Triunvirato, desde el Maldonado, donde siempre esperaba una pequeña aventura, hasta Canning, estaban aguardando las luces del tradicional corso. Se iluminaban las calles de vereda a vereda, las asociaciones preparaban con anticipación aquellas gigantescas comparsas y orfeones que delataban su presencia un  mes antes con el ruido de tambores y silbatos, que se escuchaban en la noche, con mil sugerencias.
La ilusión se cobijaba entonces en cada muchacha, en todos los chicos, porque el corso significaba disfraces, galanes, bailes, palcos, serpentinas, mojaduras, risas, color, música… Era la evasión transitoria, llena de expectativas.
La calle Triunvirato cambiaba de rostro: palcos Municipales, lamparitas de colores, vidrieras adornadas con caretas o antifaces románticos, pomos, bombitas y, de pronto, ya en pleno Carnaval, era cosa de ponerse a esperar la presencia de las infaltables murgas, con sus saltos imposibles, chiquilines en lo alto, armazones de paraguas, narices de papel o de cartón y bigotazos de italiano.
Las comparsas se preparaban para presentarse en el cine teatro “Villa Crespo”, para divertir a un público que no tenía muchos entretenimientos ni exigencias.
Nos vemos caminando por aquella calle Triunvirato (adoquines, faroles de hierro, refugios, tranvías, ómnibus repletos), con sólo diez años, con una gorrita de marino que costaba treinta centavos, un bastón a lo Carlitos Chaplin (cinco centavos), un pomo de agua perfumada y una nariz de cartón que nos molestaba pero que, no sé por qué, era imprescindible llevar… Íbamos caminando y riendo, desde Dorrego a Canning, y nos deteníamos en algún zaguán donde una canilla nos permitía llenar las bombitas, terror de las niñas…
Todo quedó atrás: niñez, sueños, corso de Triunvirato, que alguna vez fue orgullo de aquel Villa Crespo y hoy es sólo recuerdo, como una serpentina caída, o un puñadito de papel picado mojado por la lluvia…
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Imagen: Emblema del barrio de Villa Crespo.
Tomado de: El barrio de Villa Crespo; Primera edición;  Cuadernos de Buenos Aires, 1974.