27 ene. 2011

Corrientes 1927, el inquilinato de mi infancia


(De Alberto Martínez)
Caminaba por una de las calles de mi barrio de San Telmo cuando vi la perspectiva del largo y solitario corredor, iluminado por la tenue luz que se asomaba desde una tulipa lechosa, a mitad de una de sus paredes con el revoque a punto de desprenderse.
Entonces, vinieron a mi mente los recuerdos: muchos de los años de mi infancia los viví en un largo corredor similar a éste.
Habitaba una vivienda de las seis que en doble fila daban al corredor y conformaban el inquilinato. Su trazado era lineal y en una sola planta. Se accedía desde la calle a lo que llamábamos zaguán, espacio entre dos puertas, con piso de baldosas calcáreas amarillas y blancas conformando un damero; dos canillas goteando asomaban desde los muros. A sus costados y distanciadas, las puertas de entrada a cada departamento conformado por un hall, dos grandes habitaciones, un baño, una pequeña cocina y un patio con macetas y piletón de cemento para lavar la ropa.
Frente a nuestro departamento vivía un matrimonio húngaro: don Luis y doña Vilma; más al fondo, una familia polaca judía: doña Berta, su marido y sus hijos Feiguele y Bube; más atrás un ucraniano solo: Mezaros, y al fondo otra familia húngara con don Jorge a la cabeza. Por último una familia española comandada por don Eugenio, seguido de doña Victoria y su hija Carmen.
Las mañanas de domingo eran una fiesta. Todos, portando baldes de metal, secadores y escobas con palo de madera, nos juntábamos para baldear el largo corredor, ceremonia que finalizaba con el lavado de la vereda. Mi hermano y yo nos prendíamos en esta última tarea, ya que al vernos los muchachos de la cuadra se acercaban; revivíamos juntos las aventuras de la noche anterior y programábamos las de la tarde.
Ese programa, una vez consolidada la “barra”, se llevaba a la práctica, para nuestra alegría y para desdicha de los siesteros, en un espacio que merece destacarse. Resulta que el angosto pasillo remataba en un fondo amplio y abierto, bien abierto. El fondo cumpliría para nosotros todo tipo de función: ring de box, cancha de básquet, de minifútbol, pileta de natación, griterío, todo menos la que supongo debió haber tenido en otro tiempo… jardín para el sosiego.
Más tarde, el corredor se llenaba de notas musicales, distintas melodías se escapaban de las vitrolas. Realmente era una competencia para ver quién tenía el último disco de onda.
En las cálidas noches de verano todos sacaban sus banquitos… al corredor algunos, otros al zaguán, lugar más fresco. Los más inquietos se sentaban alineados en el escalón que daba a la vereda. Trataban de tomar un “cachito” de la tímida brisa que se negaba a entrar en sus viviendas.
Así se daba la vida en un inquilinato: solidaridad, compañía, tolerancia y, a la larga, amistad.
Hoy en Corrientes 1927 no existe más el inquilinato. Funciona una playa de estacionamiento a cielo abierto.
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Imagen: Un conventillo. (Foto: Taringa)
Este trabajo fue tomado del periódico El sol de San Telmo.