31 ago. 2010

Boedo: literatura y símbolo


(De Carlos Penelas)

Desde lo cotidiano vamos viendo una simbología que nos acerca a zonas íntimas, a zonas interiores. El hombre actual, escribió Orson Welles, sólo está reelaborando todo el patrimonio cultural anterior. Eso lo dijo en un momento determinado, en una circunstancia cultural y social donde se pensaba que era así. Y en el fondo es una realidad, es una verdad. Sucede que en estos tiempos todo pasa por la industria cultural, una degradación aguda de lo ideológico, de lo formativo.
Si alguien desea saber qué representa en mí Piñeiro, de inmediato contestaría: el arrabal, el suburbio, las calesitas en los terrenos baldíos, la cancha de Independiente, el rango en el veredón. Y una esquina donde los muchachos eran mito. Nosotros, niños, los admirábamos y les teníamos recelo.
Si me preguntan qué significa para mí Boedo, respondería: una parte de la cultura en la cual me formé. Por supuesto que con el tiempo el profesorado en Letras Mariano Acosta, la búsqueda y el encuentro con otros textos fueron recreando una mirada, una visión más amplia. Pero Boedo representó en mi juventud el descubrimiento de lo social. Se percibía en ese apellido (de origen gallego) la expresión del mundo del trabajo. Las reivindicaciones sociales que tanto deseábamos, que tanto soñábamos. La revista Los pensadores y luego Claridad fueron testimonios en los primeros años de la década del veinte. Se hablaba de luchas sociales, se leían textos comunistas, socialistas o anarquistas. Con el tiempo descubrimos fisuras y hasta cierta cuota de simplificación en ellos. Pero el instinto de rebeldía, de insurrección siempre siguió firme. Ese es el espíritu que me sigue entusiasmando. Era una literatura de signo social. Como lo eran sus pintores y sus artistas plásticos. Dos nombres: Adolfo Bellocq y Abraham Vigo.
Tuve la suerte de conocer a varios de ellos. Y la emoción, por los años setenta, fue mayúscula. Con la aparición de mi primer libro me escribió Elías Castelnuovo. Luego Leónidas Barletta, Alvaro Yunque, César Tiempo. Esos eran los escritores que marcaban un camino, los que anhelaba conocer. Junto a ellos leía los poemas de Gustavo Riccio y Nicolás Olivari -me introdujo en sus obras Aristóbulo Echegaray- y los inolvidables cuentos de Roberto Mariani.
Hoy se ha perdido esa intensidad literaria, ese espíritu donde lo literario y lo ético, donde el poema y la revolución, iban de la mano. Y se perdió, además, la devoción por conocer a escritores de prestigio, seres alejados del sensacionalismo, de la promoción, de la frivolidad. Porque automáticamente al leer, al vincularse con estos autores, con estos hombres, la referencia era clara. Aparecían Gorki y Dostoiesvsky. El universo era inmenso, formidable. Nuestra imaginación crecía de la mano de estos seres, que nos llevaban al cine de Eisenstein y al neorrealismo italiano. Y por supuesto a la Guerra Civil Española, a León Felipe, a Miguel Hernández, a Federico García Lorca, a Pablo Neruda, a César Vallejo…
Ese era el camino, el sendero que Boedo nos indicaba. Quien no lo entienda así no termina de comprender un movimiento, una actitud, una forma de combatir al capitalismo. Aparecían Barbusse, France, Rolland. Y sin duda el teatro de Ibsen, de Pirandello, de Miller. Uno se cansa de comentar en conferencias o en clases la importancia vital de Boedo, su significado profundo. No se trata de abrir una nueva e inútil polémica entre dos grupos literarios o dos corrientes. Intento decir lo que representaba para muchos de nosotros esa forma de ver la creación, esa manera de militancia cultural. Porque junto a ellos venían Payró, Ghiraldo, Barret. Muchos jóvenes de mi generación a partir de estos seres descubrieron el teatro independiente: Pedro Asquini, Alejandra Boero, Onofre Lovero. Muchos pudieron saber de Diderot, Voltaire, Mirabeau, Rousseau, Condorcet. Una lectura crítica de la sociedad, una lectura política, una lectura comprometida con los desheredados. Sin populismo, con sentido pedagógico si se quiere. La función del escritor era la profundización de la lucha de clases, el compromiso con la clase trabajadora. Una visión internacionalista, solidaria, fraternal. Eran los años en que hablábamos de la burguesía y del proletariado.
Tal vez resulte utópico o infantil ciertas declaraciones o determinadas obras. Es posible que muchas de ellas no tuvieran una verdadera mirada estética. Y que muchas fueron producto de una burocracia literaria. Es muy posible. Pero el espíritu, el clima, el tono en contra de la opresión, la injusticia y la desigualdad fue un ejemplo. Porque más allá de ciertas proclamas o manifiestos, generaron pasión y sueño. El grupo de Boedo produjo una vindicación y una mística. Lucharon contra lo infame, contra la humillación. Buscaban, además, en cada página, sinceridad. No hay que olvidar que estaban rodeados de polvo, de callejones, de conventillos. De comités, de compadritos, de pesquisas. De doctorcitos iletrados. En esa época no se veían otras posibilidades que el catecismo, la policía brava y la jerarquía militar. En el fondo fueron místicos sin Dios. No creían en el soborno del cielo ni en el soborno de las elecciones.
En ninguno de ellos rigió la retórica. Sostenían el fervor y la convicción de la esperanza. Fueron artífices de una decisión, no de una necesidad como podría estar en muchos de ciertos saltimbanquis contemporáneos. Finalmente..., conocí a Lubrano Zas, uno de nuestros cuentistas evangélicos. Se formó con ellos. Cabe imaginar que las arcanas redenciones siguen vigentes.
Ahora vivimos el aislamiento, cada uno proyecta su neurosis. El aislamiento -vale recordarlo- se transforma en locura, en imbecilidad, en egoísmo.
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Foto: San Juan y Boedo en 1935.