25 sept. 2012

Carlos de la Púa, el popular




 (De Raúl González Tuñón)
 
A fines de 1954, cuando –desaparecido ya el poeta–  vio la luz una tardía segunda edición  de La crencha engrasada, único libro de Carlos Raúl Muñoz (Carlos de la Púa,  “el Malevo”, en el dialecto de la amistad), puede decirse que su singular poemario era ya una curiosidad bibliográfica; además, había adquirido con los años validez documental (de la jerga popular, digamos del lunfardo, de nuestro caló, siempre cambiante, van quedando las palabras más expresivas –como quedó la palabra atorrante– ; las demás se pierden).

UN LIBRO IMPAR DE LA POÉTICA PORTEÑA
Al aparecer esa segunda edición, eran muchos los que ignoraban hasta el nombre de Carlos de la Púa. Es claro que sus amigos y compañeros de la vida periodística no lo habían olvidado. Para ellos, ese gran poeta era el “malevo Muñoz”, que no tenía nada de malevo, pero que se conocía el “naipe” de los llamados bajos fondos como nadie y a todos los tipos y cosas de todos los barrios, desde los boliches de la cortada Carabelas por él cantados, hasta puente Alsina, que también mereció un poema suyo.
Él incorporó una serie de palabras de la jerga popular a la poética argentina. (A Unamuno, por ejemplo, le hubiera interesado más esto que los elementos folklóricos de fácil comunicación musical y pintoresquista de la poesía al estilo de Nicolás Guillén o Jijena Sánchez.). Algunas eran palabras usadas por todos, prácticamente; muchas tienen que ver con la jerga callejera infantil –cachusa, ainenti, billarda, gataparida–; la mayoría estaba en boca de canillita, carreros y sobre todo “compadritos” sobrevivientes de los viejos boliches suburbanos; y otras tenían resabios de vida “cadenera”, origen carcelario.
Sabía de memoria los mejores poemas de Darío, el innovador –no el de la princesita–. y mucho de la instrumentación de su poética tiene que ver con el vuelo lírico rubeniano en la forma. Hay dos aspectos en este libro impar que es La crencha engrasada: señalan, el uno, poemas decididamente lunfardos, como “Línea 9”, o con elementos de lunfardía, auténticos, no postizos; y el otro, una tónica de estirpe carrieguista, y aun de más intenso contenido social, como “Los bueyes”, vigorosa estampa que empieza así: “Vinieron de Italia, tenían veinte años,/ con un bagayito por toda fortuna/ y sin aliviadas, entre desengaños,/  llegaron a viejos sin ventaja alguna./ Mas nunca a sus labios los abrió un reproche./ Siempre consecuentes, siempre laburando/  pasaron los días, pasaban las noches,/ el viejo en la fragua, la vieja lavando.”
Y hay dentro de esas dos maneras poemas decididamente antológicos, que configuraron una voz nueva en la poética porteña, como “Barrio Once” (el barrio donde nació Carlos de la Púa), ese ya clásico “Hermano chorro”, “El vago Amargura” (“Mandando a bodega su troli de vino/ junto con la mugre de un bar mishiadura / está siempre escabio el vago Amargura/ que en tiempos pasados fue un gran malandrino”), “Fabriquera”, “Puente Alsina”, la exaltación del tango “El entrerriano”, y otros.

PEQUEÑA HISTORIA
“La crencha engrasada” apareció en 1928, con carátula alusiva de Silva y expresivas ilustraciones de Raúl Mazza, Billiken Muñiz  y Zamora, y esta dedicatoria: “El poeta dedica este libro a todos los canillitas de Buenos Aires y con especial devoción a la figura histórica de El Diente, don Eduardo Dughera”… Valga la hipérbole; El Diente era el popular jefe de la reventa de la vieja “Crítica”, cuyos redactores eran entonces casi todos poetas, y entre ellos figuraba el querido e inolvidable “Malevo”. La segunda parte de libro, “Los laburantes”, está dedicada a tres poetas de Buenos Aires: Nicolás Olivari, Raúl González Tuñón y Jorge Luis Borges… Porque eso sí, nadie podrá negar el gran cariño que tenían a su ciudad los poetas del movimiento martinfierrista, al cual pertenecía el autor de “La crencha engrasada”. Y por cierto que fue El Diente quien pagó la edición del libro, que vendió casi exclusivamente don Constantino Caló, también hoy desaparecido, como había desaparecido su extraordinaria, amontonada, polvorienta librería “La Incógnita”, de Sarmiento al 1400…
Los parroquianos de “El Puchero Misterioso”, inverosímil fonda, trastienda de un viejo almacén que funcionaba en Cangallo y Talcahuano, sabían de memoria muchos poemas de Carlos de la Púa: eran canillitas, cocheros, obreros en su mayoría; había entre ellos un dibujante ambulante…
Entonces algunos poetas cultos subestimaban la poesía del “Malevo”, que sin duda vencerá los tiempos y los mitos.
Ahora, quién sabe dónde, en algún lugar de allá arriba o de la vereda de enfrente, Carlos Muñoz, Carlos de la Púa, estará recitando sus versos a Carlitos Gardel, Celedonio Flores, Diógenes Taborda, Enrique González Tuñón, Luis Cané, que fueron sus amigos.
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Foto: Carlos de la Púa.
Tomado de La literatura resplandeciente, de R. G. T., editorial Boedo-Silbalba, Bs. As, 1976.