5 jul. 2011

Batimento sobre el chamuyo arrabalero


(De Last Reason)

Hace una punta de días que un amigo tuvo la gentileza de enviarme un recorte de La Prensa con recomendación de que le diese juego al naipe sobre el tema del artículo, que se titulaba “Invectiva sobre el arrabalero”. No lo leí, pero me hice promesa de apuntarme un poroto en cuanto me faltara tema. ¿Quién era este fulano Jorge Luis Borges que se permitía el lujo de escupirnos el asado a los que chamuyamos la parla de la gente rea?  ¿Con qué derecho un fifí de La Prensa entraba al baile de alpargata dispuesto a voltearnos el candil? ¡Juna gran perra, ya vería el muy careta lo que se gana metiendo el dedo donde apenas caben alfileres! Y hoy, después de una semana, cacho el recorte y leo que mi nombre va prendido en el deschave y que se me unta el lomo con saliva, tal vez para que no ensille el de correr y le perdone la davi al de la invectiva. ¡Cha que te vas a ir sin cenar saliendo como carrito! El tal don Jorge Luis Borges se desabrocha y apunta contra el chamuyo sensa grupo que bate el justo desde donde empieza a echar mal olor el Maldonado hasta donde el Riachuelo jiede a perro muerto y la quema embalsama el ambiente con sus miasmas de miseria y de basura corrompida. Razona, analiza, juzga y nos condena.
¡Pero si es natural! Lo malo es que de puro guapo ni quiere darnos cana y nos absuelve por desgraciaditos. En lugar de tirar la bronca y fulminarnos con una contundencia altisonante, el hombre sonríe, escupe por entre los dientes y nos concede más beligerancia que la que se pudiera dar a un cuzco que se mata al sol las pulgas enseñando desvergonzadamente todas sus perrerías antiestéticas. Más aún, hasta nos niega nuestra triste condición de de perros flacos pero auténticos y declara que si la vamos de cuzcos lanudos es sólo darnos dique de que alzamos la pata a la moda de los dogos que muerden a la policía. Me gusta la guapeza del mocito. No le pego, lo saludo. Ha visto bien el hombre. La mitad de los que se echan el funghi a los ojos lo hacen por pura compadrada, por darse corte de bacanes a la gurda, por disfrazar su mishiadura de gilitos, con el saco abrochado abajo de los matones que shacan a las namis y asustan a los tanos en la puerta del boliche. Hay un mistongo lujo de ahuecar la voz y de llenarse la boca con aspamentos de guapos tipo Vacarezza. Hay un  ranfañoso togas de guapear de pogru, de engrupir a los otros y a sí mismos de hombrearse alzando un hombro y estirando la jeta hacia adelante. El gato, el otariún, el pipistrello, el vichuzo, el hortera, el cagatintas, el fifí, el botarate de colegio nacional; todos los tipos sin personalidad o con personalidad fulera, se recuestan al patrón de compadre que el sainete agiganta y el tango adorna y ennoblece con su melodía. Es curioso pero es muy humano. Lo amorfo, lo infeliz, lo carente de vigor para cuadrarse con gesto propio ante la correntada que se nos viene desde Europa, se respalda en lo malo, en lo infecto, en lo que está podrido pero se aguanta tieso y ceñudo, imponente y trágico, bravío y brutal parado en una esquina, con la zurda lista para el brollo y la derecha amagando la cintura. Y como el camino más fácil para doctorarse de gaviones, es de dar exámenes orales, por ahí agarran todos y atropellan al chamuyo arrabalero, orgullosos de haber cursado al trote el bachillerato y de ejercer sin patente la profesión honrosa de muchos tauras y ranunes. Hasta aquí, la tiro en yunta con Luis Borges y bronco con él contra el montón de falsos reos que se van de boca al batimento rantifuso por puro berretín de trovarse chomas de la noche a la matina. Que la parle así quien sienta subirle al pico las parolas; que la chamuye en orre quien no encuentre en la castilla lo necesario para spiantar de adentro lo que le duele; que quien mamó la chele agria del suburbio siga escariando copetines de a cinco y le juegue al burro un boleto por carrera, pero los que nunca supieron lo que es dormir de a cinco por bulín, ni fueron al colegio de doña Ranfañosa, ni escucharon la voz sombría de la miseria aconsejarles guardar la mugre como abrigo, esos, que se dejen de amolar la paciencia y sigan el camino de asfalto y hablen como los enseñó la mamá que les dio la teta.
Y si se me preguntara, por qué  yo, que no he nacido reo ni he cursado en el arrabal mis primeras letras de guarango; si se me preguntara por qué yo la parlo al vesrre y le juego cada mula tremenda a la gramática, y le ensucio el laburo a la Academia, entonces yo diría: Amigos, hay en la pobre gente que chamuya mal y feo, mucha gente que es buena, y que sufre, y que no comprende otro idioma que el tosco y rudo idioma suyo. El periodismo debe saber llegar a todas partes con su voz políglota de batidor sensa pelos en la lengua; y yo que me hice periodista para ver de encontrar acentos nuevos y llegar bien al fondo de los corazones yo hablo así porque adivino que así me arrimo más al alma torva y triste del suburbio y acaricio sus greñas sin gomina con mi espíritu alegre y dúctil de loco de verano. El arrabal es algo más y vale mucho más que lo que de él se supondrán quienes sólo lo conozcan de renombre. Allí la vida es vida; allí se sufre más, se quiere más y se pelea más por el bullón y la catrera, por el amor y por el trago. Miseria, sí, pero miseria con relieves que piden a gritos un mármol o un pincel. Odios y amores que se estrangulan en silencio y cuando estallan dejan marcas de sangre en la vereda. Y enamorado de ese aspecto vigoroso del arrabal que chamuya sin arte pero con alma, yo me puse a hablar de su lengua, en su idioma, en su bizarra germanía; no por capricho, sino por afecto, por cariño, por piedad.
No estoy valorizando mi persona. No le estoy dando lustre a mi pseudónimo. Explico un caso inexplicable para quienes me conozcan en lo que soy fuera del diario. Y termino conmigo y sigo con Luis Borges: Viejo, tu artículo tiene muchas cosas verdaderas, pero concluye con un paso de través. Hermano, erraste el saque al decir “que sólo hay un camino de eternidad para el chamuyo arrabalero, y ese camino es la pluma de otro Hernández que nos escriba la epopeya del compadraje y plasme en uno solo la diversidad de sus individuos”. ¿Y el tango, viejo, y el gotán? Pensalo bien, che, Jorge Luis. Pensalo, y vas a ver cómo te darás cuenta de que la epopeya del arrabalero está ya escrita en la letra mala de los tangos y en la melodía gangosa y doliente, sensual y penetrante que van llorando y riendo por ahí los organitos y los fuelles milongueros.
Hasta más ver, che viejo, y chocala sensa aspamento que todos hemos sido pobres.
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Imagen: Tapa de libro "A rienda suelta" (Editorial El Jagüel)
Tomado del diario Crítica del 18 de junio de 1926.