17 ene. 2011

Al rescate de las esculturas urbanas


(De Jorge Luchetti)

El crecimiento de las ciudades latinoamericanas a mediados del siglo XIX implicó la necesidad de embellecer sus calles y paseos con ornamentos de gran riqueza artística. Importantes obras en hierro y bronce, originarias de fundiciones francesas, engalanan algunos barrios de Buenos Aires, entre ellos Villa Urquiza, Coghlan y Saavedra.

La Dirección General de Patrimonio Urbano de la Ciudad de Buenos Aires y la Asociación para la Salvaguarda y la Promoción del Patrimonio Metalúrgico de Haute-Marne (ASPM), una organización francesa no gubernamental que actúa en más de cincuenta países, han salido al rescate de aquellas piezas urbanas que en la mayoría de los casos pasan desapercibidas ante los habitantes de la ciudad y que en algunos otros aparecen veladas en los lugares más recónditos.
Algunas son de hierro forjado y otras de bronce. Todas tienen un valor artístico incalculable que forma parte del mobiliario urbano de Buenos Aires. Hay un gran número de estas esculturas, las cuales se encuentran en un estado de deterioro bastante avanzado ya sea por el mal uso –muchos copones, por ejemplo, son utilizados como maceteros– o por la falta de mantenimiento regular. De allí la idea del Gobierno de la Ciudad de rescatarlas, sanearlas y volverlas a exhibir en los diferentes paseos públicos y en aquellos edificios institucionales donde éstas puedan lucirse.
Más de 400 piezas fueron relevadas como parte del mobiliario urbano que Buenos Aires posee. Entre ellas figuran fuentes, como por ejemplo la ubicada en la avenida 9 de Julio y Córdoba –ésta en particular formó parte de una adquisición realizada para conmemorar el centenario de la Revolución de Mayo de 1810–  o la de avenida Del Libertador y Pueyrredón, de ostentoso diseño. También hay farolas, como las que lucen la Avenida de Mayo o la avenida Alvear, y candelabros como los que resplandecen en el Teatro Colón, que fueron realizados especialmente por encargo.

CÓMO LLEGARON
El crecimiento de las nuevas ciudades de Latinoamérica a mediados del siglo XIX  implicó la necesidad de embellecer sus calles y sus paseos públicos con ornamentos de tendencia neoclásica, que poseían una gran riqueza artística. De esta forma comenzaron a llegar importantes obras en hierro y bronce de diferentes fundiciones de renombre de origen francés, como Durenne, Thiebaut Freres, Susse Freres y Val D’Osne. Esta última es una de las más representativas en nuestro país: su sello figura en una infinidad de esculturas distribuidas en toda la ciudad.
Un gran número de artistas –más de 200–  trabajaron en algunas de estas fundiciones. Entre los más prestigiosos se encuentran el afamado escultor Bartholdi, creador de la Estatua de la Libertad, ubicada en el estado de New York, y de su réplica en menor escala que se encuentra en nuestras Barrancas de Belgrano, más precisamente en La Pampa y Arribeños. También hay obras del arquitecto Guimard, autor de las entradas al metro de París, en estilo art nouveau.
No hay ciudad de Latinoamérica que no se haya vestido de forjados, principalmente franceses. Es así que florecieron estatuas, grupos escultóricos, farolas, relojes, surtidores, ánforas, copones, etcétera. Ciudades como México, Río de Janeiro, San Pablo, Valparaíso, Piriápolis, Recife, Caracas y Buenos Aires son sólo algunas de las que formaron lo que se dio en llamar la “ruta del hierro”. Sin lugar a dudas, una de las obras cumbres pertenecientes a este período es el “Neptuno” realizado por Dubray, que adorna los jardines del palacio de Guanabara, en Río de Janeiro. Ejemplo de la recuperación de estos trabajos es lo realizado en todo Brasil, donde desde 1992 se encargaron de rescatar más de 150 piezas en Río y unas 100 más en Bahía, Recife, Manaos y otras ciudades.
En la Argentina, las ciudades donde más proliferaron estas piezas escultóricas fueron Córdoba, Entre Ríos, Salta, La Plata y Buenos Aires. Esta última no sólo es la que cuenta con el mayor patrimonio en hierro del país sino también de todo el cono sur. Buenos Aires se vio envuelta en hierro de norte a sur y no cabe duda de que el eje cívico de la ciudad fue el más beneficiado, tanto por su riqueza artística como por la magnitud de las piezas expuestas. También es importante la distribución que se hizo de forjados en parques como los de Tres de Febrero y Centenario o en cementerios como los de Recoleta y Chacarita.

LA ESCULTURA BARRIAL
Si bien a nuestros barrios llegó un menor número de piezas con respecto al centro de la ciudad, no podemos dejar de destacar la importancia de aquellos elementos decorativos en hierro y bronce que adornan nuestras calles y plazas. Podemos verlo, por ejemplo, en el vaso de hierro ubicado en la plazoleta de Estomba y Franklin D. Roosevelt, Coghlan, realizado en la fundición Val D’Osne, o en los cuatro copones similares que se hallan en la plaza Esteban Echeverría, en el barrio de Villa Urquiza, pertenecientes a la misma casa. Estos son una muestra de una riqueza artística que sorprende tener tan a mano.
Cabe mencionar en este conjunto de artesanía francesa a los majestuosos mástiles, con grupos escultóricos de imágenes aladas, pertenecientes al ex Pabellón Argentino de la exposición de París de 1889. Uno está ubicado en la plazoleta Malagarriga, en avenida San Isidro y Paroissien, mientras que el segundo ocupa un lugar preferencial en la plaza Sudamérica, en avenida De los Incas y Zapiola. En cualquiera de los dos casos, el estado de conservación es regular. Muy cercanos a estos se encuentra también el grupo escultórico “La Argentina”, que también formó parte de aquel pabellón y hoy luce en el patio de honor de la Escuela Técnica Raggio, en el vecino barrio de Núñez. Todas estas piezas fueron realizadas en la fundición Thiebaut Freres.
La protección y recuperación del mobiliario urbano, como las esculturas, los murales y las fuentes, harán de Buenos Aires una ciudad con mayor identidad. Como la que supo darle el Obelisco, que también estuvo en riesgo de desaparecer cuando al poco tiempo de su inauguración un grupo de ediles había decidido su demolición: gracias a la tan mentada burocracia, la resolución de su derribamiento quedó en el olvido. Seguramente nadie podría imaginar una postal de Buenos Aires sin este digno representante.
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Imagen: La llamada Fuente catalana o del Centenario, del escultor Joseph Llimona, emplazada en el Parque Rivadavia.
Trabajo tomado del periódico El barrio, N° 72, marzo de 2005.