31 ene. 2011

Pío Collivadino y el Grupo Nexus


(De Diego Ruiz)

He venido intentando, en la medida en que la arbitraria nomenclatura porteña lo permite, seguir el hilo cronológico y conceptual de la plástica argentina, pero a medida que se acerca a nuestros días va quedándose sin materia. Y lo peor es que ese “nuestros días” en realidad remite a mucho más de medio siglo. Es inútil buscar y rebuscar en las guías comerciales o en los nunca bien ponderados diccionarios de Cutolo; los artistas más modernos que han merecido nombrar calles son Fernando Fader, Miguel Carlos Victorica y Benito Quinquela Martín. Se dirá que mucho óleo ha corrido por las paletas desde entonces, pero parecería que los ediles de turno, o aquellos que sin pausa proponen homenajes de toda laya, no se han dado por enterados y siguen bautizando tramos de calles (porque calles enteras no les quedan y, al menos, no siguen cometiendo la barbaridad de borrar con el codo vieja y noble nomenclatura) de acuerdo a los vientos de moda cultural o conveniencia política que soplen.
Sin embargo, a pesar de las quejas, han dejado una figura clave en la transición del arte academicista de fines del siglo XIX a las nuevas corrientes que, como es regla en un país periférico como el nuestro, llegaban con retraso... pero llegaban. Pío Alberto Francisco Collivadino, de quien se trata, había nacido en Buenos Aires en 1869 e iniciado sus estudios en la vieja sociedad Nazionale Italiana –que aún existe– con Luis Luzzi, para pasar luego a nuestra ya conocida Estímulo de Bellas Artes con el maestro Francesco Romero. A los veinte años, como tantos, viajó a Italia e ingresó en la Real Academia de Bellas Artes romana donde cursó durante seis años para dedicarse, los siguientes cuatro, al estudio del fresco con César Mariani, colaborando con Maccari en la ejecución de los frescos del Palacio de Justicia de Roma. En 1907 fue llamado a Buenos Aires para ocupar la dirección de la Academia Nacional de Bellas Artes, cuya nacionalización –o mejor dicho, los efectos de la misma– había provocado las renuncias de Ernesto de la Cárcova, su primer director, y de Eduardo Schiaffino, director del Museo Nacional de Bellas Artes. En la Academia, donde creó los talleres de Escenografía, Fresco y Aguafuerte de los cuales fue profesor titular, permaneció hasta su jubilación en 1935. Collivadino realizó entonces un viaje a Europa, lo que fue aprovechado para encomendarle el estudio de las escuelas de Bellas Artes y de las salas líricas por parte de la Dirección de Artes Plásticas del Ministerio de Educación y del directorio del Teatro Colón, respectivamente. A su regreso, fue nombrado inspector general de Enseñanza Artística y, en 1939, organizador de la Escuela Superior de Bellas Artes de la Nación “Ernesto de la Cárcova”, cargo que desempeñó hasta la designación en 1944 de Raúl Mazza como director titular. A lo largo de su vida, entre otros numerosos cargos, fue presidente de la Comisión Nacional de Bellas Artes, director de la Escuela de Bellas Artes “Manuel Belgrano”, Miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes y de la Real Academia de Brera, Milán, escenógrafo y presidente del Directorio del Teatro Colón y hasta su muerte, en 1945, siguió desempeñando sus cátedras en “la Pueyrredón”.
Pero podría decirse que el año 1907 es clave en su biografía artística. No sólo por su designación, como se ha dicho, al frente de la Academia, sino porque es el año en que participa en la creación del Grupo Nexus junto a Fernando Fader, Cesáreo Bernaldo de Quirós, Carlos Ripamonte, Justo Lynch, Alberto Rossi y los escultores Arturo Dresco y Rogelio Yrurtia. Este movimiento, gestado en vísperas del Centenario, surgió como una reacción contra el academicismo en boga que traían de Europa los becarios, un academicismo en los que se entrecruzaban realismo, romanticismo, y en algunos casos naturalismo. Los mejores exponentes heredaron mucho del gran Gustave Courbet y realizaron crítica social como Sívori, o Ernesto de la Cárcova (que increíblemente no tiene ni una miserable cortadita), pero el modelo ya no satisfacía, por lo que algunos artistas se volcaron, bajo diferentes conceptos, al estudio de la luz como el propio Sívori o Martín Malharro. El Grupo Nexus también se caracterizó por su tratamiento de la luz, ya fuese por la pincelada o la división del tono, pero se planteó otros problemas –
acordes con la época – en torno a la identidad nacional, volcándose al registro del paisaje, las costumbres locales, el pasado nacional. Carlos Ripamonti y especialmente Bernaldo de Quirós reintrodujeron la temática gauchesca; Fader los paisajes regionales, Alberto Rossi –italiano naturalizado– los motivos urbanos y circenses y Collivadino se dedicó a Buenos Aires, a una ciudad que vivía los contrastes entre lo tradicional y la modernidad.
Entre los alumnos que Collivadino tuvo en su larga carrera docente se contaron Miguel Carlos Victorica, Lino Enea Spilimbergo, Raquel Forner, Héctor Basaldúa e, indirectamente, Quinquela Martín. Es conocida la anécdota que éste refiere en sus memorias: en una de sus jornadas pictóricas en el Riachuelo en compañía de Guillermo Facio Hébecquer, allá por 1916, se encontraron con Collivadino –¡director de la Academia!– que hacía lo propio y, a instancias de Facio, lo llevó a la carbonería paterna para exhibirle sus trabajos. Dice Quinquela: “[...] en la carbonería, saqué mis cuadros del cuarto de baño y los fui poniendo ante don Pío, que los fue mirando, detenidamente uno a uno sin hacer comentarios. Yo lo miraba a él, con el alma en un hilo [...], me dijo unas cuantas frases que cambiaron mi vida [...], me dijo que tenía una manera nueva de ver y pintar [...], que en mis obras había personalidad y vigor [...], que yo podía ser el pintor de La Boca [...]”. El maestro no sólo lo alentó, sino que merced a su influencia realizó Quinquela su primera exposición individual en Witcomb en 1918, oportunidad en que el mismo Collivadino adquiere el óleo Impresión del astillero, y se le abrieron las puertas en su primer viaje a Europa. Profundo conocimiento del arte, pero también una gran generosidad con el artista joven, la misma que seguramente lleva a Collivadino cuando es nombrado, como hemos dicho, director organizador de “la Pueyrredón” en 1939, a canjear su jefatura de Taller en “la Cárcova” por horas cátedra en la primera “con el objeto de atender mejor su misión”.
Pese a todo lo dicho al principio de esta nota, alguna justicia hay. Justicia porque una calle del barrio de Parque Avellaneda lleva el nombre de nuestro pintor. “Alguna” porque, como en otros casos, su largo es de sólo una cuadra que corre desde Juan Bautista Alberdi hasta José Bonifacio, entre Lacarra y Fernández.
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Imagen: Puente Victorino de la Plaza (1920): óleo de Pío Collivadino.
Tomado del periódico Desde Boedo (octubre 2007).