6 jul. 2012

Acerca de la pebeta de Chiclana


(De Luis Alposta)  


Es sabido que muchas veces, a partir de una buena biografía se puede llegar a reconstruir una historia clínica. También en la literatura, en general, en tren de no dejar pasar por alto diagnóstico alguno, podemos encontrar referencias médicas, enfermedades y accidentes, que desde la urdimbre de un relato están abrumando a determinados personajes.
La sífilis ejerció durante siglos una gran influencia sobre la literatura. Fue Gerónimo Fracastoro, médico, poeta, físico y astrónomo italiano, quien en 1524 escribió una novela en la que el personaje central, un pastorcillo llamado Syphilus, contraía esta enfermedad, sin pensar que con el tiempo se la llegaría a identificar con su nombre.
Cuatrocientos años después, los porteños la llamarían “la millonaria”, “la chinche”, “la payasa”, “la interminable”. Claro que lo de “interminable” tenía vigencia antes del descubrimiento de la penicilina, cuando la sífilis significaba “estar una noche con Venus y veinte años con Mercurio”.
Shakespeare se refirió a sus síntomas en Timón de Atenas, Rabelais ridiculizó en su obra el excesivo entusiasmo que despertaba el mercurio para su tratamiento, y Francisco Lomuto le puso música al Salvarsán (1) cuando, a los trece años, escribió su primer tango: “El 606”.
Carlos de la Púa, el poeta de “La Crencha Engrasada”, en su poema “La pebeta de Chiclana”, menciona a esta enfermedad haciendo alusión correcta a su período de evolución, que es de 10 a 20 años: Y bebió en diez años toda la alegría/ y supo en diez años toda la crueldad,/ cuando dio el remache de la fulería/ la seña jodida de la enfermedad.
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( 1) También conocido como 606, por ser el orden de pruebas de este compuesto sintético con que se trataba la sífilis antes del descubrimiento de la penicilina.
Imagen: Partitura del tango "606".
Nota e ilustración tomadas de la página Mosaicos Porteños de L.A.