30 ene. 2011

Cómo conocí a Enrique González Tuñón

 
(De César Tiempo)

A la vuelta misma del Arsenal de Guerra, entre los números 1583 al 1585, de la calle Entre Ríos, atronaba desde el año 1910 la librería e imprenta de los hermanos Porter. Desde esa fecha, cuando ostentaba el pomposo título de “El invencible”, con su minerva a pedal y sus borriquetes de tipografía, hasta su época más progresista de rotaplanas y linotipos, lo más significativo del proceso intelectual del país, en lo que va del siglo, pasó por sus puertas. Allí se imprimieron los libros fundamentales de Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Benito Lynch, Mario Bravo, Alberto Gerchunoff, y muchísimos otros; las colecciones de “Babel”, de “Proa”, etc.; allí se formó el grupo Martín Fierro y se lanzó su periódico.
Los Porter eran siete hermanos: seis hombres y una mujer. Esta mujer era mi madre. Yo, grumete de pantalón corto, pedaleaba por la mañana en la minerva del sótano y a la tarde subía a atender la librería. Lector encarnizado, los nombres de los escritores representativos del momento me eran todos familiares. Y, cuando hacían su entrada en el local Baldomero Sanin Cano, Quiroga o Gerchunoff, me quedaba escuchando desde el mostrador como debe escuchar un derviche la palabra abrasadora de un alfaquí.
Cierta tarde llegó, en cambio, un muchacho cenceño, de incisivos ojos leales, tranquilo, dolicocéfalo y pálido. Tenía, además, las sienes ligeramente hundidas, signo de locura según Luis Vives, que siempre supo lo que dijo. (No nos alarmemos, esos fueron los rasgos distintivos de Cervantes, de Dostoievsky, de Arlt). Toda la máscara –bañada de inteligencia– era digna de servir de modelo a Modigliani, que se hubiera sentido grato a su inponderable melancolía mortal y a los problemas de color que le exigiría resolver el personaje. Más tarde sabríamos que todo protagonista implica un antagonista.
El visitante, que se desplazaba como esas personas que no quieren hacer mucho ruido en la casa del mundo, se acercó al mostrador y me preguntó quién podía atenderlo. Venía enfundado en un gabán de solapas de terciopelo que le llegaba hasta las rodillas. Llovía. En ese momento Mauricio Porter se despedía de Héctor Pedro Blomberg, que daba clases de inglés en el piso de arriba. Enseguida se acercó a nosotros. El muchacho de cabeza aquilina se limitó a pedir precio por una revista que se llamaría “Satirikón”.
El hecho de que Averchenko hubiese dirigido una publicación de igual título en la Rusia zarista hizo que el postulante le cayera simpático a mi tío. Se pusieron de acuerdo sobre el tipo de papel y el formato. Iba a despedirse, cuando su mirada tropezó con la mía. Acodado en el mostrador yo había estado leyendo “Los hijos del ghetto” de Israel Zangwill. Se detuvo a preguntarme qué leía. Cuando se enteró del libro me hizo un elogio y se detuvo particularmente en uno de los personajes, Melquisedec Pinchas, el plácido poeta maldito, a quien encontraremos citado más tarde en su libro “El alma de las cosas inanimadas”. Luego preguntó por mi nombre, me dio el suyo y se invitó a tomar café. Entramos y yo le presenté a mi madre, que en lugar de café nos sirvió té y unos bizcochos de confección casera. Ya entonces Enrique González Tuñón, que de él se trataba, tenía una dicacidad armada de espolones de hierro como las proas de los acorazados. Hablaba pestes de todo el mundo, excepción hecha de su hermano Raúl –su religión de toda la vida– y de tres o cuatro amigos, que luego fueron míos también. Sabía que el oficio de ser joven era muy poco socorrido en nuestro medio y quería quemar etapas locamente para alcanzar en nuestras letras el sitio que ambicionaba. Estaba cuajado de proyectos. Enrique reivindicaba la dialéctica explosiva, los fueros del individuo, cuya osada curva excluyente terminó cerrándose en la plenitud del círculo. Enrique fue siempre un hombre de rueda. Su anarquismo de la primera hora fue de esencia romántica, y en él disipó Enrique la más acre espuma de sus rebeldes hervores. No era un obrero, no era  un resentido, no era un postergado. Pero así, como un valiente sabe siempre encontrar su arma, un soñador sabrá encontrar siempre su destino. Y Enrique fue hacia la bohemia dispuesto a hacer su aprendizaje de vicisitudes para templarse en la lucha por el hombre. Tenía, casa, familia, comodidades, ropas, libros de texto, pero prefería rodearse de pícaros y hampones, dormir en hoteles de “a peso”, cantar “La Tosca” en las lecherías, visitar los cambalaches más inverosímiles donde se trafican ropas de cadáveres, soñar con la gloria y el amor de una mujer. Esto es lo que decía, junto al vaso de té en mi habitación de la calle Entre Ríos. Nunca creí que fuera cierto. El oro es para el advenedizo sin escrúpulos. Estar pobre es tener caliente el denuedo y el alma tensa y en sazón, ser pobre es ser bueno. Y Enrique fue fundamentalmente eso: un hombre bueno que supo moverse sin dificultades en el ámbito de sus propias limitaciones.
Si vivió la bohemia, la suya se emparenta más con la bohemia resignada y austera de un Chautebriand que con la disipada de los personajes de Murger, proclive a todas las claudicaciones. Pero este es otro paisaje.
El adolescente que entró en la imprenta de los Porter con el proyecto de una revista que nunca llegó a publicar, todavía no era Enrique González Tuñón. Años más tarde, Natalio Botana descubrirá su veta.
La entrada de Enrique en “Crítica” revolucionó el estilo periodístico nacional. La noticia conquistó la cuarta dimensión. El arrabal tomó posesión del centro; la prosa municipal y espesa se hizo luminosa y abigarrada, la metáfora tomó carta de ciudadanía en la información. Entonces se empezó a escribir como Enrique. Inmediatamente apareció Manuel Gleizer como un nuevo San Antonio y promovió al escritor sin libro a la notoriedad literaria. Así conocimos “El alma de las cosas inanimadas”, “La rueda del molino mal pintado”, “El tirano”, “Tangos” y “Camas desde un peso” –para mí su obra mejor lograda–. A quien quiera penetrar en el trasmundo literario de Enrique González Tuñón, escritor que conoció todos los secretos de la forma, le bastará con leer sus libros; pero quien quiera conocer al gran combatiente de las causas más nobles, al demócrata fervoroso, al humorista mejor, cuya gracia participaba de la poesía, al poeta que nunca escribió un verso pero que vivió intensamente las pasiones poéticas, deberá repasar las colecciones de “Crítica”, de “Noticias Gráficas”, el prólogo imborrable de “España levanta el puño”, el libro de Pablo Suero. Y sus cartas, en las que transaparece el hombre bueno cuya bondad no le impide señalar sin misericordia las defecciones, las ingratitudes, y las trapisondas.
Suyos fueron también los epitafios más sangrientos que publicó “Martín Fierro”. Suya la designación de “escritores de Boedo”, suyo el mérito de haber incorporado a la hagiografía porteña a San Juan de Dios Filiberto…
Una enfermedad lo recluyó en Cosquín, donde fui a buscarlo más de una vez. Enrique se acordó súbitamente de nuestro primer encuentro, y habló de concretar por fin la publicación de aquella revista que lo acercó a la imprenta de la calle Entre Ríos.
–Tenemos que tirar “Satirikón” a la cara de los filisteos solemnes. La solemnidad terminará con el país. Pronto bajaré a Buenos Aires. Decile a tu mamá que vaya preparando el té y las masitas. Tenemos que celebrar los veinticinco años de nuestro encuentro.
Pero no pudo ser. Si en el cielo hay un arrabal y un café, allí debe estar Enrique, escribiendo las historias más hermosas del mundo.
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Imagen: Tapa de la primera edición  de El alma de las cosas inanimadas. Gleizer, 1927.
Tomado de Mi tío Scholem Aleijem y otros parientes, Ediciones Corregidor, Bs. As.,1978.