12 ene. 2011

Barrios, minas y represores



(De Germán Cáceres)

La obra del guionista Ricardo Barreiro resulta inabarcable, y se publicó en nueve países y se tradujo a cuatro idiomas. Su primera serie, de ciencia ficción, fue Slot-Barr (1977), y el arte de Francisco Solano López, con el que conformó una dupla artística insigne.
As de pique (1977), con dibujos de Juan Giménez, es una suerte de continuación de Amapola negra (1958), de H.G. Oesterheld y F.S. López.
Bárbara (1979), con arte de Juan Zanotto, constituyó un éxito notable. La sensualidad gráfica de la casi desnuda heroína cumplió con otra faceta del guionista: su perturbadora carga de erotismo.
En 1980, radicado en París –antes, en 1978, se había exiliado en España– crea Ciudad, dibujada por Juan Giménez, otro hallazgo dentro del género de la ciencia ficción. Ciudad contó con una segunda parte, pero con gráfica de Luis García Durán. 
En 1982 se instala en Roma y aparece Nueva York, año cero, con dibujos de Juan Zanotto, una serie que relata una guerra en Venus.
La batalla de Malvinas comenzó a salir en el Nº 1 de la revista Fierro (9/1984), y contó con varios dibujantes (Alberto Macagno, Marcelo Pérez, Carlos Pedrazzini, Julio César Medrano), y en ella prevaleció el afán de opinar e informar.
Hacia 1985 regresa a la Argentina y publica en Fierro, junto con Juan Giménez, War III, sobre una guerra atómica en el futuro.
Ministerio (1986) es uno de los grandes logros del binomio Barreiro-Solano López. El universo se ha convertido en una inmensa oficina burocrática, cuyas costumbres y diálogos el guionista refleja con perspicacia. Por tramos el dibujo se torna enérgico, colosal y expresionista. Carlos Pibe, el cadete, está enamorado de Susanita, una de las miles de telefonistas. Y un pelotón de “eseses” las secuestra para goce de los superiores. Al final, Carlos Pibe emprende una rebelión. Y en el último cuadrito de la serie un grupo de las fuerzas armadas argentinas realiza un operativo de secuestro de personas. Ministerio es tanto una alusión al nazismo como a la última dictadura militar.
Navarrito (1986), con dibujos de Alberto Dose, lleva el nombre de un periodista que, al investigar extraños casos de mujeres asesinadas por un destripador, visita lupanares del Buenos Aires de principios del siglo XX, urbe recreada con un aura pintoresca que juega con la oposición blanco-negro. En la sección Redacción del diario Crítica, donde trabaja Navarrito, también aparece Roberto Arlt, y un titular del diario del 6 de setiembre de 1930 anuncia: “El general Uriburu: nuevo jefe de Estado”.
Posiblemente Parque Chas (1987) resuma los ensueños de Barreiro, ese fabulador de mundos fantásticos en los que la lógica dejaba de funcionar, el tiempo alteraba su linealidad, terroríficas invenciones y ciborgs se erigían como protagonistas y el espacio se quebraba junto con las viñetas. En un episodio el presidente Perón ordena construir un subterráneo secreto que conecta Plaza de Mayo con un depósito ubicado en Parque Chas, la estación final que, sin mediar ninguna explicación, desaparece junto con el subte y sus ocupantes. “¿Qué no puede pasar en Parque Chas, el domicilio de los desconocido?”, comenta un texto. El notable dibujo de Eduardo Risso, de fuertes contrastes matizados por grisados, posee rasgos humorísticos a la vez que plantea enfoques insólitos y un registro onírico. Parque Chas tuvo una segunda parte que apareció en el Nº 86 de Fierro (10/1991).
Risso también graficó los textos de Caín (1988), y su estilo se tornó fantasmagórico al utilizar inusitados primeros planos, ángulos audaces en contrapicada y sombras proyectadas. Hay una extensa explicación de la madre de Caín sobre su origen, en la que cita su segundo casamiento con un anciano a punto de morir sugestivamente llamado Bunge de Hoz. El plan del diabólico marido era transplantar su cerebro al niño recién nacido y de esta manera prolongar su existencia. Pero nacieron trillizos: dos varones y una nena. La madre de Caín, con el fin de cobrar la herencia, hace desaparecer a los dos mellizos, ya que por la niña no habría problema, pues el prejuicioso Bunge de Hoz jamás hubiera alojado su cerebro en el cuerpo de una mujer. Los hermanos varones fueron arrojados a un terreno baldío, pero Caín pudo salvarse.
En El Instituto (1989), ambientada en la época victoriana, otra vez la figuración de Francisco Solano López contribuye a crear una atmósfera de encierro de magistrales climas nocturnos. La dupla continuó la serie con El Instituto II y El Instituto III.
La colaboración de Barrerio y el eximio dibujante Enrique Alcatena dio obras de excepción, como, por ejemplo, La fortaleza móvil, su continuación: El mundo subterráneo, y El mago, las tres de fines de la década del ochenta. 
Oswald participa con su personalísimo estilo de trazos ágiles y espontáneos en Buenos Aires, las putas y el loco (1990). Las aplicaciones de pincel son exquisitas, y Barreiro impone un guión moderno y dinámico acerca de una lucha entre tratantes de blancas, en la que hay mucha acción y movimiento, en un alarde de imaginación gráfica.
En Yaguareté (1991) llama la atención la estética de Pablo Páez no sólo por lo suelta, fresca y creativa, sino también porque retrata a los personajes sórdidos con las caras de Martínez de Hoz, María Julia Alsogaray, Domingo Cavallo, y los hermanos Carlitos Junior y Zulemita Menem. María Sánchez viaja desde el interior a Buenos Aires para trabajar como mucama en la mansión de la acaudalada familia Acuña Maldonado. Allí es considerada tanto “una negrita de mierda” como una “putita de mierda”.
 En 1999 Barreiro comenzó a guionar junto a Pablo Muñoz El Eternauta. Odio Cósmico, dibujada por Walter Taborda en lápiz y Gabriel Rearte en tinta, pero fallece en ese año. Había nacido en 1949.
Los textos de Ricardo Barreiro son tan ricos y múltiples que, sin duda, con su lectura se gratificarán las futuras generaciones.
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Imagen: Buenos Aires, las putas y el loco, dibujo de Oswald.