20 nov. 2014

Butteler, un pasaje porteño que conserva la fisonomía de ayer


(De  Willy G. Boullion)
  
No posee la belleza de los céntricos De la Piedad o Rivarola, pero el pasaje Butteler, enmarcado entre la avenida La Plata y las calles Cobo, Senillosa y Zelarrayán, en el límite de Parque Chacabuco y Boedo, exhibe características únicas entre las 40 configuraciones barriales de este tipo existentes en el radio capitalino. Parece haber sido concebido por Kafka y Borges, por lo que tiene de laberíntico y conjetural.
"Es un lugar tranquilo. Tal vez es lo mejor que tenemos, ya que si hablamos de progreso, éste es casi nulo. Sólo se remodeló la plaza, hace un par de años, y fueron recicladas algunas viviendas. Haría falta una renovación del vecindario, gente joven. Los más antiguos fallecen y van quedando sus hijos, que también ya son grandes", dice Felipe Devitta. Con sus 91 años, es la persona de mayor edad del pasaje. Hace 50 que vive allí. "Antes ocupaba una casa a unas cuadras de aquí; siempre viví en la zona", señala.
El pasaje Butteler es en realidad una manzana -de no más de 70 casas, la mayoría bajas y algunas que conservan la fisonomía del pasado-, pero de sólo dos calles en diagonal que forman una equis, de modo que aquéllas se convierten en cuatro callejuelas, todas con el mismo nombre, Azucena Butteler, según una ordenanza que data de 1911, poco después de su inauguración.
Explicar la numeración de las viviendas, unas 70, es un verdadero desafío. Veamos: progresan linealmente, en sentido contrario al de las agujas del reloj, desde la esquina de avenida La Plata y Zelarrayán, del 0 al 98, pero sólo se ven estos números en las casas situadas a la derecha.
Al llegar a Zelarrayán y Senillosa, después de haber transitado por los dos primeros brazos de la equis, la numeración recomienza en la vereda opuesta y en sentido inverso, con los impares, por lo cual el 5 puede quedar enfrente del 88. El recorrido completo, pues, termina dando la dislocante sensación de que el pasaje se inicia y finaliza en el mismo lugar.
Es también el único pasaje con plazoleta. El pequeño paseo de forma rectangular y con juegos infantiles se llamó originalmente Butteler, pero fue rebautizado Enrique Santos Discépolo en 1972. En su centro hay un busto del autor de "Cambalache", emplazado en 1982, obra del artista Domingo Páez Torres. Poco después de su inauguración, el vandalismo hizo de las suyas, por lo que debió ser retirado para restaurarlo y vuelto a colocar al año siguiente. Hoy muestra señales de nuevos ataques.
El presidente de la Junta de Estudios Históricos de Parque Chacabuco, Mauro Fernández, responsable de la edición de un cuadernillo en el que se cuentan el origen y la trayectoria de los "minibarrios" Cafferata, Emilio Mitre y Butteler, explica que este último se empezó a consolidar a partir de la aceptación por la municipalidad de Buenos Aires, en 1907, de una extensa quinta donada por Azucena Butteler, perteneciente a una familia de hacendados, para la construcción allí de casas destinadas a obreros de la zona.

LA PIEDRA FUNDAMENTAL
El 15 de diciembre de ese año se colocó la piedra fundamental, en un acto apadrinado por el presidente José Figueroa Alcorta y del que participaron, entre otros, Carlos Saavedra Lamas, Carlos Thays, Ramón Falcón y Alfredo Palacios.
"Por sus características, callecitas adoquinadas y veredas de 1,60 metros, a las que para estacionar debe subirse medio auto, el pasaje ha sido utilizado muchas veces por el cine, y más recientemente para telenovelas. En 1959 se filmó allí «Culpable», película protagonizada y dirigida por Hugo del Carril", recuerda Fernández.
En los primeros años de la década del 30, eran comunes en el pasaje los concursos de disfraces, y también se hicieron famosas sus fogatas de San Pedro y San Pablo. Entre los visitantes asiduos de aquellos años figuran Carlos Gardel, los actores Santiago Arrieta y Marisa Zinni y, sobre todo, Discépolo, al que era común verlo mateando en la calle con un residente amigo, razón por la cual fue propuesto y se aceptó denominar con su nombre a la que Germinal Nogués llamaba "la placita escondida".
Fernández desestima la veracidad de una versión que atribuye al pasaje haber sido "un reducto casi privado de la barra brava de San Lorenzo". Conjetura que eso surgió porque en un tiempo vivió allí un hincha fanático que pintó todo el frente de su casa con los colores de los “cuervos”. Así todavía está la fachada; también luce un mensaje, "¡Aguante Sanlo!", como una convocatoria a resistir todo hasta el fin de los tiempos. "La hinchada se reunía en una pizzería llamada ‘Miguelito’, que estaba en Viel y Cobo", aclara otro vecino, que sólo se identifica como Pablo. "A veces iba también el ‘enemigo’, o sea, los de Huracán. Y entonces había lío", agrega.
En realidad, resulta impensable el ajetreo -menos el futbolero- en el Butteler. Da la impresión de que su intimidad y su sosiego son invulnerables. Cuando pasamos de regreso por la plaza, se ve una hamaca yendo y viniendo, sola, recién abandonada por un niño. Eso parece todo lo que ocurre.
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Imagen: Plazoleta en el centro del pasaje, primero sin nombre, luego llamada Butteler y actualmente Enrique Santos Discépolo. (Foto Archivo General de la Nación).
Nota tomada  del diario “La Nación”.