16 may. 2011

La desventurada y triste historia de la ninfa Eco


(De Rafael E. J. Iglesia)

No soy lo que soy, sino también lo que seré y lo que quiero haber sido y llegar a ser”.
J. F. Lyotard

Lo nuestro, lo propio, lo argentino, lo americano, es tema de discusión y de perplejidad, motivo de condena o absolución.
Para algunos, que quizá sin saberlo siguen alguna prédica de Sarmiento y las huellas de Noel y Guido, la arquitectura se encontrará con lo nuestro si rescata del pasado (nuestro pasado) arquetipos rotundos, imágenes ancestrales, modelos normativos que permitan una resurrección clara de él. Se evoca al pasado para infundir vida al presente.
Otros, piensan que lo propio es lo que es, lo que se da. El presente es el único parámetro, mirar hacia atrás es para ellos, tarea inútil y reaccionaria; piensan, con Borges, que “ser argentino es una fatalidad” de la cual no podemos escapar. Lo nuestro es algo dado, buscarlo es tratar de resolver un seudoproblema.
También hay quienes, empinados en el presente, otean desde él el horizonte del futuro. Para ellos, lo nuestro aún no se ha construido y es tarea urgente poner manos a la obra.
Aquellos que cocinan el puchero sólo con el pasado, con el presente o solamente con el futuro, olvidan la (inevitable) tridimensionalidad del tiempo, en el que se integran pasado, presente y futuro.
Una arquitectura nuestra no se podrá concretar sin el conocimiento de nuestra historia (arquitectónica y de la otra); sin una clara toma de posición frente al presente (lo que también implica su conocimiento) y sin una empresa a llevar adelante cuyos frutos se den en el futuro.
Quiero decir que somos, no sólo actores de un presente, sino herederos de un pasado y creadores de un porvenir.
¿Qué hará el arquitecto que quiera colaborar en la construcción (el desarrollo) de lo nuestro? Estudiará nuestro pasado, no invocará a sus espectros para que lo lleven de la mano de vuelta a sus sepulturas. Estudiará el presente para dar sentido a su obra; no aceptará acríticamente las imágenes que le ofrezca cualquier vanguardia de afuera, por prestigiosa y brillante que ésta sea. Se integrará en un proyecto cultural, propio, lo que no excluye la apropiación para su construcción de toda la materia prima que quiera (foránea o nativa). No correrá detrás de un futuro que otros trazaron sin la participación de la sociedad interesada (la nuestra).
Las imágenes, las ideas, la vitalidad y los objetivos que nos vienen “de afuera” son inútiles y aun nocivos cuando reemplazan, opacan o confunden las ideas, la vitalidad y los objetivos propios, los únicos que pueden dar sentido a cualquier obra hecha aquí. La mirada hacia afuera nos enriquecerá siempre que no bloquee la mirada que interroga al entorno.
Pienso en un médico que aplicara una terapia descubierta en otras latitudes a su paciente; si la terapéutica es la acertada, bien hecho; pero si la terapéutica se aplica sin conocer al enfermo ni a su enfermedad, la cosa suena a negligencia criminal. La salud cultural no puede buscarse sin conocer lo esencial de la cultura y por ende, sus enfermedades.
Como médicos negligentes me parecen los arquitectos que, seducidos por la producción teórica y práctica de países más industrializados que el nuestro, con culturas diferentes, se angustian y sienten que “pierden el tren” y en esa angustia y en esa urgencia no miran a su alrededor; no reparan en “nuestra” realidad, se olvidan de que “la tierra permanece” y se transforman en ecos (más sonoros o más débiles, no importa) de los gritos que se gritan del otro lado del mundo.
Eco fue una desventurada ninfa a la que Hera condenó, por celos, a repetir las últimas palabras de quienes le hablaban.
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Imagen: Dibujo alusivo a la ninfa Eco de Teresa Durmüller, que ilustra el texto original.
Tomado del libro de Rafael E. J. Iglesia y Mario Sabugo: La ciudad y sus sitios.