17 jul. 2012

Un tipo llamado Wimpi



(De Otto Carlos Miller)

Para seguir con la tradicional soberbia porteña diremos que Wimpi fue un genio “rioplatense”. Cuando un uruguayo pasa inadvertido, es decir como un ser humano común, nos referimos a él como lo que es: un uruguayo. Pero si se trata de Horacio Quiroga, Roberto Tálice, Julio Sosa, Florencio Sánchez, el Conde de Lautremont, Mario Pardo, Juana de Ibarbourou, Cayetano Silva, Julio Pardo, Juan Carlos Onetti, Enrique Saborido, Gerardo Mattos Rodríguez,  Eduardo Galeano, Debenedetti ...y otros, ya no se dice escritor, poeta, autor, compositor o intérprete nacido en uruguay sino “rioplatense”. Ratificando esa arrogancia diremos que el uruguayo rioplatense Wimpi  nació en Salto, Uruguay, un 12 de agosto de 1906. El humor y el absurdo que siempre acompañaron a su obra ya lo saludó  en su llegada al mundo; por error del empleado del Registro Civil es anotado como Núnez con n en lugar de ñ.
Según Horacio Ferrer es el único  hijo del matrimonio entre una brasilera y un acendado uruguayo estanciero de acomodada situación económica. El periodista Alfonso Rey menciona a dos hermanos de Wimpi que lo acompañaron fielmente en los finales de su vida. Se trata de Mario y Luis. No queda claro si estos hermanos lo eran por parte de padre o madre dado que los padres de Wimpi se separaron cuando Arthur contaba con siete años de edad, y en ese momento era hijo único.
Disuelto el matrimonio, Arthur se instala con su madre en Buenos Aires. Nada menos que en el barrio de “caserón de tejas”. Allí en Belgrano cursa la escuela primaria en el colegio “Casto Munita” y posteriormente en el “Mariano Moreno”. Como un fugaz y huidizo cometa orbita en las facultades de Medicina, Ingeniería y Derecho. Ninguno de esos estudios le interesa, quizá, porque le interesan todos. Wimpi era el típico autodidacto. Un espíritu renacentista donde todo es  motivo para el asombro del hombre. Ese hombre al cual  llamará, en sus columnas orales o escritas, el “tipo”.
A los diecisiete años, cuando ya había dejado los claustros universitarios y su madre contrae un nuevo matrimonio, decide cumplir con un sueño postergado desde los catorce años. A esa edad había tenido un poderoso shock emocional. Un contacto lindante entre lo mágico y lo revelador. Una puerta hacia el abismo infinito del misterio: la lectura de Horacio Quiroga.
El destino lo llamaba a seguir las huellas del Maestro y compatriota Quiroga. Con algo de dinero y un exiguo equipaje se encamina hacia la Meca: el Chaco. Trabaja de hachero y luego como empleado de la Dirección de Tierras y Colonias. Dos años en contacto con la dureza climática ponen fin a su experiencia y a los diecinueve años  de edad retorna a Buenos Aires junto a su madre.
En contacto con los gauchos descubre lo feérico del paisaje humano del hombre decampo. De allí saldrán “Cuentos del Viejo Varela”, “El fogón del Viejo Varela” y “Los cuentos de Don Claudio Machin”.
Parte nuevamente. Esta vez al Salto oriental, a la estancia paterna. Hace todo tipo de tareas y se integra con la paisanada donde capta su ingenio y riqueza. Descubre el mal uso dado a la palabra cultura. El hombre común de campo, en esos tiempos, era analfabeto, por lo tanto tildado de inculto. Arthur descubre en esos hombres sabiduría y profundidad, ingenio y humor. Quizá por eso el posteriormente autobautizado Wimpi en su pensamiento y humor sea simultáneamente sencillo y profundo. Es bastante común confundir profundidad con complejidad innecesaria y lenguaje simple con superficialidad. Nada más erróneo. Lo profundo puede expresarse en forma clara y comprensible y muchas veces lo abstruso esconde superficialidad.

1928; el joven Arthur ya tiene 22 años. Tres años en la estancia  han generado muchos choques con su padre, un rígido patrón feudal, a quien le molesta de su hijo el trato llano con la peonada. Viaja a Montevideo donde el clima cultural lo atrapa. Ya está totalmente entregado a estudiar para obtener su “título de autodidacto”. Antropología, física, psicología, sociología, historia, química, biología, literatura, filosofía, son algunas de sus pasiones.
El centro de todo siempre es el “tipo”. Ese hombre esclavo de sí mismo, que gasta su vida para vivir, le provoca asombro. El asombro platónico, padre de toda la filosofía.
No entiende la pasión por el dinero como fin y no como medio. Con humor sarcástico (del griego sarkasmós, risa amarga) se ríe del tipo que al decir de Homero Manzi “no está en el misterio”.
Volvamos al Montevideo de 1928 y a los 22 años de Arthur.
Como nuestro Roberto Arlt, también profundo buceador del alma humana, ingresa al periodismo haciendo policiales. Como el autor de “Los siete locos”, sus crónicas tienen esa alquimia de misterio, humor y costumbrismo. Las columnas de “El Imparcial” de Montevideo ya llevan el sello del futuro Wimpi. Como diría el ya citado Homero Manzi: Wimpi “estaba en el misterio”. Entra en la redacción de “El Imparcial” portando extraños libros de esoterismo y física cuántica, de neurobiología y de la naciente cibernética. Pero a todo esto se suma una excepcional generosidad sin límites. Primero la amistad y el prójimo, luego él. Cobra una herencia familiar importante, pero simultáneamente se entera que un trabajador del taller de “El Imparcial” posterga su casamiento por falta de recursos económicos. La decisión es inmediata. Juan Carlos Mareco, de quien luego Wimpi sería su libretista y amigo le relató el hecho al periodista Alfonso Rey: “Tomá estos tres mil pesos, le dice Wimpi al trabajador del taller, y llevá a la botija al Registro Civil”.

MUERE ARTHUR GARCÍA NÚÑEZ Y NACE WIMPI
Arthur García Núñez ya tiene 29 años. Dejó “El Imparcial”, pasó por “Uruguay”, vespertino de Natalio Botana, ingresa en “El Plata”. “Piedra Libre” se llama el programa radial donde Arthur comenta, a modo de consultorio sentimental, inquietudes y experiencias de los oyentes.
Y justo aparece “ella”. Tiene veintitrés años. Se trata de  una delicada y sensible vecina con quien diariamente Arthur intercambia sonrisas en la calle. Cierta vez le dice a quien luego llamaría Caracol: “No deje de escuchar mi audición de hoy”. Por medio de “Piedra Libre” Arthur da piedra libre a su pasión por Raquel Notaroberto. A través de la radio le declara su amor. Nace una pasión que sólo morirá cuando Wimpi se retira de la vida física el domingo 9 de septiembre de 1956. Se había casado con Caracol el último día de septiembre de 1939 cuando el fuego irracional invadía al mundo con la absurda guerra mundial.
Ya se llamaba Wimpi por decisión propia y así lo relata en su libro “Vea Amigo”: “Félix García Sarmiento, se puso Rubén Darío: nombre de pastor judío y rey persa. Neftalí Reyes se puso Pablo Neruda, nombre de apóstol y exótico apellido checo. Friedrich von Hardemberg se puso Novalis: parecen las primeras notas de una barcarola. ¡Entonces qué se iba a poner uno si ya la gente importante se había puesto todo!
Se puso Wimpi. Una vez cierta oyente cultísima le habló a uno por teléfono para preguntarle si Wimpi había sido algún personaje de la mitología nórdica. A ella le sonaba esa W del principio a cosa del Walhalla, el Olimpo de los dioses nórdicos.
Había muchos personajes en aquel sitio y sus contornos que empezaban con W: las Walküren, aquellas mujeres guerreras que se cortaban un pecho para poder apoyar el arco; el gigante Wafzudnir: Wodan, padre de los dioses.
-No, amiga, no. Wimpi es el apellido del gordito ése que anda siempre con el marinero Espinaca. Popeye. El gordito se llama J. Wellington Wimpi.
La oyente colgó.
[...] Pero ¡hete aquí! –como dice la gente correcta– en la exposición canina de Palermo acaba de ganar el primer premio un perro pelo duro que se llama Wimpi.
Ahora sí, que uno está seguro de perdurar. Cierra, uno, los ojos, amigo y ve la escena, en sexto grado, en una escuela de aquí cincuenta años. El niño pasa al frente. La clase es de Historia. El maestro pregunta: -¿Quién fue Wimpi?
Y el niño responderá: -Wimpi fue un charlista pelo duro de Radio El Mundo que ganó el primer premio en la exposición canina de Palermo.
¡Que linda que es la inmortalidad!, amigo”.

RADIO CARVE Y DESPUÉS 
A mediados de la década del 40  Wimpi ingresa en Radio Carve. Se produce el feliz encuentro entre el muy joven Juan Carlos Mareco y Wimpi. Mareco era un estudiante de la Facultad de Derecho, becado por el Liceo de Carmelo, que se destacaba por sus dotes artísticas y la flexibilidad de su voz  en las famosas troupes estudiantiles. La oportunidad se le presentaba en Radio Carve pero su familia no veía con buenos ojos que un Mareco y becado, estuviera haciendo programas cómicos e imitaciones por radio. El dúo ya nacía: libretos de Wimpi para el hombre de las voces múltiples, pero el problema era la presión social para un jovencito de una familia conocida de Carmelo.
Hay que buscar un seudónimo. El mismo Juan Carlos Mareco propone llamarse Pinocho.De inmediato Wimpi elabora una metáfora: “Estupenda idea. Supongamos que el viejo fabricante de muñecos (Gepetto), al crear su mejor títere, le roba el alma a una calandria. Y así, como la calandria imita a los pájaros, nuestro Pinocho se lanzará a los caminos imitando tipos humanos.”
Wimpi inicia una etapa de idas y venidas de Montevideo a Buenos Aires con regreso y retornos.
En el vespertino porteño “Noticias Gráficas” inicia su columna “La taza de tilo”, luego “Los cuentos del Viejo Varela”. En 1948 ya es solicitado por diferentes diarios, revistas y radios de Buenos Aires y Montevideo. Radio Belgrano, una de las emisoras más escuchadas, hace furor con Pepe Iglesias El Zorro con libretos de Wimpi. Pinocho, El Zorro, La Craneoteca de los Genios y las Charlas de Wimpi son escuchadas por todos.
Los personajes creados por Wimpi e interpretados por Mareco o Pepe Iglesias ganan la calle. A la hora de cualquiera de esos programas, quien caminara por el barrio podía seguir el transcurso de la audición porque en todas las casas estaban encendidas las radios con el mismo programa. En todos había un humor profundo, creativo, fino, filosófico. Un humor desaparecido porque detrás de la espontánea carcajada venía la obligada reflexión donde lo light contemporáneo quedaba excluido.
En 1952 aparece “El Gusano Loco” que agota inmediatamente tres ediciones. Wimpi está dedicado únicamente a la radio y a sus escritos finales. Duerme apenas tres horas por día, bebe más café, mate y cigarrillos. En junio de 1956 el primer infarto actúa como advertencia; tres meses después, septiembre de 1956, cuando acababa de cumplir el medio siglo se nos fue.
Era un hombre de complexión gruesa, de puños fuertes y gran fuerza física. No sabemos exactamente cual era su estatura. En una fotografía de fines de 1955 aparece saludando a su antiguo compañero del colegio “Mariano Moreno”. Se trata del Amirante Isaac Francisco Rojas, en ese momento vicepresidente de la república. Según puede observarse es de una estatura igual o menor que Rojas, por lo que se deduce que era más bien bajo.
Wimpi, aunque desconocido por muchos, hoy sigue siendo un paradigma de otra época, con otros valores humanos. Puede ser que alguna vez vuelvan a tener vigencia. Entonces Wimpi, seguramente será revalorizado.
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Fotografía: Arthur García Núñez, “Wimpi”.