1 jul. 2011

El alma de las cortadas


(De Rubén Derlis)

El corazón de la cortada posee un ritmo muy distinto al de la calle común, porque en sus escasos cien metros de vida –a veces no alcanza esa longitud– palpita y vibra el transcurrir de un vecindario que además de pertenecer a un barrio se identifica con el sitio que le es habitual. Porque no es lo mismo ser de una calle o avenida que van transmutando a lo largo de su extensa numeración las facetas de su particularidad –ya sea porque cruza dos o más barrios o porque iniciándose con viviendas termina convirtiéndose en centro comercial o viceversa– que sentirse habitante de una cortada, llámase esta Plus Ultra, Osaka, Copahue, Tartagal, Parker, Vieyra o Ruperto Godoy.
Creo que no me equivocaría si sostuviera que todos los que comparten este espacio y que a diario lo trajinan por sus veredas mínimas, se saludan casi automáticamente al cruzarse; saludo que va más allá de la mayor o menor cantidad de afecto que se dispensen entre sí los saludados; es la manera de reconocerse del mismo lugar, una especie de santo y seña cuya clave puede estar en la inflexión de la voz, en cierta media sonrisa que el extraño no logra capturar, la imperceptibilidad de un gesto. Celosos guardianes de su territorio, cualquier extranjero es observado atentamente cuando entra por una esquina en ese espacio íntimo. Las aceras pueden estar desiertas, pero desde alguna de las ventanas alguien seguirá atentamente los pasos del intruso. Todos hemos experimentado alguna vez, al dar la vuelta en la otra esquina, cierta sensación de alivio, cuando un par de ojos desconocidos desprendía sus sospechas de nuestras espaldas y hasta imaginamos una cortina dejándose caer. Pudo haber ocurrido en Convención, Bariloche, Emilio Zola, Sud América, Suecia, Don Cristóbal, Asia o Amambay.
En la cortada cada cual es quien es y no hay tu tía; con su apellido, nombre, estado civil, empleo u oficio, cualquiera de estos datos son válidos para poder habitar allí, lo que no quiere decir que éstos se pidan al recién mudado, pero en muy corto tiempo se sabrán algunos de ellos porque formas de enterarse hay miles y solas irán surgiendo. Lo cierto es que en la cortada no hay anónimos. Todos poseen su propia identidad y ésta debe ser transparente. Rasgo que es condición sine quanon para integrar esta especie tribal porteña que desarrolla su quehacer gregario un tanto autárquicamente, enmarcada en los escasos metros transversales a dos calles que agitan su cotidianidad con ritmo muy distinto a los de cualquier cortada: Totoral, Niza, Arizona, Mason, El Chasque, Del Signo o La Porteña.
Tener una novia en una cortada no era lo mismo que viviera en tal o cual calle; el asunto resultaba más engorroso, por no decir problemático; me refiero a mis años jóvenes, aunque tal vez en esencia el fondo de la cuestión no haya cambiado. Cuando en las tarde de verano uno la esperaba en la esquina con su mejor traje y zapatos relucientes, tenía la
sensación de ser blanco de todas las miradas, y en verdad lo era. Infaltablemente enviaban a modo de vanguardia exploratoria a algún pibe que trataba de intimidar para recabar la mayor información posible acerca del intruso. Cita tras cita, uno era estudiado minuciosamente por todos en los eternos minutos de espera; allí permanecía expuesto a las miradas de los inquisidores como un hereje junto a la pira a la que tal vez prendieran fuego si el aprendiz de novio no fuera de su agrado; no sólo del agrado de los padres de la pretendida –a los que oportunamente ya se les había informado de nuestras intenciones– sino del agrado de los vecinos, que eran, siempre, los primeros en dar el veredicto al reo confeso de amor. Cuando se lograba llegar a la puerta de la casa de la amada, había que saludar, aun sin conocerlas, a cuantas personas se encontraran en el camino; a los saludos que fueran contestados había que otorgarles una puntuación equis en una escala de 10 de una teórica tabla de aprobación. Por supuesto que a mayor puntaje mejoraban las posibilidades de no ser un indeseado invasor. Con el tiempo, la asiduidad de las visitas y la compañía que se le brindaba a la chica hasta su casa mejoraba el hándicap hasta que uno dejaba de ser finalmente un vulgar sospechoso para el micromundo de la cuadra.  Y este proceder era así porque formaba parte del cuidarse de todo entre todos, los de ésta y los de aquella vereda de la cortada, que pudo haber sido Túñez, Praga, Los Pirineos, Ortiz de Zárate, Mutualismo o Nevada.
En estas callecitas hay todavía cierto aire de siesta. Los años que se desgajan presurosos por avenidas insoportables de bocinazos y hublina, en las cortadas parecerían reverdecer. El apuro para nada y la innecesaria taquicardia pasan veloces por ambas esquinas sin atreverse a entrar a estos remansos ciudadanos, donde los pragmáticos sólo se llegan para estacionar sus automóviles, que aquí dan la sensación de ser objetos totalmente inservibles, acaso porque la paz nada tenga que ver con la velocidad, y paz y silencio son los atributos que a ciertas horas de la tarde suelen tener las cortadas. Así como el hombre que la habita tiene sus particularidades respecto del que vive en otras arterias, la cortada también posee su propio estilo respecto de sus hermanas las calles. Todas ellas, por modernas que hoy sean, siempre nos estarán evocando un poco el ayer; si sabemos buscar, encontraremos vestigios de la Buenos Aires que se fue diluyendo en el tiempo: el yuyo innombrado que crece entre las juntas húmedas del cordón; alguna caja de hierro fundido del  medidor de electricidad de la Chade que quedó vacía y olvidada; un fragmento de cornisa o un capitel sin fuste de una casa que perdió su personalidad en la urgencia del remodelado; el respiradero en espiral, a pocos centímetros del suelo, de un vetusto frente que convive junto a la mole de un horizontal; alguna carcomida caja de Gas del Estado o de Obras Sanitarias, y hasta la misma chapa azul esmaltada, de grandes mayúsculas que destacaban su nombre enmarcado en un fino recuadro blanco, sobre cuyo borde superior pasaba casi inadvertido el escudo de la ciudad. Las cortadas son siempre el último testigo que nos dirá algo más de la ciudad que fue, de lo que tuvo entonces, que acaso no supimos ver, y que perdimos para siempre, no importa cómo se llamen: Ariel, Los Territorios, Del Parque, La Mar, Shakespeare, Tierra del Fuego, Sargento Cabral, o La Espiga entre muchas otras.
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Foto: La cortada Sócrates, en el barrio de Coghlan (Foto rubderoliv).
Tomado del libro de R. D.: Boedo y otras adicciones, Bs. As., 2000.