28 jun. 2012

El bar "Ramos" ya no brilla en la calle Corrientes



 (De Gabrielas Sharpe)

El bar “Ramos”, ubicado en la esquina de Corrientes y Montevideo, uno de los cafés tradicionales de la ciudad, ya no existe. Su lugar es ocupado hoy por una sucursal de la pizzería “Banchero”.
Junto con el café “La Paz”, el “Ramos” fue un bar emblemático durante la década de 1960. Mientras que en “La Paz” se reunían los intelectuales, el “Ramos” fue el epicentro de los artistas. Con sus mesas y su barra en el medio del local las charlas eran infinitas.
Fundado en 1929, luego en la década de 1990, remodelado con escaso gusto, fue un lugar de reunión de muchos porteños.
En la literatura quedó para siempre en los libros de Juan Sasturain, al convertirlo en el lugar de encuentro del investigador jubilado Etchenaik y el mozo del “Ramos”, Tony, dos hombres unidos por la soledad. En Manual de Perdedores, Sasturain lo describe como “El viejo bar ‘Ramos’ parecía una pecera iluminada en la noche”.
Lamentablemente la bohemia porteña se trasladó a otros barrios.  Lamentablemente el patrimonio cultural se va perdiendo. Los bares tradicionales de Corrientes,  conocida como “la calle que nunca duerme”, algo que ya no ocurre, cada vez se va a acostar más temprano y los viejos reductos están extinguiéndose; las cadenas de cafés junto con  la marginalidad están copando la parada.
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Imagen: Una de las últimas fotografías del bar “Ramos”.
Nota y foto tomadas de la página Buenos Aires Sos. (Mayo de 2012)

Filatelia



(De Rubén Bianchi)

No sé por qué, un día se me ocurrió empezar a “juntar estampillas”, tal como se decía en el barrio en lugar de filatelia, palabra que muchos asociábamos con una enfermedad incurable. En aquellos años siempre había alguna fábrica cercana que recibía correspondencia de diversos países, y a veces era posible conseguir los sobres o directamente rescatarlos de la basura. Así empezaba la tarea artesanal y delicada de despegar la estampilla con el vapor de la pava cuidando que no se rompiera  ningún dientecito.
Cada ejemplar era una conquista valiosa, un asombro por su diseño, un aprendizaje por su procedencia: Magyar Posta, Deutsches Reich o Republique Française eran nombres de difícil lectura pero llenos de fantasía para mi mirada infantil. También eran muchas las familias del barrio que recibían cartas de afuera: generalmente venían de España, Italia o Polonia, pero no siempre me querían dar los sobres y entonces perdía la posibilidad de agregar al álbum aquella estampilla con la cara de Franco, la italiana con la flor brotando entre ruinas de guerra, o la del pescador polaco sosteniendo un enorme pez. El destino de esos sobres era el de inaccesibles cajones, a veces húmedos por lágrimas que en aquel entonces no estaba en condiciones de entender.
La adolescencia llegaba cuando empecé a interesarme por otras cosas: pasar a la escuela secundaria, o ir a explorar el Centro. Descubrí los cines de Lavalle, vi músicos de traje rojo tocando en confiterías a la hora del té, me asombré ante una máquina de profilácticos en el baño de un café, y de pronto, allá en la otra cuadra, la inesperada revelación: en vitrinas iluminadas, prolijamente alineadas o ensobradas por país, se ofrecían raudales de estampillas impecables. Allí estaban, multiplicadas en distintos valores, las mismas estampillas que tanto me había costado conseguir. ¿Entonces se podía comprar de inmediato aquella noruega y esta cubana, por unas monedas?... ¿Había sido inútil tanto afán y ansiedad para atesorarlas una por una?... Este y otros interrogantes me hice no sin cierta decepción, en aquellos días en que mi álbum infantil se cerró para siempre.
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Imagen: Estampillas de diversos países.
Tomado del libro: Afectos especiales de R. B. (Ediciones Papeles de Boedo, Bs, As., 2004).

27 jun. 2012

"Bajo tierra"



(De Javier Carri)

Una fotonovela a cargo de la empresa empapela los andenes, un joven afina la guitarra antes de comenzar la jornada laboral y al abrirse las puertas de uno de los vagones del subte se puede observar un cuarteto efectuar una rutina de música ciudadana. La estación parece respirar arte y hasta el momento si bien sorprende la oferta, nada parece escapar a lo habitual.
Mientras permanezco sentado esperando el tren que me traslade hasta Alem, un hombre de poco menos de 60 años me deja una fotocopia sin siquiera detenerse, repartiendo papeles. Es un escritor y está compartiendo su obra. Si bien eso parecía cotidiano, el poema no lo era. El contenido tenía una carga emocional altísima, y lo que apoderaba de maravilloso lo poseía de aterrador. Después de leerlo dos veces le pedí a la señora que estaba a mi lado si me permitía el escrito que el hombre le había entregado. El segundo poema era aun más extraordinario y sombrío que el anterior. No podía asegurar con certeza sobre lo que estaba escribiendo el autor pero no cabía duda que el dolor y el sufrimiento estaban muy presentes, excelentemente narrados, hasta el lector más disperso del subterráneo podría sentir que lo que tenía en sus manos eran palabras de padecimiento profundo.
Sin dudarlo me apuré para alcanzar a quien continuaba repartiendo poemas, quería conocerlo y pretendía contar su historia. Apenas pude hablar con él y proponerle unos minutos para una breve charla me respondió con una negativa sin siquiera emitir sonido ni detenerse. Insistí, le confesé que me había conmovido y que quería conocer algo más de él y de su vida, me interesaba escribir sobre su trabajo pero la respuesta esta vez fue un rotundo "no". Pedí disculpas por incomodarlo y me detuve justo debajo del cartel que indica el nombre de la estación. Después de hacer la rutina de volver por sus poemas y recibir alguna moneda de unos y la indiferencia de otros llegó nuevamente donde me encontraba yo y por primera vez me miró a los ojos y sentenció que el profundo dolor no tenía explicación, sólo consecuencias. Le propuse una breve charla sobre el origen de la obra y la experiencia vivida que da como resultado la carga emotiva y tan particular de sus poemas.
Los primeros minutos de nuestro casual encuentro fue un decálogo de reglas, "firmo como Jorge y nada de grabaciones, ni fotos, ni nombres y sólo respondo lo que creo suficiente". Acepté rápidamente, me interesaba conocerlo y estaba claro que sus pautas no eran negociables, se aceptaban o no había charla. Posados bajo el cartel que reza el nombre del morocho más popular del barrio Jorge empezó contándome que hacia mucho tiempo que caminaba los subtes, escribiendo y trabajando. "Desde mediados de los 70 que soy un bajo tierra.." me dijo sin dejar de mirarme. Con el transcurso de la charla confirmé lo que presumía: militancia, clandestinidad, tortura, exilio y el resultado estaba en el papel que entregaba a diario en las distintas líneas de subte.
La mayoría de mis preguntas le molestaban, supongo que le molestaba cualquier pregunta y yo lo dejaba hablar sin interrumpir. No fue necesario escuchar mucho para notar las secuelas de lo vivido, había tanto dolor, no sólo en sus textos también en sus palabras, gestos. Insistió en que quienes no pasaron por una experiencia como la suya jamás podrían comprender el dolor y el sufrimiento con que cargaban aquellos que sí habían tenido la lamentable experiencia del detenido por la dictadura. "El asesinato de familiares y amigos, vivir clandestino y no sólo la propia tortura, no pasa una sola noche donde no escuche los gritos de las torturas a los compañeros y las violaciones a las compañeras", me dijo y con eso me dejó sin palabras. Parafraseando a Cioran, Jorge agregó: "igual que la aparición del crucificado dividió la historia en dos, esa experiencia dividió en dos mi vida", después de algo así nada puede ser igual: ni soñar, ni llorar, ni amar, ni reír de la misma forma.
Hablamos de los poemas, me contó que escribir fue más bien la forma de trascender y no tanto de subsistir. Lo había hecho en el metro madrileño, lo hacía en el subte porteño y de esa forma seguía escapando, oculto porque "para mi nada cambió desde hace 30 años" me expresó en tono bajo, como en secreto. Me conmovió cuando me contó que más de una vez un pasajero que tuvo en sus manos un texto suyo no pudo contener las lágrimas y se le acercó para decirle que él también padecía ese dolor perpetuo, "el texto puede gustar o no, puede conmover o aterrar a los más sensibles pero sólo un bajo tierra siente en carne propia cada palabra y vislumbra el texto en lo más profundo".
En el final de nuestra breve charla comprendí, que bajo tierra como él se definía no era lo que yo desde un comienzo había dado por hecho, no era el retrato de su trabajo subterráneo y entonces le pregunte cuál era la característica de esa denominación.
Tardó unos segundos en responder, intuyo que no estaba buscando las palabras, simplemente meditaba si valía la pena explicarlo. Entonces sin dejar de mirarme me dijo "estamos muertos, no existe forma de vida después de algo así, no importa que físicamente estemos de pie resistiendo ya que transitamos la vida enterrados como un bajo tierra".
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Imagen: Andén de la estación Carlos Gardel del Subte línea B (Foto metrovias.com)
Material tomado de la revista  El Abasto, n° 75, abril 2006.

25 jun. 2012

La espera de las viudas


  
(De Agustín Naón)

Es sabido que por cada adoquín que se colocó en la calle Chile, sólo en el tramo que se extiende por el barrio de San Telmo, hubo un muerto en la resistencia de la ciudad. Es así que a lo largo de cuatro cuadras, hasta el bajo, pegados y sin fisuras, coexisten unos cincuenta y cinco mil adoquines: o tumbas.
Algunos escritos románticos aún perduran, llevándonos a la época en que las viudas acorralaban con sus lágrimas el día elegido como recordatorio para sus difuntos maridos y, como nubes nacidas en el río, subían por la calle hasta lo que hoy es el recuerdo de San Cristóbal.
Con el correr de los años, las viudas fueron veladas por sus hijos y ya no hubo más nubes subiendo por el bajo. Sólo quedaron los adoquines, como defensores unidimensionales, imposibilitados de una justa pelea ante la llegada de algún invasor.
A contramano de la calle y de los deseos de esas viudas circularon los últimos días de una de esas mujeres: Mariel Consorti.
Consorti no pudo soportar la metafórica presencia de su marido en el piso y una noche, literalmente, arrancó a punta de pala casi un cuarto de cuadra de adoquines. Desapareció junto con las piedras y jamás se supo de ella. Hasta el diario mas pacato se animó al amarillismo esa semana.
Como una consecuencia de esa acción, o del bromista que tuvo tiempo de sobra ese verano, cuatro mil cartas llegaron en otoño a las casas de personas que habían tenido parientes perdidos en la defensa de la ciudad. Todas esas cartas tenían el nombre de algún soldado y, no podía ser de otra manera, la cantidad de cartas se correspondía con el número de adoquines faltantes.
Diez de esas cartas se encuentran aún hoy en del museo del barrio y quien las vea notará que la caligrafía varía de manera considerable en todas ellas trayendo a la mente un único pensamiento ¿cuántas personas involucradas hubo en este hecho tan particular?.
Por último nos detenemos en el tramo más complicado –en términos de arquitectura- de la calle Chile. Es el brazo que sale para formar Balcarce. Es un pedazo que se extiende sólo un cuarto de cuadra, serpentea y termina en avenida Independencia.
A este tramo concurren miles de turistas por mes y es recorrido con mucha paciencia, de hecho es el tramo más corto pero el que más tiempo lleva de visitar. La razón es sencilla: cuentan uno por uno los adoquines que la conforman, el resultado, una imposible casualidad: cuatro mil.
 Sin embargo, el detalle que más llama la atención no tiene que ver con un número sino con una frase instalada en una placa al final de ese pequeño tramo. "Aquí vivió la Familia Consorti".
 Aléjese de San Telmo. Las condiciones climáticas no son favorables. Hay tantas ratas como historias inventadas y tantas noches sin empezar que asustan de sólo pensarlas.
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Imagen: Escudo o emblema del barrio de San Telmo.
Tomado de la página Buenos Aires Sos del 18 / 9/ 2009.

15 jun. 2012

"Floralis genérica"


 
(De Miguel Ruffo)

13 de abril de 2002: la Argentina atraviesa por una profunda crisis económico social y política, que desencadenada en diciembre de 2001, tras la caída del presidente Fernando de la Rúa, ha instalado la inestabilidad de las instituciones democrático burguesas, cuestionadas por los movimientos piqueteros, las asambleas barriales, los cacelorazos.
La burguesía emprende la recomposición de su institucionalidad en una sociedad movilizada y que debe inmovilizar para poder gobernar.
13 de abril de 2002: en la Plaza Naciones Unidas, frente a la Facultad de Derecho, se realiza el acto inaugural de la escultura gigante “Floralis Genérica”, del arquitecto Eduardo Catalano. Esta “flor gigante” ha sido concebida como una escultura móvil. En efecto, debía abrirse y cerrarse con las salidas y puestas del sol; debía permanecer permanentemente abierta los días 25 de mayo, 21 de septiembre, 24 de diciembre. Para realizar estos complejos mecanismos contaba con un sistema computarizado que regularía el movimiento de la flor con los ciclos diarios y anuales del sol. Esta flor no remite a ninguna especie vegetal en particular, sino a aquella en su aspecto general. No parecía la apertura de la ciudad a la naturaleza, apertura que proponía la escultura, haber sido inaugurada en el momento más oportuno. Precisamente una sociedad preocupada por la desocupación, por los ahorros inmovilizados, por la cuestionada representatividad de los funcionarios públicos, parecería estar totalmente alejada del mensaje propuesto por la escultura. Las gestiones del arquitecto Catalano para donar su obra a la ciudad comenzaron en 1999 cuando De la Rúa era Jefe de Gobierno de la Ciudad; la construcción recién comenzó en enero de 2001 y finalizó en febrero de 2002. Para entonces De la Rúa ya había pasado por su fugaz y decepcionante presidencia. La Nación estaba convulsionada; por eso declaró Catalano que su escultura “Es la esperanza de la eterna primavera en un momento de crisis económica y social como el que está pasando el país, me gustaría que la gente la viera como una esperanza”. Pero hasta las esperanzas estaban empañadas, ya que las autoridades del Gobierno de la Ciudad mantuvieron en secreto el instante de la inauguración por temor a que en el lugar de su emplazamiento se produjeran cacelorazos. Dejemos que el propio autor nos hable de su obra: “Cuando la concebí sentí por unos instantes, sólo por unos instantes, que me había convertido en arquitecto de la Diosa Naturaleza, creando una nueva flor sobre la Tierra. Flor que por su carácter genérico es síntesis y símbolo de todas las flores”; “Vengo de la cultura americana, que tiene sus defectos y sus virtudes. Entre las últimas está la filantropía y por eso he querido brindar a la ciudad de Buenos Aires esta Obra Ambiental y en arquitectura me considero estructuralista. Quiero pureza, precisión, tecnología y una representación del mundo” (1). Estos pensamientos nos hablan de la intuición estético naturalista del artista y de su interés por regalarle a Buenos Aires una obra de arte, que llegase a ser el símbolo móvil de la ciudad. En efecto, las ciudades tienen símbolos estáticos; así Buenos Aires el obelisco, pero Catalano quería que también tuviese un símbolo móvil. ¿Y qué movimiento mayor hay que el de la propia naturaleza? Pero para apreciarlo es necesario recuperar las relaciones entre el hombre y el mundo natural, entre el hombre, el sol, la vegetación y con ello todos los ciclos naturales. Tal vez la propuesta de Catalano llegó a Buenos Aires en un momento político poco propicio para que el pueblo prestase la debida atención a su propuesta artística. Si bien esto puede ser valedero, debemos señalar un componente estructural constante de rispidez y oposición: la presencia de la megalópolis. Es por ello que la recuperación del vínculo con lo natural exige superar la división del trabajo entre la ciudad y el campo. Pero este es un problema que sólo podrá ser resuelto a lo largo de toda una época histórica, con el desarrollo de un sistema social que supere la oposición campo-ciudad. Por el momento valgan las esculturas que nos recuerdan nuestros orígenes naturales.
Pero no todo son flores para la “flor gigante”: “Me dedico al turismo y no puedo creer que todavía no arreglen la flor de Figueroa Alcorta. Hace uno o dos años que no se abre ni cierra, ni se ilumina. Después del Obelisco, la Plaza de Mayo y el Colón, es uno de los ítems más fotografiado por los turistas. Sin embargo, a nuestro viajado Jefe de Gobierno parece no importarle. [...]” (2). Esperemos que nuevas administraciones y nuevas realidades nos permitan redescubrir los fenómenos de la naturaleza en una ciudad tan grande como Buenos Aires.
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Notas:
(1) Carini, Patricia; “Será inaugurada la escultura ‘la flor gigante’ de la ciudad” en Clarín, 13 de abril de 2002, pp. 32-33.
(2) Carta de Coco, Marta, a la sección “Reclamos y propuestas” de Clarín, 20 de mayo de 2012, p. 55.

Imagen: “Floralis generica” de Catalano que se levanta en la plaza Naciones Unidas.
Nota y foto tomadas del periódico Desde Boedo (Nº 119, junio, 2012) (http://desdeboedo.blogspot.com)

Augusteo



(De Enrique Espina Rawson)  

Conocido como Salón Augusteo por los bailarines porteños. En el frontispicio, puede leerse el nombre completo en grandes letras: SOCIETA UNIONE OPERAI ITALIANI que, como cualquiera puede verificar, no tiene nada que ver con Salón Augusteo. Este, en realidad, es el nombre del principal salón del edificio de Sarmiento 1374.
Funcionaba, en sus inicios (se construyó en 1885) como un centro de orientación y amparo para los inmigrantes italianos que arribaban a nuestro puerto atraídos por la esperanza de un futuro mejor que el que vislumbraban en su propio país. Tuvo una escuela gratuita para la colectividad italiana por donde pasaron numerosos niños que luego fueron  miembros muy destacados del comercio y de la industria del país en las primeras décadas del siglo pasado.
El Salón Augusteo fue desde su inauguración, una de las principales salas de música de Buenos Aires, y en el actuaron con suceso las más destacadas orquestas y conjuntos musicales hasta 1920. A partir de ese año la sala fue dedicada al baile, constituyendo, desde ese entonces, y hasta hace muy pocos años un verdadero emblema de la milonga porteña.
Algunos sectores del edificio de cuatro pisos con mansarda, tales como el imponente hall de entrada y el frente fueron remodelados en 1913. Las obras estuvieron a cargo de Virginio Colombo, famoso arquitecto italiano, gran impulsor del art-noveau que hacía furor en esos años.
Desde luego, era el art-noveau italiano, también mencionado como Liberty milanés, desbordante hasta el punto de colmar las intrincadas fantasías del diseñador más prolífico y minucioso que pueda haber existido.
La fachada ostenta infinidad de ornamentaciones con voluptuosas cariátides, rostros femeninos, rejas con nautilus, guirnaldas entrelazadas, flores y hojas y, realmente, es considerada una de las más importantes de la ciudad.
Lamentablemente todo está a punto de perderse. En el 2006 un incendio en un sector del edificio determinó la caída de parte del techo. Las reparaciones nunca llegaron. Las lluvias sí.
El edificio estuvo en venta como terreno, por lo que se lo consideró demolición, en términos comerciales. Este escándalo al llegar a los medios masivos produjo la rectificación del comercializador, que reconoció públicamente haber equivocado los términos de oferta del inmueble.
La fachada y los salones están amparados por una catalogación estructural que, aparentemente, protege su integridad. Pero, bien se sabe, una cosa son los papeles y otra la realidad. Dentro de poco, si es que ya no es muy tarde, el histórico edificio será irrecuperable. La propiedad del inmueble la detenta la sociedad Unione e Benevolenza, con sede en Perón casi a la misma altura.
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Imagen: Firma del arquitecto en el frente del edificio (Foto: Iuri Izrastzoff)
Texto y foto tomados de la página Fervor x Buenos Aires (http://www.fervorxbuenosaires.com )

14 jun. 2012

El barrio, el Centro y las milonguitas



(De Diego Ruiz)

Andaba este cronista callejero tratando de analizar cómo el arrabal se fue transformando en barrio, o sea cómo las antiguas zonas de quintas o bañados se fueron urbanizando al paso del tranvía y, mejora sobre mejora, fueron adquiriendo “respetabilidad”. Y comentaba que la antigua población, vinculada en gran parte a los oficios ecuestres o semirrurales –oficios con una gran carga de eventualidad y, en consecuencia, con abundantes períodos de ocio– fue cediendo lugar a un nuevo elemento social, mayormente inmigratorio, que procuraba su sustento en ocupaciones fijas, ya fuera en el comercio, los servicios o las industrias que, en muchos casos, originaron algunos de los actuales barrios: el cronista se ha referido en más de una ocasión a cómo la curtiembre de Luppi generó a Nueva Pompeya, o la Fábrica Nacional de Calzado –que permitía a sus obreros, en los primeros tiempos, dormir en las instalaciones hasta que construyeran su casita– a Villa Crespo.
Este elemento inmigratorio era portador de tradiciones que irían configurando la identidad del porteño, tanto en el habla como en la cocina o la música, pero también de una feroz cultura del trabajo que, sumada a las posibilidades de ascenso social de la época, incidirían en la formación de una “moral” bastante estricta de la que no se salvarían ni siquiera los socialistas y anarquistas de aquellos tiempos, que hoy nos parecen bastante mojigatos e intolerantes. Como toda clase en ascenso, estos sectores que provenían del proletariado o del campesinado adoptaron un código de normas de conducta pública y privada que los reafirmaba en un status de honorabilidad que, a su vez, les permitía mayores aspiraciones sociales. Pero precisamente esas pretensiones de status, de “decencia” suelen necesitar de un espejo en que mirarse, otro grupo social, otras costumbres u otros ambientes que, por oposición, las validen. Así, las virtudes domésticas de esta incipiente clase media fueron transferidas al barrio en oposición al “afuera”, a las “malas influencias” o a la “mala vida” que en su imaginario se asimilaron al “Centro” y muy tempranamente al tango, esa “música de lupanar” como la llamó más de un escritor “bienpensante”. Lo notable es que ese mismo tango, al adecentarse y ganar aceptación –porque había sido adoptado por sectores de las clases altas, porque había sido aprobado por el mismo Papa y porque era moda en París– reflejará ese imaginario y nos dará una serie interminable de “milonguitas” y retornos “a la casita de los viejos”. Ya en 1916 Luis Roldán escribe en Maldito tango: “En un bazar feliz yo trabajaba/ nunca sentí deseos de bailar,/ hasta que un joven que me enamoraba/ llevóme un día con él para tanguear [...] La culpa fue de aquel maldito tango/ que mi galán enseñóme a bailar/ y que después, hundiéndome en el fango,/ me dio a entender que me iba a abandonar”.
Como se ve, en esta letra primigenia es el propio tango el corruptor, una “danza maligna”, como titulará otra pieza Claudio Frollo, que pervierte a las jóvenes de familias decentes. Sin embargo, esta confusión sobre las causas de la “perdición” de esas mujeres es poner el carro delante del caballo y, más temprano que tarde, las cosas serán puestas en su lugar por Armando Tagini en Mano Cruel cuando dice “mintió aquel hombre que riquezas te ofreció”... La causa era más simple y estaba también vinculada al ansia de ascenso social, o más directamente de un mayor bienestar económico. “Te conquistaron con plata/ y rajaste para adentro./ Las luces malas del Centro/ te hicieron meter la pata”, dice Enrique Maroni en una de las versiones de Tortazos; Pascual Contursi le espeta a Flor de fango:  Justo a los catorce abriles/ te entregastes a las farras,/ las delicias del gotán.../ Te gustaban las alhajas, los vestidos a la moda/ y las farras de champán”, y Celedonio Flores feroz en sus invectivas –le dice a Margot:  Son macanas, no fue un guapo haragán y prepotente/ ni un cafishio veterano el que al vicio te largó.../ Vos rodaste por tu culpa y no fue inocentemente.../ ¡Berretines de bacana que tenías en la mente/ desde el día en que un jailaife de yuguiyo te afiló!”. Este mismo panorama, en una vena más condescendiente, se revela en La mina del Ford –también de Contursi–, aquella que quería “sillones de cuero todos rempujados” o en la  Pipistrela de Fernando Ochoa, cuando reclamaba que “Ya estoy seca de tantos mucamos/ cocineros, botones y guardas;/ yo me paso la vida esperando/ y no llega... el otario.../ Yo quisiera tener mucho vento/ pa’ comprarme sombreros, zapatos,/ añaparme algún coso del Centro/ pa’ dejar esta manga de patos”.
Pero no eran sólo las niñas las que corrían peligro ante los deletéreos atractivos del Centro. También los muchachos podían tomar el mal camino de la farra, el juego, la dipsomanía o caer en manos de alguna vampiresa. ¿Qué falta hacía, realmente, si en todo barrio que se preciara había un discreto prostíbulo donde podían desfogarse? En este punto piensa el cronista que esta hipocresía clasemediera era, en realidad, bastante más democrática que la de las familias “patricias”, en las cuales las sirvientitas cumplían las mismas funciones en el patio del fondo o en las habitaciones de las mansardas, práctica que evitaba que los “niños” se contagiasen vaya a saber qué peste... Y sin embargo, el cronista no recuerda letras de tango –seguramente por su tan reprochada impronta machista – en que la amonestación vaya dirigida a algún hombre por haberse descarriado. Quizá Mala entraña, de Celedonio Flores..., pero el protagonista no adquirió sus cualidades negativas al contacto del Centro, sólo es un vulgar compadrito de barrio. En el imaginario del tango el hombre ha corrido vida, ha sufrido decepciones, traiciones y desengaños... pero no es reprochable, repetimos, porque se redime al volver al barrio, a la “casita de los viejos”: “Besos y amores/ amistades, bella farsa/ y rosadas ilusiones/ en el mundo hay a montones...” dice José de la Vega en Madre hay una sola, y Enrique Cadícamo hace lo propio en La casita de mis viejos cuando narra “Vuelvo vencido a la casita de mis viejos,/ cada cosa es un recuerdo que se agita en mi memoria,/ mis veinte abriles me llevaron lejos.../ locuras juveniles, la falta de consejo”.
Piensa en este punto el cronista que estas creaciones del imaginario social vienen, en realidad, de muy lejos. En resumen, suponen la existencia de un ámbito en el que se conservan y respetan los viejos y sanos valores frente otro amenazante y corruptor: el barrio versus el Centro, el campo versus la ciudad. El emperador romano Augusto –que contra lo que muchos manuales enseñan no continuó la obra de Julio César, sino que hizo todo lo contrario, encabezando una verdadera restauración del poder patricio–también consideró que la urbe estaba totalmente corrompida y que la única solución era volver a los antiguos valores y costumbres, por lo que llenó el Senado de hombres provenientes de las provincias, o sea de lo que para Roma era “el campo”, las afueras, lo no-urbano. Y estos imaginarios son tan poderosos y generadores de ideología, que aún hoy se mantienen con buena salud... Como hoy día los barrios son casi tan cosmopolitas como el Centro su mitología ha decaído, pero todavía hay quienes suponen que las provincias, o “el campo” son una especie de reserva moral de la Nación.
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Imagen: "Milongueando", grabado de Susana Delgado, 1996.

12 jun. 2012

"Bar de Cao"



 (De Edgardo Lois)

VERA Y EMOTIVA HISTORIA DE LOS DÍAS DEL ALMACÉN Y DESPACHO DE BEBIDAS "LA ARMONÍA" DE LOS HERMANOS CAO
El jueves 10 de noviembre de 2011 la Legislatura porteña designó al “Bar de Cao” como Sitio de Interés Cultural de la Ciudad de Buenos Aires. Desde Boedo realizó la crónica del acto en su número de diciembre del mismo año. Junto a las personas invitadas a participar del mismo (1), hice mi aporte a la escena como escritor que utiliza, disfruta, agradece, el ambiente del “Bar de Cao” para trabajar en su oficio de contar historias. Ese día hablé de los buenos fantasmas que habitan el bar, dije que en el lugar vive parte de la memoria de Buenos Aires: respira la de ayer mientras los presentes construimos la nuestra; mientras, pienso ahora, tratamos de ponerla en valor para sumarla a la erigida por aquellos que hoy son los buenos fantasmas que, doy fe, habitan el Cao. Mientras hablaba no podía evitar que mi mirada se sintiera atraída por la imagen de una mujer: muy atenta a lo que decía, asintiendo emocionada a lo que afirmaba. Cuando terminé mi corta alocución, y mientras Leonardo Busquet ensayaba las palabras necesarias para la continuidad del acto, la mujer empezó a hablar. Agradeció a las personas presentes, trató de atrapar su emoción para transmitirla. No estaba en la lista de personalidades a anunciar, se presentó sola: Mi nombre es Alicia, soy hija de Pepe Cao. Enseguida pidió disculpas por la intromisión, pero Busquet la invitó a hablar. Alicia se adelantó unos metros y dijo algunas palabras más, pero hubo un gesto, un movimiento, un acto reflejo de la memoria: extendió sus manos hacia un lugar en el piso, casi en el mismo sitio donde estaba el micrófono: Alicia dijo: Nosotras dormíamos acá.
En ese momento supe que esa mujer era la que tendría que haber hablado en el acto y no los convocados, sin duda, con justa razón, pero ninguna del peso de las que podía exhibir Alicia. Terminada la ceremonia me acerqué y le propuse una charla para que contara la historia del almacén y despacho de bebidas de los hermanos Cao.
Llegó el día del encuentro. Sabía que quien se sienta a una mesa en el Cao inicia un juego de truco con el tiempo. Pero esta verdad supo acentuarse cuando no una, sino tres mujeres, historia en mano, ocuparon sus lugares en mi mesa. Es sabido que, si de tiempo se trata, aparece su amiga inseparable, la memoria. A mi mesa se sentaron las tres hijas de José María “Pepe” Cao, uno de los hacedores de este refugio en Buenos Aires. Alicia, Irma y Mirta (Graciela, la otra melliza, estaba de vacaciones) pintaron a coro su relato enmarcado en aroma de bar notable.
Ramón, el mayor de los hermanos Cao, llegó a Buenos Aires cerca de 1920. Venía a abrir camino para los hermanos. Cinco años después arribó Julio. Provenían del norte de Asturias, España, del pueblo San Tirso de Abres: pura montaña y campo. Para ganar el sustento realizaron trabajos varios e inciertos, hasta que cerca de 1925 alquilaron la esquina, construida en 1915, de Matheu e Independencia. Las Cao no guardan certeza: ¿la esquina ya era almacén y despacho de bebidas? ¿Fueron ellos los iniciadores?, quizá, podría ser, porque a Vicente le gustaba mucho la madera noble y estaba orgulloso del elemento madre de las entrañas del boliche. Llevaban un par de años establecidos cuando llegó el citado Vicente, nacido el 9 de mayo de 1907. Había partido hacia Buenos Aires desde el puerto de La Coruña el 15 de diciembre de 1927 en el barco “Mosella”. En un primer momento fue a trabajar a otro lado: el objetivo de los hermanos era que el recién llegado aprendiera todos los detalles del oficio para mejorar el rendimiento del almacén y despacho de bebidas “La Armonía”. Imaginate, ellos venían del campo, de las vacas, escuché en mi mesa. Fue después que se sumó al negocio para convertirse en primera voluntad.
En un comienzo no había división entre los locales, en la época de Perón tuvieron que separar el almacén del bar. La esquina tenía una planta alta donde vivía el dueño, el doctor (posiblemente abogado) Torcuato Tracchia, que alquilaba la planta baja a los Cao. El edificio tenía una entrada por Independencia y otra por Matheu. En la ochava se abría la entrada al almacén, recostado sobre Matheu seguía el bar (para hacer la separación se utilizó la pared de cajones, madera y vidrio al frente, que guardaban la mercadería suelta; mueble-pared que luego sería colocada como continuación de la barra, que es como se la puede apreciar hoy). A continuación del bar había dos habitaciones con ventanas sobre Matheu y cuyas entradas daban a un patio; en ese patio estaba el baño y la cocina, y sobre ellos, en una especie de entrepiso, una habitación pequeña.
Tres hermanos llevaban al frente el negocio, el centro del universo: Ramón, Julio y Vicente. Se turnaban con el descanso, que eran los días jueves y domingos: dos trabajaban mientras el tercero se tomaba un respiro. El almacén cerraba de 13 a 16 hs., el bar estaba siempre abierto. Trabajaron como locos, dijo Mirta. En 1932 se sumó José María, “Pepe”, nacido el 23 de mayo de 1912. También partió del puerto de La Coruña: el 28 de diciembre de 1932 en el barco  Monte Sarmiento. Entonces Ramón, el mayor de los hermanos, volvió a la casa de los padres. Irma consigna: Con la herencia los españoles procedían de la siguiente manera, el mayor de los hijos, que era el que se encargaba de cuidar a los padres, se quedaba con la mayor parte, un setenta por ciento y el resto a repartir entre los hermanos. Ramón vino a abrir camino y después debía volver para cuidar a los padres cuando fueran mayores. Tenemos el testamento de la abuela Genoveva Rodríguez, ella fue la figura fuerte de la familia porque el abuelo José María había muerto joven, en el documento dice que al hermano mayor le queda la mayor parte, pero que los demás hijos siempre podían volver a la casa y que en ella  iban a tener un plato de comida de por vida.
Hubo tres hermanos más en Buenos Aires: Balbino y Jesús, que se dedicaron al negocio del reparto de leche: lecheros, y Basilio, también de oficio lechero, pero con la suerte esquiva: murió muy joven.
Vicente, Julio y Pepe trabajaron muchos años juntos. En 1950 Pepe se casó con Rogelia, la conoció en Buenos Aires, en un baile, ella era de Galicia. Para acontecimientos como este, también para Navidad y otras celebraciones, el bar se cerraba y era sólo para la familia y los amigos. Se puede ver la foto que testimonia el casamiento colgada de una de las paredes del Cao actual.
El bar estaba a cargo de Julio. Vicente y Pepe se ocupaban del almacén. En algún momento sirvieron comidas, hubo puchero, sopa de verdura, el caldo gallego. Junto a la comida aparece un personaje entrañable para las hermanas: la tía Segunda, una persona maravillosa, los ojos se les ilumina con el recuerdo. La tía venía de España, en esos años muchas chicas recién llegadas eran tomadas en casas bien como si fueran hijas, pero en realidad desarrollaban el rol del servicio doméstico. Sucedió que Segunda se cruzó con Balbino durante un reparto de leche. Se casaron, alquilaron en Rincón 1421, y ella pasó a ser la cocinera de “La Armonía”.
Los hermanos, mientras fueron solteros, vivieron en el lugar; siempre fueron muy unidos.
Cuando Pepe y Rogelia se casaron, primero alquilaron en otro lado, pero poco después Vicente y Jesús se mudaron a la piecita de arriba y dejaron libre una habitación, la del fondo. Julio viajó a España en 1952 para visitar a la madre. En ese viaje conoció a Carmen y se casó. En 1953 llegó la pareja y ocupó la habitación contigua al bar.
El negocio se hizo muy conocido por la calidad de los fiambres que vendía. Vicente deshuesaba el jamón, te hacía participar en todo, yo veía esos cuchillitos, lo veía trabajar con tanto amor, era un personaje haciendo todas esas cosas, recuerda Irma.
Alicia agrega detalles: Todas trabajábamos acá, ayudábamos para Navidad, hacíamos los paquetitos con el azúcar, con los moñitos. Se despachaba el kerosene suelto, rallábamos queso, venía la barra de hielo para la heladera. Todo se vendía suelto, y las clientas, muchas, tenían cuenta corriente. Ellas mismas anotaban lo que llevaban en el libro grande del negocio, y lo repetían en sus libretas, me acuerdo de las libretitas de Cinzano, las regalaban, mirá la confianza que había en esos años, la cuenta era mensual. Ayudamos desde chiquitas hasta que nos casamos, si hacía falta te llamaban y tenías que ir.
Irma hace referencia a un momento feliz de su infancia: Yo era la chica más feliz del mundo cuando volvía del colegio y entraba por el negocio, mi tío Vicente me decía vení, vení, y me hacía sentar en el borde de un cajón, esos a los que se les levanta la tapa, me decía, Sentate que vamos a charlar, y te preguntaba del colegio, de tus cosas, así siempre. Después que nos casamos, igual, te llamaba y te daba consejos, y te hablaba de España. Para nosotras fue una gran emoción viajar y conocer el lugar donde ellos nacieron, y hacerlo con papá y mamá, porque nosotros estuvimos siempre escuchando esas historias, eran como un cuento, y de repente en ese pueblo nos cerraron muchas cosas sobre cómo eran, cómo nos criaron, cómo eran los abuelos.
Mi papá era el que hacía el reparto afuera –Alicia–, llevaba la canasta repleta y yo lo acompañaba a muchas casas. Recuerdo que íbamos mucho a una casa en Saavedra y San Juan, a mí me gustaba porque había chicos y porque de vuelta nos daban los diarios y las revistas que compraban, Patoruzú, La pequeña Lulú, me las devoraba.
Las comodidades de vivienda cambiaron cuando los hermanos Cao compraron en 1959 las dos plantas de la esquina. Pepe, Rogelia y las cuatro nenas se mudaron a la planta alta junto a Julio y Carmen. Vicente y Jesús ocuparon la habitación dejada por Julio, y la que había sido de Pepe pasó a ser depósito. La tía Segunda cocinaba abajo el infaltable caldo gallego para todos los varones, incluidos los lecheros. Los Cao siempre comieron juntos. Rogelia almorzaba la mayoría de las veces arriba con las hijas. La comida española era tradición, los Cao repetían, hasta donde podían, la vida de España. Esa misma comida era la que servían a la gente.
Mirta recuerda: Se juntaban a hablar de España, del río, de las truchas, historias de infancia, era todo muy diferente a la vida en la ciudad. Los trajo la amenaza de la guerra, la primera guerra estaba cercana en el recuerdo, los trajo el miedo y la existencia del servicio militar obligatorio, todos vinieron cuando llegaban a la edad de entrar en el ejército. No los trajo la miseria, ellos vinieron de traje. Si pasaron hambre fue acá, hasta que se establecieron, no en España. Eran apolíticos. Vicente siempre me decía: En la calle, ver, oír y callar. Ese cuidado lo traían de España.
Todos los hermanos enviaron dinero a la madre para que hiciera una casa nueva. Nunca le debieron nada a nadie. En el barrio se sabía, todo el que entraba a pedir comida se llevaba un sánguche. Para los  trabajadores preparaban unos sánguches impresionantes: No sé qué podían ganar en el intercambio, porque ellos pensaban que al que trabajaba había que darle bien de comer, la comida siempre fue importante, cuentan las hermanas y consignan un dato: El dinero para nuestro estudio salía del negocio. Éramos las hijas de todos. Brillaron los ojos de Irma cuando definió una imagen: Hablaba con Vicente, antes de subir comía un poco de jamón crudo y agarraba un pedacito del centro del queso de rallar.
En abril de 1999 murió Vicente Cao, y sucedió que Pepe perdió la magia. Las Cao afirman: Vicente vivió para nosotras. No formó familia. Era cinco años mayor que Pepe. Era primitivo, noble y bueno. Vicente había sido para Pepe un guía, un padre, el amigo, el protector, el segundo padre de sus hijas.
Pepe siguió al frente del negocio un tiempo más: se sentaba en un banquito en la puerta que comunicaba el almacén con el bar, desde ahí vigilaba las puertas. Mirta entrega la primera fecha para un final: Tenemos la foto donde papá esta cerrando por última vez la persiana del negocio, fue el 4 de octubre de 1999, o sea, seis meses después del fallecimiento de Vicente.
Luego del cierre Pepe y Rogelia hicieron un viaje a España. Siempre insistí para que fueran al pueblo, pero a ellos les costaba mucho, tenían que cuidar el trabajo, agrega Alicia. En España Pepe tuvo problemas de salud, por lo que dos de sus hijas, Irma y Mirta, viajaron para acompañarlos en el regreso. Es ahí donde ellas tuvieron la oportunidad de conocer el pueblo junto a ellos. Alicia había conocido San Tirso de Abres en 1975 durante su viaje de bodas. Al regreso, el matrimonio vivió en la planta alta, donde habían vivido mucho tiempo junto a Vicente. En soledad, las hijas se habían casado, Pepe fue perdiendo fuerzas, se fue apagando.
Pepe Cao falleció 14 abril de 2002. A su muerte el lugar ya era bar notable de la ciudad de Buenos Aires, estuvo entre los primeros quince nombramientos.
Los Cao compraron unos terrenos en Tortuguitas y allí tuvieron huerta, árboles, como en España. Las hijas de la familia se iban los tres meses de las vacaciones a la casa del campo; los jueves y los domingos, los días posibles para el franco, iba el que le tocaba. La visita llevaba los fiambres del almacén. En un campo vecino había vacas, viajábamos en tren, había bomba para el agua y farol para la noche, nos encantaba, recuerda Alicia.
Las hermanas Cao pintan el paisaje cercano al negocio, la voz, una sola: Recuerdo el tranvía 48, la tintorería de Arturo, la señora de la zapatería y mercería, la Turca; el doctor de niños, Puglisi; la casa de fotos, la carnicería de Mingo, la peluquería de don José, la lechería de Matheu y Estados Unidos, vendían helados, y atendía Manuela, la esposa del vasco.
En las hermanas se formó un compromiso con la memoria, como lo tuvieron sus padres y tíos con España (A Pepe le encantaba ir al puerto a ver los barcos, iba conmigo, dijo Alicia), por eso siempre quisieron que la esquina se conservara con la mayor fidelidad posible al original. 
Luego de la muerte de Pepe el boliche estuvo un tiempo cerrado. Después apareció Néstor Rosales con dos socios, administró el negocio de 2001 a 2003. Era vecino, conocía el lugar y a los Cao. Se hicieron algunas remodelaciones, pero siempre respetando el original. Fue Rosales quien corrió las estanterías con los cajones para la mercadería suelta que dividían el almacén del bar (hoy están como continuación de la barra), y tiró abajo la pared que separaba las dos habitaciones que ayer fueran vivienda de Pepe y Julio: en ese nuevo salón hizo muestras fotográficas. Pero la sociedad tuvo problemas internos, y se alejaron del negocio.
De 2003 a 2004 trabajó el lugar Jorge Mehaudi, nacido en Mercedes, pero no le encontró la vuelta, estuvo más cerrado que abierto.
Entre finales de 2004 y principios de 2005 se hizo cargo del bar Pablo Durán, que con experiencia en la cuestión, ya tenía la responsabilidad del funcionamiento de bares notables como el “Margot” en Boedo y “El Federal” en San Telmo, no tuvo problemas en enderezar el negocio. Pablo Durán tomó el Cao y fue quien derribó la pared que separaba el bar del espacio que habían ocupado las habitaciones de los dueños de casa que luego se habían transformado en la sala de exposición de Rosales. De esta manera el Cao adquirió la profundidad que hoy presenta.
Desde mis primeras visitas vi en el lugar el dibujo de un barco. La nao dispone de tres mástiles ubicados sobre la barra, mástiles que llegan hasta su cielo. Digo que la nao está siempre en viaje, en tránsito, y habitada por fantasmas de buena gente, gente de trabajo: una razón más, ahora que sé la historia, para caminar unas cuadras hasta el café y encontrarme con mi mesa, sobre Matheu, cerca de la ochava, para sencillamente sentarme a trabajar, tratando, ante todo, de encontrar cada vez la felicidad por la tarea realizada.
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Nota:
(1) Del acto participaron el diputado Julián D’Angelo –impulsor de la iniciativa–, Leonardo Busquet –autor del proyecto y coordinador cultural del grupo “Los Notables” –, Laura Carro y Pablo Durán –responsables del establecimiento–,  Horacio Spinetto –en nombre de la Comisión de Cafés Notables–, la cantante Marikena Monti –madrina del café “La Poesía”–  el bandoneonista Mariano Dubiansky.

Imagen: Bar de Cao, acrílico de Rolando Lois.
Nota e ilustración fueron tomadas del periódico Desde Boedo, junio de 2012.

11 jun. 2012

Definitiva Buenos Aires

      
(De Luis Alposta

A veces me pregunto
cómo sería esta ciudad
sin sus poetas.
Cómo sería Buenos Aires
de no haber existido el tango.
Y entonces la imagino
como a una melancólica cuarentona
a quien se le ha negado todo,
hasta el abrazo de ese río sin orillas
que no la cruza por ninguna parte.
Pero en la magia de su poesía
está su suerte.
Porque es la que le da frescura,
la que la viste con dignidad,
la que le reinventa un río d'argento
y nos la devuelve transformada
en la Reina del Plata.
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Fotografía: Monumento Canto al Trabajo de Rogelio Yrurtia,  en su primitivo emplazamiento en Plaza Dorrego.

10 jun. 2012

Caloi



(De Néstor Gustavo Giunta)

Carlos Loiseau (alias "Caloi") nació en Salta, Argentina, el 9 de noviembre de 1948, pero fue criado en Adrogué, provincia de Buenos Aires. Publicó ininterrumpidamente desde sus comienzos en la revista “Tía Vicenta”, en 1966, hasta el momento de su muerte, ocurrida el 8 de mayo de 2012, a la edad de 63 años. Desde 1967 publicó en “María Belen” su serie Artista, Flor, Ejecutivo. Sus dibujos aparecieron luego en “Adán”, “La Hipotenusa”, “Panorama”, “Tío Landrú”, “Siete Días”, “La Bella Gente”, “Cronopios”, “Atlántida”, “Satiricón”, “Mengano”, “La Jeringa”,   “Primera Plana”, “Semana Gráfica”, etc. Fue dibujante de las secciones humorística y política de la revista “Análisis” de 1968 a 1971. Realizó, en 1970, Las invasiones inglesas, cortometraje cinematográfico de dibujos. Desde 1968 fue dibujante de distintas secciones del diario “Clarín”, principalmente con su sección libre Caloidoscopio, y con las tiras de Clemente. Entre 1976 y 1982 publicó una página semanal de humor sobre temas deportivos en la revista “El Gráfico”. Algunos de sus dibujos fueron (y son) reproducidos en otros países. Ha realizado numerosas exposiciones individuales y colectivas, charlas y conferencias. Varios museos exhiben sus originales y reproducciones en forma permanente.
Realizó una muestra retrospectiva de su obra, denominada “20 años no es nada” en el Centro Cultural Ciudad de Buenos Aires (Recoleta) en 1987, visitada por 110.000 personas. En el mismo centro también realizó en 1999 una “muestra de originales a color”, publicados en la revista “Viva” desde 1994 a 1999. Fue jurado en el concurso de dibujos infantiles del Banco Mercantil Argentino (1987); en el concurso de humor y caricatura del diario “Clarín”; en el primer festival mundial de humor gráfico de Calarcá (Colombia, 1989), etc. Fue el creador y conductor del ciclo de televisión Caloi en su tinta (en ATC desde 1990 a 1999, y posteriormente en el cable hasta 2008), programa dedicado a la divulgación de cortometrajes artísticos de animación, historietas, humor, diseño gráfico, ilustración y artes plásticas en general. En 2000 realizó una importante muestra en el Centro Cultural de Almirante Brown y, en 2004, en el Palais de Glace (en la Ciudad de Buenos Aires). En el año 2004 fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura por la Legislatura de la Ciudad y, 5 años después, la Legislatura porteña lo nombró Ciudadano Ilustre de Buenos Aires. “Yo he sido un dibujante nato y neto: estoy dibujando desde el momento en que prácticamente un chico puede alzar un lápiz”, Humor y la Historieta de Córdoba, dos veces con el Premio Konex de las artes plásticas, y con el Datero D’Argento, en Italia.
Poco antes de su muerte, en mayo de 2012, se estrenó Ánima Buenos Aires, un largometraje animado integrado por cuatro episodios, producido por Caloi y María Verónica Ramírez, dirigido por esta última, y con guiones y dibujos de ambos, además de Carlos Nine, Pablo y Florencia Favre y Pablo Rodríguez Jáuregui.

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Imagen: Caloi y su personaje estrella: Clemente. (Foto: "Después de Hora")
Material tomado de la página Todo Historietas  (http://www.todohistorietas.com.ar).

9 jun. 2012

Carlos Guido y Spano



(De Enrique Espina Rawson)
 
Carlos Guido y Spano (1827-1918) fue durante muchísimos años para la Argentina, y primero y fundamentalmente para Buenos Aires, la encarnación misma de la poesía.
Su misma vida, errante y aventurera, plagada de viajes y de circunstancias azarosas, alimentaba su leyenda. Hijo del general Tomás Guido, prócer de la Independencia y confidente de San Martín, transcurrió gran parte de su juventud en Brasil (su padre fue allí embajador de nuestro país muchos años) y en Europa.
Su primer viaje al viejo mundo tuvo una causa dolorosa: su hermano Daniel se encontraba enfermo en París. No tuvo ocasión de verlo; falleció antes de su arribo, y debió ocuparse de los penosos trámites de la repatriación de los restos.
Su vida juvenil tuvo ribetes azarosos, ya que participó activamente en las convulsionadas reyertas políticas de la época, debiendo marchar al exilio en más de una ocasión.
Ocupó distintos cargos de importancia en varios gobiernos, subsecretario de Relaciones Exteriores, director del Archivo Nacional, etc., lo que no le impidió asumir comprometidas posiciones políticas, como cuando, durante el gobierno de Mitre se opuso firmemente a la guerra de la Triple Alianza.
De allí surgió “Nenia”, (“Llora, llora, urutaú/ en las ramas del yatay/ ya no existe el Paraguay/ donde nací como tú”…) poema recitado hasta la extenuación en los salones porteños, a despecho que los críticos consignaran con inútil minucia que los urutaúes no lloran, y que el yatay es un tipo de palma que no tiene ramas.
Durante la fiebre amarilla que asoló Buenos Aires en 1871, Guido y Spano fue uno de los héroes que integró las comisiones de socorro en la ciudad, afrontando sin desmayo las extenuantes y peligrosas tareas de asistir a los enfermos, disponer desalojos y encargarse del transporte de cadáveres a la recién inaugurada necrópolis de la Chacarita.
Pagó un alto precio por su solidaridad, ya que en la epidemia falleció su esposa, una de las sobrinas del general Lavalle. Da también prueba de  su preocupación por el sufrimiento de los indefensos, la concreción de una iniciativa suya plasmada en la creación de la Sociedad Protectora de Animales.
Esta benemérita entidad, era tomada en broma por los periódicos, y sus integrantes, que luchaban contra los inhumanos castigos a los caballos y denunciaban en la policía las riñas de gallos, eran ridiculizados ante el público.
Pero por sobre todas las cosas, Carlos Guido y Spano –y estos versos lo prueban por si solos– fue uno de los pocos poetas argentinos que alcanzó la gloria del anonimato. No obstante, con o sin justicia, el grueso de su obra sucumbió finalmente al paso del tiempo.
En sus últimos años gozó de una inmensa fama, quizás acrecentada por el hecho que se recluyó hasta sus últimos días en su cama sin padecer, aparentemente, ninguna enfermedad. En su dormitorio recibía las delegaciones que concurrían a homenajearlo con medallas y pergaminos, y hasta los alumnos de las escuelas porteñas se hacían presentes alrededor de su lecho, como ante un monumento, para cantar el Himno y entregarle ramos de flores.
En fotografías de alguna celebración patria aparece con imponente melena y barba blanca, como un Walt Whitman vernáculo, enfundado en su blanco camisón, entre almohadones blancos y sábanas blancas, rodeado por azorados niños de blancos delantales.
Buenos Aires recordó insistentemente por décadas, como una especie de himno doméstico, el comienzo y final de sus “Trovas”, que encierran en su jactancioso fatalismo, no lo que somos, por cierto, pero sí lo que alguna vez fuimos:
“He nacido en Buenos Aires/ no me importan los desaires/ con que me trate la suerte/ ¡Argentino hasta la muerte/ he nacido en Buenos Aires”.
En todo el país colegios y bibliotecas recuerdan con justicia su nombre.
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Imagen: Caricatura del poeta Carlos Guido y Spano aparecida en una revista de la época.
Material tomado del sitio: Fervor x Buenos Aires.

6 jun. 2012

Vuelo de asfalto


 (De Inés Tropea)
 
 Continúo buscando por las calles
la llave de esta jaula de cornisas,
y tengo que encontrarme con los otros
que están en algún lado del asfalto,
en alguna estación de la caricia.

 Suicida del asombro en las veredas,
trepado a los balcones de la brisa,
va mi porción de pájaro que sueña
con un cielo empedrado de adoquines
y paredes de viento en las banquinas.

 Tal vez en el baldío de los barrios
se murió el rascacielos de la risa.
Quizá  quedó la seña de los sueños
en cada barrilete que colea
asomado a la piel de las esquinas.

Por eso voy buscando por las calles
la llave de esta jaula de cornisas.
Y tengo que encontrarme con los otros
que están en algún lado del asfalto,
en alguna estación de la caricia.
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Imagen: Buenos Aires desde el río

1 jun. 2012

Héctor Pedro Blomberg, el poeta del puerto


 (De Raúl González Tuñón)

Cuando en la Boca del Riachuelo y en el Paseo de Julio –antes la Batería, hoy avenida Leandro N. Alem – había muchos y más típicos boliches y tabernas de marineros de todos los mares, y bares de camareras y especies de music-hall, todos con nombres extraños, evocadores de lejanos y misteriosos países… Algunos de esos lugares típicos, personajes del puerto, soñadores y vagabundos, inspiraron poemas que integraron los libros escritos por aquellos años, dignos del recuerdo, por Héctor Pedro Blomberg: “Bajo la Cruz del Sur”, “A la deriva”, poemas porteños, junto a otra serie de cantos de  clima foráneo, inspirados por puertos de todo el mundo desde el Cabo a Singapur, desde Bombay a San Francisco… Héctor Pedro Blomberg, pues, es quien introduce en la poética nacional el tema portuario, de nuestro puerto, de otros puertos, del mar.
No solamente eso; al mismo tiempo componía sus “Cantos navales argentinos”, con evocaciones nostálgicas, y cantos a Brown, Espora, Azopardo, Buchardo y figuras como la Novia del Capitán, Elisa Brown, la suicida hija del almirante.
Y, años más tarde, Blomberg abandonó esos temas para siempre, convirtiéndose en autor de canciones, en colaboración con el compositor y guitarrista Maciel, algunas muy populares todavía, como “La pulpera de Santa Lucía”.
El puerto perdió a su poeta. Lo atrajeron los hálitos trágico-románticos de la época de Rosas, la pugna entre federales y unitarios, la “plebe rosina”, como la llamara Borges, la Mazorquera de Monserrat, el mito novelesco de Manuelita Rosas, el rumor de las guitarras en “el patio que olía a diamela y la reja que olía a jazmines”. Allí, en la pulpería del barrio: “Era rubia y sus ojos celestes/  reflejaban la gloria del día/ y cantaba como una calandria/ la pulpera de Santa Lucía…”
Un payador de Lavalle huyó con la pulpera y entonces las trompas de Rosas no volvieron a cantar en el patio vacío “la doliente y postrer serenata que llevábase el viento del río”. Antes habían suspirado por la hermosa, las guitarras de cuatro cuarteles… Y el éxito de esta canción le hizo escribir otras, siempre para la música entradora, de penetrante melodía del “Negro” Maciel.
En la época en que Blomberg escribía poemas de áspero realismo, como los del Bajo –viejo Paseo de Julio–, alternándolos con baladas que trascendían delicada ternura, amarga nostalgia, como “En el bar de la australiana” o la conmovedora elegía al marinero argentino muerto en tierras extrañas, el poeta se reunía, muchas veces, al anochecer, en el despacho de  bebidas del almacén de Salta y Victoria, con amigos como Enrique Richard Lavalle, Carlos de la Púa, Enrique González Tuñón y otros. A eso de las diez  solían encaminarse hacia el “Re dei Vini”, cantina italiana del hotel del mismo nombre, donde funcionaba la peña El Infundio, que dirigía Richard Lavalle; una tertulia con algo de la vieja bohemia despreocupada y sedienta (el mismo Richard Lavalle usaba aún sombrero alón y corbata La Vallière)… Como había que andar muchas cuadras, hacían un alto a mitad del camino al “Re dei Vini”, en cierto boliche al cual Blomberg llamaba “El descanso del Peregrino”.
Fue en ese “Re dei Vini” que ya no existe –allá en Córdoba y el entonces Paseo de Julio – donde los jóvenes “martinfierristas” organizaron una comida en homenaje a Pettoruti,
quien por entonces –fines de 1924 o comienzos del 25– había alborotado el ambiente artístico con su primera exposición de pinturas de vanguardia. Es digno de señalarse este hecho: entre los asistentes a esa comida figuraban José Ingenieros –desaparecido poco después–, siempre alentador de las empresas juveniles.
Dos Buenos Aires, pues, se mezclaron en las obras de Héctor Pedro Blomberg., el de entonces, el de “New Croos, Bar de Camareras”, el de las musicantas del Bajo, el del puerto abigarrado y pintoresco, laborioso y tabernario, sombrío y luminoso, cuando los pescaditos se freían en la calle y había títeres en la calle Colorado (1) y músicos ambulantes en las plazuelas cercanas a los muelles, y el Buenos Aires del candombe y el  vals, el de las viejas casonas y las callejuelas tortuosas y los hondos corralones… “La calle donde mataron a Ivonne” había quedado lejos; el poeta transitaba ahora una calle espectral, que daba al río, una calle del pasado terrible y poético, con ventanas con rejas en San Telmo y antiguos candiles en Montserrat.
Cuando Blomberg era el poeta del puerto, empezó a salir La Novela Semanal. Años después fundaron la SADAIC y don Héctor fue uno de sus socios; ya escribía letras de canciones exitosas, cuyo suceso compartía con su amigo, el popular y notable “Negro” Maciel.
¿En qué “Reposo del Peregrino” divagará ahora esa singular, querida y familiar figura porteña que fue Héctor Pedro Blomberg?
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(1) Actualmente Agustín R. Caffarena ( N. de la Red.)

Foto: Héctor Pedro Blomberg.
Tomado del libro de R.G,T.: La literatura resplandeciente, Edit. Boedo-Silbalba, Bs. As., 1976.