1 jul. 2011

Un paseo por el tango en San Cristóbal


(De Otilia Da Veiga)

Limitado por las calles Sánchez de Loria, Independencia, Garay y Entre Ríos, hoy con unos cincuenta mil habitantes, aproximadamente, el barrio de San Cristóbal era habitado a principios del siglo pasado por dos familias que dieron nombres ilustres a nuestra música popular: los Canaro y los Greco.
De los primeros, Francisco “Pirincho” Canaro fue el más conocido; el que triunfó aquí y en el mundo entero. Había nacido en San José de Mayo (Uruguay) el 26 de noviembre de 1888 y fue autor de tangos como Pinta brava y El chamuyo, temas que acaso afianzaron el llamado tango canción en los años 20, y Adiós pampa mía, que fuera cantado por y en todo el mundo.
Resulta meritorio destacar que su adolescencia y juventud transcurrieron en el conventillo llamado “Dos mundos” de la calle Sarandí 1358, junto a su familia. Sus hermanos Juan, Rafael y Humberto fueron excelentes ejecutantes y maestros de bandoneón, piano y guitarra. “Pirincho”, a quien no arredró la humildad de su pobreza, relata en sus memorias que para costear sus estudios y comprarse el primer instrumento –que fue la guitarra (el violín vendría después)– debió lustrar zapatos en la calle.
Su vida fue ejemplo de tenacidad, imaginación e inteligencia disciplinada; aprendió solo a leer y escribir música y sin ser músico de conservatorio paseó el tango por París, Estados Unidos y Japón, donde fue aplaudido por el emperador Ahikito. El pueblo se sintió expresado por lo que escribió y compuso; por eso lo siguió y lo recuerda. Este  hombre generoso nos dejó al partir el 14 de diciembre de 1964 en Buenos Aires, 3.700 grabaciones de música popular.
Hoy, en el lugar que ocupara aquel conventillo, se levanta una casa de departamentos en cuyo frente SADAIC (1) ha colocado una placa recordatoria.

Frente al viejo domicilio de Canaro se encontraba el “Sarandí” donde Vicente Greco vivía con su familia, la que posteriormente se trasladó a Cochabamba 2009, casi esquina Sarandí.
Autor de tangos de renombre como Rodríguez Peña –cuya referencia no era precisamente al prócer sino un lugar de baile sito en aquella calle– también perteneció a una familia de músicos; su hermano Domingo fue guitarrista y pianista. Elena era pianista aficionada y Ángel guitarrista y cantor, además de autor de un tema de éxito como Naipe marcado.
Carmelo Rizzuti, a quien Jorge Larroca define en su libro San Cristóbal el barrio olvidado “como uno de los mejores maestros argentinos de guitarra”, vivía en Sarandí 1176 y contaba que empezó a enseñarle a Vicente Greco solfeo y teoría, allá por el año 1906 o 1907 y agregaba: “le di una sola lección; a la clase siguiente ‘Garrote’ me dijo: ‘No, Carmelo, dejame hacer lo mío, no la voy con todo eso’” (2). El apodo se lo había adjudicado su hermano Fernando.
 Lo suyo era la creación pura de una gran intuición musical. Vicente cumplió en el barrio su parábola de vida; nacido en 1886, falleció prematuramente a los 38 años, el 6 de octubre de 1924 en la casa de Humberto I 1823.
“No fue el primer bandoneonista pero sí quien hizo del bandoneón un instrumento canónico del tango” al decir de José Gobello. Alentado por el negro Sebastián Ramos Mejía, iba de café en café, con su “jaula” (3), cosechando más aplausos que dinerillos (4).
Actuó sobre todo en la casa de bailes ubicada en Carlos Calvo 2721, cuyo frente aún se conserva, regenteada por María “la Vasca” (María Rangolla) en donde cada noche se acostumbraba señalar el comienzo del baile con la polca Amelia del bandoneonista Domingo Santa Cruz, el autor de Unión Cívica, y donde dicen que Rosendo Mendizábal tocó por primera vez el tango El entrerriano dedicado a un concurrente oriundo de tal provincia.
Greco tampoco sabía leer ni escribir música. Su primer tango, del año 1905, El morochito, se lo llevó al pentagrama G. Flores, a quien se lo dedicó también en el título. A aquella composición primigenia le siguieron muchas otras: El flete, El cuzquito, Racing club, La viruta y Ojos negros, un bello tango entre tantos otros.
Luego de ganar un concurso organizado por el barón Antonio De Marchi en el “Palace Théatre”, la aristocracia comenzó a llevar el tango a sus salones y, junto a Francisco Canaro, fue de los primeros convocados. Llegaron a actuar en el “Plaza Hotel” y en residencias particulares como la del doctor Lucio V. López en Callao casi avenida Quintana, convirtiéndose en mimados de las familias bien, según lo admitía la revista Fray Mocho allá por 1915.
Otros muchos compositores, músicos e intérpretes nacieron en el barrio de San Cristóbal, o lo frecuentaron.

Manuel Castriota vivía en Pozos 1281 (hoy Combate de los Pozos); su orquesta se popularizó en el café “El protegido” de San Juan y Pasco, esquina que en la actualidad ocupa una librería. Allí estrenó su tango Lita, al que Pascual Contursi le puso letra rebautizándolo con el nombre de Mi noche triste. Con Contursi, un chivilcoyano afincado en San Cristóbal, nació el tango sentimental; quedaban atrás el chulo y el compadrito. No olvidemos que por entonces la Argentina vivía un intenso proceso de cambio: los jóvenes hijos de la inmigración, que cargaban con toda las tristezas del desarraigo, encontraron en el tango un elemento para afianzar su identidad.
El momento exigía otra cosa; tenían en el alma sentimientos que ya no podían trasmitir ni las polcas, ni las mazurcas, ni los cuplés. La fuerza renovadora de la juventud eligió el tango, separándolo de las expresiones petulantes o lupanarias. Y cambiando los alardes jactanciosos por las confidencias, lo obligaron a alcanzar otra jerarquía. Con Contursi, el tango comenzó a contar historias.

Otro compositor de renombre fue Anselmo Alfredo Aieta, el popular autor de El huérfano y Palomita blanca, que era tan admirado en el barrio que cuando salía de su casa en la calle Pasco entre Cochabamba y San Juan, los muchachos se disputaban el honor de llevarle la caja del bandoneón.
Comenzó a tocar cuando apenas contaba 17 años en el café “La buseca” de Avellaneda, reemplazando a Eduardo Arolas en el trío que éste conformaba con Agustín Bardi y Eduardo Monelos. Más tarde fue atracción en el café “El nacional” de Corrientes 974, donde sus actuaciones obligaban a cortar la entonces angosta calle.
Cuentan que le imprimía al “fueye” un viboreo sensual que acompañaba las vibraciones de su cuerpo, y un fraseo compadrón, efectos que impactaban a quienes los veían y escuchaban. Fue un músico intuitivo y uno de los más talentosos compositores del tango. Nacido el 5 de noviembre de 1896 en el barrio de San Telmo, falleció el 24 de septiembre de 1964. Sus padres se llamaron Francisco Aíta y Rosa Cazardo. Según comenta el investigador Roberto Selles, el apellido Aíta habría devenido en Aieta por deformación fonética.

Eduardo Arolas había nacido en 25 de febrero de 1892 en Barracas, cuando este barrio pertenecía todavía al territorio fundacional que ocupó San Cristóbal. Hijo de un matrimonio de inmigrantes franceses, su verdadero nombre fue Lorenzo Arola. Un muchacho que, como se suele decir, se bebió la vida. Todo lo hizo rápido, acicateado tal vez por alguna fatal premonición. A su inventiva de ejecutante se atribuyen el fraseo, los ligados, el rezongo, recursos impuestos por quien aprendiera a tocar de oído nada menos que el bandoneón, a los 14 años.
Era un morocho de tez aceitunada; usaba chambergo y lengue –complemento elegante para un tanguero de aquellos años– y trabajaba de día como dibujante y de noche solía tocar por los cafés.
En 1909 ya tocaba en los cafés de la Boca y su primer tango, Una noche de garufa, fue llevado al pentagrama por Canaro. Le siguieron un centenar de composiciones: Suipacha, Derecho viejo, La Cachila entre las más recordadas. Formó un trío muy celebrado con Roberto Firpo al piano y Tito Rocatagliata al violín. Actuó junto a Agustín Bardi y Ernesto Ponzio; constituyó también orquesta propia y en París formó otra con intérpretes franceses. Murió el 29 de septiembre de 1924 de tuberculosis pulmonar, como lo acredita su partida de defunción.
Algún vecino antiguo del barrio memora que solía tocar el bandoneón en uno de los bares de la esquina de Independencia y Pasco, donde con el ya nombrado Firpo estrenaron su creación Fuegos artificiales. Enfrente de ese café, existente en la actualidad, en la esquina noroeste, había por entonces un almacén con palenque en la vereda.

El cantor Luciano Cardelli que actuaba en la radio, tenia su domicilio en Cochabamba 2063; también vivían por aquí las cancionistas Herminia Velich y Tita Galatro, pero quienes alcanzaron mayor popularidad fueron las hermanas Falcón: Ada, Amanda y Adhelma, que habitaban el primer piso de la casa situada en la esquina de San Juan y Rincón, edificio que todavía se mantiene.
Comenzaron su carrera artística siendo muy niñas, impulsadas por su madre quien logró que a la edad de 15 años intervinieran en el film mudo “El festín de los caranchos”.
Ada, quien comenzó cantando temas españoles y canzonetas napolitanas, conoció en el año 1929 a Enrique Delfino, que la recomendó a Mauricio Godard, del sello Odeón, conociendo el antecedente de cuatro tangos que había grabado para la RCA Victor en 1925 con la orquesta de Osvaldo Fresedo. Estos fueron: Oro y seda, Pobre chica, Risas de cabaret y Casquivana.  
Con Delfino grabó siete discos y continuó grabando con Francisco Canaro, con quien vivió una tormentosa relación sentimental. Fue una artista de la radio y el disco; nunca realizó actuaciones públicas, lo que la rodeó de una aureola de misterio. Mujer de gran hermosura, fue llamada “la Greta Garbo del tango”. Según su propia confesión, revelada al investigador Roberto Carlos Gutiérrez Miglio, Ada no era hija biológica de Domingo Falcone, sino de Miguel Nazar Anchorena, con quien su madre, Cornelia Boesio, había estado unida algún tiempo.
Frecuentó la amistad de Carlos Gardel, Francisco Lomuto, Agustín Magaldi, Tania y Enrique Santos Discépolo, con quienes solía concurrir, en compañía de Francisco Canaro, a la pizzería “Tuñín” de la Boca.
Nacida en Buenos Aires el 17 de agosto de 1905, en 1942 decidió alejarse de la vida artística y se trasladó, junto a su madre, a la provincia de Córdoba, internándose en el convento franciscano de San Antonio en Arredondo, cerca de Carlos Paz. Al fallecer su madre en 1985, se instaló en el Hogar María Teresa Atucha Llavallol en Molinari, cerca de Cosquín, donde la alcanzó la muerte el 4 de enero de 2002 (5).

El baile tanguero tiene su prehistoria: marginal cuando se bailaba por los Corrales Viejos y el Barrio de las Ranas (6); canallesco con La Moreira y El Cívico, en el café “La pichona” de Pavón entre Rincón y Pasco; con algún toque aristocrático en la casa de María “la Vasca” por la concurrencia de los “niños bien” en busca de orilleras emociones. Allí solía bailar El Cachafaz esa danza de improvisación  con infinitas opciones, cuya coreografía parecía no sujetarse a regla alguna; que simulaban más bien un ceremonial, hasta el día en que el tango se subió a “El estribo” con el vasquito.  
El vasco Casimiro Aín nació en 1874 en avenida Callao y Piedad (actual Bartolomé Mitre) y fue conocido como “el Vasco” o “el Lecherito” en alusión al oficio paterno, que compartía antes de que su destino se definiera en los escenarios. El primero al que subió, a los 14 años, fue al de la compañía circense Frank Brown y de ahí en más el éxito obtenido parece que le dio ánimo para continuar. Si bien no inventó el baile del tango, en todo caso lo disciplinó.
Tenía en “El estribo” –un reducto tanguero ubicado en la actual avenida Entre Ríos entre Cochabamba y San Juan– su academia de baile. En el sótano de este local “el Vasco” Aín tuvo entre sus discípulos a algunos apellidos sonoros de la muchachada argentina. Llegó a lucir sus dotes de bailarín por varios países de Europa y, no satisfecho con bailar en Francia, a orillas del Sena, llevó el tango al Vaticano en demostración danzante, delante del papa Pío XI. Juan Averna, dice en su libro Los olvidados bailarines del tango, que el tango bailado fue Ave María de Canaro, cuya letra obviamente no podría haber sido cantada ante el Papa. Las referencias escritas aseguran que el 1º de febrero de 1924, a las nueve de la mañana, en la Sala del Trono, tuvo lugar la presentación de la pareja de baile, con la interpretación en armonio, por un músico pontificio. Las referencias puntuales a la presentación de Aín junto a María Scotto frente a Pío XI fueron formuladas por primera vez por el diplomático y novelista Abel Posse (7).
En alguna oportunidad hemos escuchado otra versión, aludiendo a cierta publicación de L’Observatore Romano aclarando que “ante el Papa no se había aclarado nada”. Inevitables disidencias de los hechos históricos, cuando entran a formar parte de la leyenda; efecto para herir a la imaginación se van tejiendo en torno de hechos y/o figuras relevantes, como contribución inevitable para alimentar el imaginario popular.
Algunos autores ubican el local de “El estribo” al otro lado de la avenida Independencia, con lo que correspondería decir que estaba en el barrio de Balvanera o de Monserrat, según la vereda en que se ubicara.
¿Cómo saberlo? Los límites entre barrios suelen ser para sus habitantes de dudosa y elástica pertenencia. Lo cierto y en definitiva lo importante para nuestra historia es que en ese lugar nació la orquesta típica, con la actuación del cuarteto integrado por los jóvenes Francisco “Pirincho” Canaro en violín, Prudencio “Johnny” Aragón en piano, Vicente “Garrote” Greco en bandoneón y el tano Vicente Pecci en flauta. Cuentan que el público desbordaba el salón, llegando hasta la calle.
Ese local poseía un sótano al que concurrían payadores como José Betinoti y Federico Curlando y cuando empezó a cantar allí el dúo Gardel-Razzano, se transformó en el segundo café tanguero más importante de Buenos Aires después de “El nacional”.
También Razzano era vecino de San Cristóbal y concurría junto con Gardel a la casa de un italiano, Manuel Fasolino, quien solía organizar “peñas milongueras” en su local de la calle Estados Unidos entre Rincón y Sarandí de las que participaban además Nicodemo Galíndez, Ambrosio Ríos y Betinoti (8).
Tomás Simari, en la página 51 de su libro Mi historia la escribo yo cuenta que la colaboración del binomio Gardel-Le Pera –una coincidencia fecunda–, comenzó una noche de 1923 en el “Teatro de Verano” de la calle Pasco entre Cochabamba y San Juan.
Y así damos por concluido este trabajo, rápido recorrido por las presencia de autores e intérpretes de nuestra música por excelencia en el barrio de San Cristóbal.
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Notas:
(1) Sociedad Argentina de Autores, Intérpretes y Compositores.
(2) Larroca, Jorge, San Cristóbal el barrio olvidado, pág. 81.
(3) En el lenguaje de los músicos, alusión a la forma de transportar la caja que contiene el instrumento.
(4) Gobello, José, Nuevo diccionario lunfardo.
(5) Gutiérrez Miglio, Roberto C., El tango y sus intérpretes – Vida y discografía de los cantores y cancionistas de tango, tomo I, ediciones Corregidor.
(6) Espacios desaparecidos hace casi un siglo. Sobre los Corrales hoy se alza el Parque de los Patricios.
(7) Gobello, José, Breve historia crítica del tango.
(8) Larroca, Jorge, po. cit, pág. 155.
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Imagen: Partituras de los tangos La viruta, Entre sueño y Papas calientes.
Este material fue publicado originariamente en la revista Historia de la ciudad (Año 5, Nº 26) de de donde fue tomado.