7 may. 2011

Las musas francesas del tango


(De Roberto Selles)

Las musas francesas irrumpieron en el tango allá por la primera década del siglo XX. Fue luego de que, en 1905, se radicara en Paris Alberto López Buchardo, al que algunas bellezas de esa ciudad le inspiraron Poupée y Germaine; de ésta, su composición más célebre, Di Sarli ha dejado una grabación memorable.
Pero fue al eco del primer triunfo del tango en Paris, hacia 1910, cuando la mujer francesa se instaló en algunos títulos tangueros. Son elocuentes al respecto, La tangochinette de Ángel Villoldo, La gigolette de Manuel Aróztegui, Jeanne y Margot de Juan Maglio "Pacho" –diferente este último al que posteriormente popularizaría Gardel y que nada tiene de francés–-, Yvette de Augusto Berto –homónimo del que lleva letra de Contursi–, Jeannette de Genaro Espósito, y entre otros, La Vasca, que Juan Carlos Bazán dedicó a Maria Rangolla "La Vasca", milonguera y célebre propietaria de "casitas", nacida en la región vasco-francesa de los Bajos Pirineos en 1866 o 67.
Pero he aquí que los propios franceses no se quedaron atrás y produjeron El último tango (Le dernier tango) de E. Doloire (música) y A. Foucher (letra), que obtuvo su versión castellana, debida al español Gaid, cantada con éxito por la tonadillera Sarita Morales "La Coquito", su letra dice: "Un argentino, al recorrer el mundo, / a Rita un día conoció en París / y en un alegre cabaret inmundo / le vio danzar un tango del país [...] / Y Rita fue su amante idolatrada / y él, sus caprichos al satisfacer, / se malgastó la plata, que agotada / fue prontamente por la cruel mujer". Historia de trágico final, cuando el argentino le dice a la ingrata francesa: "¡Tiembla en mis manos, por impura, / yo voy a ahogarte; es mi locura! / ¡Oh, muere, muere ya; perjura / no serás otra vez!".
En 1920, Eduardo Arolas viajaba a París en compañia de una francesita de nombre Alice Lesage, que le inspiró su tango Alice. Ya instalado en la Ciudad Luz, alguna otra muchacha nativa le daba pie para las notas de Poupée, que nada tiene en común con el homónimo de López Buchardo.
Fue precisamente en la década de 1920 cuando las letras tangueras dieron generoso albergue a las musas galas. El hospedaje prosiguió en la década de 1930 y ahí están, como muestras de ambas décadas, Francesita de Alberto Vacarezza y Enrique Delfino, Griseta del mismo compositor y José González Castillo, ¡Buenos Aires es una papa! también de Delfino y Camilo Darthés, Ninette de Alfonso Lacueva, Pobre francesita de Manuel Jovés, Lisón de Celedonio Flores y Rodolfo Sassone, Madame Ivonne de Enrique Cadícamo y Eduardo Pereyra, Muchachita de Montmartre de José Antonio Saldías y Osvaldo Fresedo, Manón del ya veterano Arturo De Bassi y varios más.
Es interesante el caso de Griseta, porque en él entra la novelística francesa en la letra de tango. Más claramente, digamos que Museta, Mimi, Rodolfo, Schaunard, Des Grieux y Manón son personajes de las novelas Manón Lescaut de Antoine Prévost, Escenas de la vida bohemia de Henri Murger y La dama de las camelias de Alejandro Dumas (h).
No lo es menos el de Madame Ivonne. Según rememoraba su compositor, era una francesa propietaria de una pensión montevideana, a la que homenajeó con su tango en gratitud por haberles fiado el alquiler a tantos bohemios que, como él, caían por esa casa; Cadícamo imaginó otra historia...
En otro tango, Una noche en El Garrón (Luis Garros Pe y Manuel Pizarro), el protagonista habla en tercera persona de la musa, "una milonga francesa / que conocí en El Garrón". Esta dama, según el narrador, "me hizo creer que me quería, / mucho de mí se burló, / hasta que un maldito día / con un cafiolo piantó". El final ya se podrá prever: "La coca te ha vuelto loca, / tu hombre ya se piantó, / ¡pobre milonga francesa / que conocí en El Garrón!".
Generalmente, este tipo de letras presentan un desenlace fatal, pero en ¡Buenos Aires es una papa! (su texto está en francés, bajo el titulo Buenos Aires c'est épatant!), la protagonista es una francesa que se acriolla en tierra argentina y dice cosas graciosas como éstas: "Hoy, por parler, siempre sé decir chamuyo / por pronunciar un franco, digo un gruyo, / a mi fiancé yo lo llamo un gran bacán... / ¡Oh, Buenos Aires, señor, me hace asombrar!".
Tampoco Lisón, que "se trajo de Francia / aristocracia y caché", termina como una milonguita en las últimas; al contrario, "tiene un cotorro de gran lujo por el centro" y "un garabo que la apronta y la florea, / y la trabaja de bueno y consecuente, / bacán derecho y decente, / a quien le dio entero y fiel su corazón".
Pero hay asimismo tangos en los que la musa no es el elemento central, aunque no deja de estar presente. Por ejemplo, en Noches de Montmartre (Carlos César Lenzi y Manuel Pizarro) surge, de entrada, la "muñequita de lujo" con su "silueta dibujada con gran chiqué", y no falta, "recostada en la puerta de algún bistró", la vieja "Mimí con hambre y frío" que "recuerda al viejo / romántico Montmartre que ayer pasó".
Por ejemplo, en ¡Araca París! (Carlos César Lenzi y Ramón Collazo), se menciona a las "franchutas papusas" imposibles de ser engrupidas. Por ejemplo, en Montparnasse de Juan Deambrogio "Bachicha", que versificado por Jean Rodor en francés, se habla de midinettes y nocturnos romances: "Pintores, bardos y midinettes / por los salones, de siete a siete, / en un abrazo cambian frases / bailando un tango en Montparnasse. / Se va la noche de ensoñaciones, / de dicha tiemblan dos corazones... / Novela viva del amor, / ¡es Montparnasse, sí, señor!".
En Recuerdo, Eduardo Moreno (con melodía de Osvaldo Pugliese) menciona a la "embriagada Mimí / que llegó de París", a la que luego suavizaría como la "dulce y rubia Mimí". O por ejemplo, en Corrientes y Esmeralda (Celedonio Flores y Francisco Pracánico), puede advertirse que "franchutas papusas caen a la oración / a ligarse un viaje si se pone a tiro, / gambeteando el lente que tira el botón".
A veces las francesas no son tales sino argentinas camoufladas. Enrique Cadícamo sabía de eso y las retrató en Muñeca brava, una nativa de Villa Crespo a la que deschava: "Che, madam, que parlás en francés", y en Che, papusa, oí, donde increpa a cierta milonguerita "de parla afranchutada, pinta maleva, y boca pecadora color carmín".
Pero también hubo argentinas ancladas en París. A la piba de Chiclana, que cambió el percal por el petit-gris y tiene un mishé que le paga el viaje, Alfredo y Julio Navarrine, con música de Rafael Rossi, le vaticinan, en Sos de Chiclana, que no podrá engrupir a nadie: "Cuando desfiles allá por Longchamps, / la muchachada de aquí dirá al ver / tu fina estampa: ‘Milonga pour sang... / ¡Stud Chiclana, no hay nada que hacer!'".
En Como un recuerdo, subtitulado A París –-una de las primeras letras de Homero Manzi, con música de Francisco Caso–, se pinta a una porteña cegada por las luces de la Ciudad Luz, con el consabido final: "Y en París pronto se extinguió / como una nube de humo tu ilusión".
En la poco conocida letra de Canaro en París, José Antonio Scarpino –sobre música de Juan Caldarella y Alejandro Scarpino– le canta a la ambiciosa paisanita que –a imitación de algunas porteñas– también había hecho el ansiado viaje: "Te fuiste de aquí / y con dolor has de llorar, mujer; / ¡ingrato París,/ has robado mi querer! [...] Volvé, china, a mis pagos, / que cuando el sol asoma / es bella la alborada / cargada de arrebol".
Por su parte, Héctor Pedro Blomberg, con música de Enrique Maciel (por supuesto), volvía a tornar reversible el tema, con La que murió en París: "Siempre te están esperando / allá en el barrio feliz, / pero siempre está nevando, / sobre tu sueño, en París. / ¡Paloma, cómo tosías / aquel invierno al llegar..! / Como un tango te morías / en el frío boulevard".
En 1935, Julio Jorge Nelson retomaba la novelística francesa en Margarita Gauthier, musicalizado por Joaquín Mauricio Mora.
Ya a fin del decenio, los franceses seguían –si bien con menos ahínco que los argentinos – insistiendo con la inclusión de sus compatriotas femeninas en las letras tangueras; D. Vasin y V. Berrini producían El tango de Ramona (Le tango de Ramona), que llevó al disco en 1938 la orquesta de Jaime Plana.
La década de 1940 asoma con Claudinette de Julián Centeya y el varias veces mencionado Delfino: "Mi Claudinette pequeña y tan querida, / de blusa azul y la canción feliz, / definitivamente ya perdida, / me la negó la calle, la calle de París".
Luego, el mismo Centeya insistía con Lisón, homónimo del ya citado, con música de José Ranieri. También se sumaban al tema José Rótulo y Aquiles Roggero, con Mimi Pinsón, y Homero Expósito y Armando Pontier con Margo, que solía cantar "su tango feliz" en una París que la devolvía a Buenos Aires al son del "tango más amargo".
Pasada la mitad del siglo, el tema va perdiendo vigencia. Pero aun así, Rodolfo Taboada y Mariano Mores volvían a él con Ahora te llaman Lulú, una milonga estrenada en 1961 en el teatro “Avenida” y en la que Tita Merello decía: "Yo soy Lulú de Montparnasse, / la del Trianón y el Palais de Glace [...] / Soy la griseta más dulce y final que a la Argentina mandó Pigall", y le respondía Hugo del Carril: "No te mandés la parte de cocotte y midinette [...] / ¡Ahijuna, cómo has cambiado! / Si ya no te reconozco / ni de frente ni de lado". Finalmente, ella admite: "Pero atrás de esta careta / que engayola a tantos giles, / llora a veces la pebeta / que te dio sus veinte abriles".
Después vendrían Siempre París (Homero y Virgilio Expósito ), donde una muchacha que "no fue Mimí ni fue Manón", entendió que siempre se puede rodar en París, "sin ser Manón ni ser Mimí"; Muchacha parisina (Elbio Nessier y Rubén Derlis); ¡Vamos, Nina! (Horacio Ferrer y Astor Piazzolla), que habla de una francesa que los autores conocieron en un bistró frente al Sena y suplieron su ignorado nombre por el de Nina; Che, tango, che del mismo Piazzolla con versos en francés de Jean Claude Carrière, en el que una dama parisiense se siente maltratada por el tango pero, aún así, está perdidamente enamorada de él: "Yo, por vos, / llegué a robar y me hice mala, / me desnudé sin dudar / y la vergüenza perdí...! Tango cruel, / me has desmayado y cacheteado / y me has amado y amurado,/ pero en tu brujo son / ¡hoy me tenés soldada a vos!".
Para finalizar, un tango que nos pertenece, La francesa, con música que nos dejó el autor de El ciruja, Ernesto de la Cruz, versificada tardíamente en 1999. En él, evocamos a una recordada amiga de esa nacionalidad: "En un bulín de San Telmo recaló / y al Sur de tanta distancia, / aporteñó su prestancia y su cachet / la francesita Josée. / Josée, vieja Josée, / con poco eras feliz; / tenía un no tener / tu modo de vivir. / Supiste igual reír; / la guita ¡qué más da!, / si un día hay que partir / sin nada que llevar".
Algunas ficticias, otras reales, las musas francesas supieron pasearse por el tango a lo largo de todo un siglo.
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Imagen: Partitura del tango Francesita de Vacarezza y Delfino.
Tomado de www.tangoreporter.com