20 may. 2011

Elías Castelnuovo


(De Lubrano Zas)

En 1973 con motivo de Año Nuevo, Elías Castelnuovo me envió la fotografía de su busto –creación de Santiago José Chierico–, al dorso del cual me dice que  soy “el defensor más calificado del Movimiento Boedo”. Como estoy seguro que me quería –sus cartas lo prueban–, tomé esta reflexión suya como una expresión de generosidad. Pero actualmente, ante el olvido inmerecido en que se hayan inmersos muchos  de nuestros más representativos escritores y también el hecho de que alguien me llamara “albacea del pensamiento del Grupo de Boedo”, recapacito y trabajo.
Me alegra y conmueve saber que en Estados Unidos se haya editado un ensayo literario de Towne Leland titulado The last happy men (1986), el que trata sobre la generación argentina del 22, particularmente sobre los grupos llamados Florida y Boedo y los precursores de este último grupo: Rafael Barret y Juan Palazzo, ninguno de ellos reeditados actualmente entre nosotros. El libro de Towne Leland me fue enviado por el joven escritor norteamericano John Eipper, de Ithaca, Nueva York, a fin de que “usted sepa que acá en Norteamérica seguimos siendo lectores apasionados de los escritores de Boedo”. Esto, sin duda, hubiese golpeado explosivamente a Elías Castelnuovo, era parte de su sueño.
En Las inquietudes de Shanti Andía, Pío Baroja dice que “hoy a casi nadie le ocurre algo digno de ser contado”, lo cual me trae recuerdo del autor de Tinieblas (1923), de su producción, pero al revés, por cuanto ésta contiene de activa comunicación autobiográfica que, según Alfredo Perlés, no es otra cosa la “auténtica obra de arte”.
Elías Castelnuovo nació en Montevideo, como Abraham Vigo y Ricardo Passano, y a los quince años, después de que su cuñado lo echara cabeza abajo por las escaleras, huyó de su hogar. Cuanto sufre y vive está registrado en sus Memorias (1974). Su idea fija fue siempre ser escritor. “Nací literato y pienso morir literato”, afirma en Notas de un literato naturalista (1923), donde ataca a Gustavo Martínez Zuviría por estar “desfigurando el rostro de la literatura nacional”.
Una mañana, caminando por la calle Boedo, me detuve de pronto, sin saber por qué, justo frente al número 841, donde antiguamente funcionaba la redacción de Las Grandes Obras, revista dirigida por Julio R. Barcos y en la que Castelnuovo publicara las Notas mencionadas. Entonces, sonreí apenas, y con paso inseguro me dirigí al “Dante”, el café que está en la otra cuadra, al 745 de Boedo (1), donde Gustavo Riccio se reunía con Miranda Klix y, entre otros, no siempre, con Álvaro Yunque. Necesitaría el inteligente lenguaje de Joseph Conrad para describir la densa soledad que viví sentado a una de sus mesas; y aunque parezca irreal, la noticia leída en La Nación (6-10-91) de que en Bonn, desconocidos habían dañado las tumbas de Robert Schumann y la de Clara, su mujer, y pintado con cruces nazi, hizo insoportable mi nostalgia. Suele afirmarse que no se puede vivir de recuerdos, y es verdad; pero tampoco sin ellos, lo cual revela su peculiar consistencia. Elías Castelnuovo me habló en cierta ocasión del asedio de los mismos, lo que me llevó a pensar en la necesidad de estudiarlos y aprehender su esencia. “La misión del hombre en la tierra es recordar”, escribe Henry Miller y añade: “Sólo existe lo que perdura. Yo existo”. Y su amiga Anaïs Nin, en su extenso y jugoso Diarios, expresa que “los chinos dicen que el futuro es solamente la sombra del pasado”.
Un día nos vimos con Castelnuovo en Liniers, y caminando por esas tranquilas calles del barrio, me dijo que sus libros los había parido con mucho sufrimiento, y que el Decálogo del escritor que me había enviado quinde días atrás, no era otra cosa que cuanto él sinceramente pensaba. Jamás puse en duda su palabra; su objetivo era ser honesta y sabiamente. La literatura no significaba para el autor de Larvas sólo comunicación, sino también descubrimiento y autodescubrimiento.
A lo largo de pequeños hechos, aparentemente insignificantes, pude apreciar su generosidad. Una tarde, hablando por teléfono, le conté que había visto en una librería de la calle Corrientes, muy bien expuesta, sus Memorias. “Dígame su impresión”, me dijo. Entonces respondí algo avergonzado: “No lo compré todavía”. Al día siguiente recibí una carta –febrero 6 de 1978– en la que me dice: “Por este mismo correo el envío Memorias”.
Ahora releyendo relatos de Leónidas Andreiev, me acordé de Elías Castelnuovo. Algunos aseguran que el escritor ruso influyó notablemente sobre su escritura. Pienso que el pesimismo de Andreiev no es negativo y sí más bien reflexivo. Léase detenidamente La llamada. De pronto el hombre ha descubierto en su mujer “algo nuevo” que lo devuelve vitalmente a la vida. Y si Ben-Tovit es un cuento penumbroso, no por eso deja de ser altamente significativo. Elías Castelnuovo era un lector acucioso, penetrante, activo. La literatura era para él un compromiso que iba más allá de la escritura.
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(1) Este café tradicional del barrio de Boedo fue demolido hace unos años; en su lugar se levanta ahora una pinturería (N. de la R.)

Imagen: Retrato de Elías Castelnuovo.
Material tomado del libro de L. Z.: Narradores del grupo de Boedo, Ediciones Cañón Oxidado, Bs. As., 1993.