1 ene. 2011

Un habitante “gris” de Coghlan: Julián Centeya


(De Eduardo Criscuolo)

El 15 de octubre de 1910 nació en Borgotaro, un pueblo de la provincia de Parma, Italia, Amleto Enrique Vergiati, hijo de un periodista del diario Avanti, cuyo jefe de redacción era Benito Mussolini, el futuro “Duce”. Diez años después, realizada ya la histórica marcha sobre Roma (1920), la represión sobre la izquierda se tornó violenta y obligó a muchos opositores al régimen a decidir su exilio. La familia Vergiati, integrada por Carlos, el padre, Amalia, la madre, y los tres hijos, dos mujeres y Amleto, no fue una excepción y viajó hacia la Argentina como casi la mayoría de los refugiados políticos de ese momento. Llegados al país, se instalaron en San Francisco, pueblo de la provincia de Córdoba, lugar en el que el padre trabajó de carpintero, ya que su escaso conocimiento del idioma le impedía desarrollar su actividad periodística.
A fines de 1923 se trasladaron a Buenos Aires y recalaron en un conventillo del barrio de Parque Patricios. Amleto cursó sus años primarios en el Colegio "Abraham Luppi", del barrio de Pompeya, donde uno de sus compañeros fue Francisco Rabanal, futuro intendente de la Ciudad de Buenos Aires. Finalizados sus estudios primarios se inscribió en el Colegio Nacional "Bernardino Rivadavia", ubicado en Chile y Entre Ríos, donde su mala conducta obligó a su expulsión cuando cursaba el tercer año. Vivió un tiempo en Chiclana y Boedo y allí comenzó a ser “habitante” del barrio que lo signaría para toda la vida. Se hizo hombre de Boedo consustanciado con las calles y las cosas que luego transitará Homero Manzi en la inolvidable letra del tango Sur.

“PARA ESCRIBIR HAY QUE VIVIRLA”
En 1938 escribió el texto de una milonga que llevará música de José Canet y allí se otorgó el seudónimo que lo acompañará toda su vida: Julián Centeya. Cabe destacar que, asimismo, utilizó otro seudónimo: Enrique Alvarado. Con Julián Centeya comienza el mito de una trayectoria que atravesará el lunfardo con una visión única, como puede apreciarse en La musa mistonga, colección de versos aparecida en 1964. Cinco años después publicará otro libro de versos, La musa del barro, con poemas-homenaje a Aníbal Troilo (Pichuco), Barquina –personaje emblemático de la bohemia porteña– y otros dedicados a Eduardo Arolas, Celedonio Flores y Enrique Santos Discépolo, figuras señeras del tango en su mejor época. Su primera obra de poemas se tituló El recuerdo de la enfermería de San Jaime, bajo el seudónimo de Enrique Alvarado, en el que puede leerse el poema dedicado a Louis Armstrong, el legendario trompetista negro que revolucionó la época del jazz. Escribió una única novela, titulada El vaciadero (1971), que mostró la dura realidad de los marginados, de los hombres de la “Quema”, una llaga viva que aún perdura. Julián siempre decía que “para escribir hay que vivirla; si no nos acunamos en el camelo literario”. Era su filosofía existencial.
César Tiempo (Israel Zeitlin) escribió el prólogo de La musa del barro, que llegó a ser una biografía de Julián Centeya, quizás la más acertada: “Julián era un hombre triste que sonreía. Tenía la tristeza de Don Quijote, que combate con los molinos de viento pero no puede romperles la cabeza a los arrieros que hacen escarnio de él porque su corazón no puede ver sangre y la piedad, la maldita piedad, le ata las manos. Sí, acaso un ejemplar para nuestra amiga Oriana Fallaci, que habría visto en Julián a un personaje para sus galerías y habría comprendido qué es la tristeza de un hombre que se encuentra ante el dilema de ser sincero en un mundo de hipócritas, valiente en un mundo de cobardes, bueno en un mundo de malvados”. Estuvo casado con Elena Gorizia Vattuone,  hermana de la cantante Nelly Omar, pero la vida bohemia que llevaba determinó el final de esa pareja.

ESPÍRITU DE BUENOS AIRES
Horacio Ferrer lo ubica en la corriente de escritores de Boedo de 1925, que cambiaron la literatura en boga por el lunfardo, otorgándole una dimensión de escuela. Junto con Juan Carlos Lamadrid, Juan Bautista Devoto y Cátulo Castillo fue la figura más transcendente de esa promoción contemporánea. También afirma que Centeya “más que conocedor es baqueano, mejor que habitante es materia y espíritu de Buenos Aires”. Julián incursionó también en la radiofonía, especialmente en Radio Colonia, en un programa titulado “En una esquina cualquiera”. En Radio Argentina hizo “Desde una esquina sin tiempo” y colaboró en los diarios Crítica, Noticias Gráficas y El Mundo y las revistas Sábado y Prohibido. Escribió las letras de algunos tangos: sus más conocidos son Claudinette, con Enrique Delfino; Lluvia de abril y La vi llegar, con Enrique Francini; Lison, con Ramieri; Felicita, con Hugo del Carril; y Más allá de mi rencor, con Lucio Demare.
Julián Centeya fue “hombre de Boedo”, pero a veces los avatares de la vida presentan hechos curiosos. Durante un largo tiempo recorrió las calles de Coghlan y vivió en el pasaje Sócrates, esa cuadra única que va desde Quesada hasta Iberá, cuyo silencio acompañó sus horas mientras el sol se derramaba en las veredas y un luminoso pedazo de cielo se perdía en los ojos del recuerdo. A treinta años de la muerte de Roberto Arlt, relevante e inolvidable figura de la literatura argentina, y veinte años después de la desaparición de Eva Perón, la “abanderada de los humildes”, el 26 de julio de 1974 Julián Centeya se fue de noche a esa Buenos Aires de la que no se vuelve, pero que tiene su barrio de Boedo para que el poeta “en demoras de boliche, en la recalada amistosa del feca”, camine por los adoquines que nos dejan su recuerdo.

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Bibliografía
Ferrer, Horacio: El Libro del Tango. Crónica y diccionario 1850-1977. Bs. As., Edit. Galerna, 1977, 769 p.
Noceti, Alfredo y Bence, Emilio: Coghlan. Una estación, un barrio. Bs. As., Instituto  Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, 78 p., croq., fotos, etc.
Tiempo, César: En el prólogo del libro de Julián Centeya Piel de palabra. La musa maleva y otros poemas inéditos. Bs. As., Torres Agüero Editor, 1978, 121 p., fotos.

Imagen: Una de las últimas fotos de  Julián Centeya; aquí, en su bulín en la catrera. (Foto de la revista Gente, 1974).
Nota tomada del periódico El Barrio, diciembre de 2003.