31 ago. 2010

El Cervantes: donde anidan los duendes del oficio teatral


(De Leonardo Busquet)

El semáforo nos detuvo con su rojo prepotente justo en la esquina de Córdoba y Libertad. El taxista escudriñó hacia su derecha, clavó la mirada y me dijo: “Vio, jefe, qué monumento. Si la gente se detuviera a ver esta joyita...”. Amurallado por una estructura tubular que anuncia su pronta restauración, el Teatro Nacional Cervantes se levanta, imponente, frente a la indiferencia de muchos. Suelen ser los turistas quienes agotan los destellos de sus cámaras para registrarlo.
María Guerrero y su esposo, Fernando Díaz de Mendoza, ya eran intérpretes consagrados en España cuando llegaron por primera vez a Buenos Aires en 1897. Se instalaron con un repertorio clásico en el ya desaparecido teatro Odeón e inmediatamente el público y la crítica laudaron a su favor. El reconocimiento hablaba de “admirable temperamento, vasta cultura artística, dicción impecable, gracia castellana y porte distinguido”.
Los Guerrero-Díaz de Mendoza recibieron un enorme cariño y algunos años después decidieron devolverlo de la mejor manera. Propiciaron la construcción de un teatro.
En 1918, la prensa dio cuenta de la novedad. Una sala de gran porte será levantada en la esquina de la avenida Córdoba y Libertad. La empresa no fue fácil pero el entusiasta matrimonio cautivó hasta el mismísimo rey de España, Alfonso XIII. Del Viejo Continente llegaron en barco muchos materiales para la construcción del nuevo coliseo. De Valencia, se transportaron azulejos y damascos; de Tarragona, las losetas rojas para el piso; de Ronda, las puertas de los palcos copiadas de una vieja sacristía; de Sevilla, las butacas, bargueños, espejos, bancos, rejas, herrajes y otros azulejos. De Lucena, vinieron candiles, lámparas y faroles. De Barcelona, fue enviada la pintura al fresco para el techo del teatro y de Madrid, los cortinados, tapices y el telón de boca, una verdadera obra de tapicería que tenía bordado en seda y oro el escudo de armas de la ciudad de Buenos Aires.
Por indicación de la Guerrero a los arquitectos Aranda y Repetto, a cargo del diseño y la ejecución de las obras, la fachada del edificio, de estilo renacentista, reprodujo el frente de la Universidad de Alcalá de Henares. Más de setecientos obreros y artistas intervinieron en la construcción del teatro, todos bajo la atenta mirada de la gran actriz.
Finalmente, el 5 de septiembre de 1921 se inauguró la sala en medio de una verdadera conmoción cultural y social. La primera obra, La dama boba de Lope de Vega, fue representada por María Guerrero, no podía ser de otra manera. Su sueño cobró forma y no fue una utopía inalcanzable. Ahí estaba el gran teatro que fue bautizado Cervantes. La propia Guerrero descartó la idea de algunos amigos y funcionarios para que la sala llevara su nombre.
Pero la alegría duró poco. Cinco años más tarde, en 1926, la sala soportaba un fuerte endeudamiento, agravado por el mal manejo administrativo de Fernando Díaz de Mendoza. El agobio económico marcó el camino hacia el remate del edificio en subasta pública. Fue un gran amigo del matrimonio, el dramaturgo Enrique García Velloso, quien intervino para evitar el final.
El presidente de la Nación, Marcelo Torcuato de Alvear, estaba vinculado afectivamente a la escena nacional, en especial a la lírica, a través de su esposa, Regina Pacini. El primer mandatario no dudó en dar forma al rescate del Cervantes. En 1924, un decreto presidencial dio vida al Conservatorio Nacional de Música y Declamación.
Un año después, la Comisión Nacional de Bellas Artes evaluó la posibilidad de que el Conservatorio cuente con una sala. El subdirector del Instituto era García Velloso y la necesidad de que esa sala fuera el Cervantes la fundamentó con una contundencia que evitó el menor de los debates. “Todos ustedes conocen esta soberbia casa de arte y todos están al tanto de las desventuras financieras que, desde antes de su terminación, pesaron sobre sus ilustres iniciadores y propietarios... El teatro Cervantes está perdido para ellos. De un momento a otro se producirá el crack definitivo, y pensando dolorosamente que el magnífico teatro pase a manos mercenarias, aconsejo al gobierno nacional su rápida adquisición y su entrega a la Comisión de Bellas Artes.”
Alvear obró en consecuencia y ordenó al Banco Nación la compra del teatro a María Guerrero. Así nació el Teatro Nacional Cervantes.
En 1933 se dispuso la creación de una nueva institución, la Comisión Nacional de Cultura que —a su vez— puso en marcha al Teatro Nacional de la Comedia, que pasó a funcionar en el Cervantes. Dos años más tarde, el director catalán, Antonio Cunill Cabanellas se hizo cargo de un ámbito que, bajo su conducción, dejó una marca imborrable en la historia del teatro argentino: La Comedia Nacional. Entre los primeros colaboradores de Cunill, se destacaron: José González Castillo, Enrique García Velloso y Leopoldo Marechal.
El debut de la Comedia se produjo el 24 de abril de 1936 con Locos de verano de Gregorio de Laferrere, con Luisa Vehil y Guillermo Battaglia, entre muchas otras figuras.
Paralelamente, Cunill fundó el Instituto Nacional de Estudios de Teatro, el museo, archivo y biblioteca que se instalaron en el teatro Cervantes y, además, dirigió los destinos del Conservatorio de Arte Dramático. La Comedia Nacional fue un ámbito propicio para nuevos autores e intérpretes, todos con el elevado nivel artístico reclamado por el gran director catalán.
En 1941, la Comisión Nacional de Cultura, estuvo a cargo del escritor Gustavo Martínez Zubiría, (cuyo seudónimo era Hugo Wast), un nacionalista ultramontano de ideas filo nazis. Se adujo cansancio y hasta se inventó el rumor de una enfermedad. Lo cierto es que, Antonio Cunill Cabanellas, renunció a la Comedia Nacional en el cenit de su prestigio, agobiado por las presiones y los controles autoritarios de Martínez Zubiría. Se sucedieron entonces varios directores que marcaron una etapa de altibajos producto de las presiones oficiales: Armando Discépolo, Elias Alippi y Enrique de Rosas. También, Claudio Martínez Paiva, Alberto Vacarezza y Pedro Aleandro, entre otros.
En 1954 la Comisión Nacional de Cultura, a cuyo frente estaba el poeta Cátulo Castillo, fue eliminada por decreto. En 1955, año de la caída del general Perón, no hubo temporada oficial. Un año más tarde, en la llamada Revolución Libertadora, se crea una nueva institución, la Comedia Argentina, que también se instaló en el teatro Cervantes. Fue su director Orestes Caviglia, quien retomó la senda fundacional de Cunill y estableció el dictado de diferentes cursos y creó un laboratorio-taller. El nuevo ámbito sirvió para que los elencos tuvieran un lugar de entrenamiento y actualización artística. El propio Caviglia definía los objetivos: “La Comedia Nacional Argentina será cauce de vocaciones, pero no instrumento de vanidades; por ello, se ha prescindido de las estrellas y se busca que el actor esté al servicio del teatro”.
Fue una década intensa donde desfilaron autores de la talla de Eichelbaum, Moliere —cuya obra Don Juan estuvo bajo la dirección de Jean Vilar con la Compañía de Teatro Popular de Francia—, Shakespeare, García Lorca y el joven Carlos Gorostiza, que estrenó El pan de la locura. En 1960, Armando Discépolo dirigió Locos de verano de Gregorio de Laferrere y Ernesto Bianco estrenó Hombre y superhombre de George Bernard Shaw. Fue el año en que renuncia Orestes Caviglia por una controversia con las autoridades nacionales de Cultura, que censuraron la presencia de la actriz Inda Ledesma a quien se acusó de ser “agente del comunismo”. La actitud maccartista del gobierno fue suficiente para Caviglia, quien se fue sin más vueltas. El nuevo director fue Narciso Ibáñez Menta, a quien se le encomendó una reestructuración del Teatro Nacional Cervantes. Ibáñez Menta creó un segundo elenco estable para realizar giras al interior del país.

EL TEMIDO FUEGO
El 9 de junio de 1961, el teatro recibió a la compañía Theatre Française, encabezada por Jean Louis Barrault. A la mañana del día siguiente, un incendio terminó con el Cervantes. Los daños fueron enormes y las pérdidas se estimaron en más de cincuenta millones de pesos. La reconstrucción y remodelación tardó siete años. Paralelamente se construyó un edificio anexo de 17 pisos levantado sobre la avenida Córdoba. El Teatro Nacional Cervantes reabrió sus puertas en 1968 con un nuevo escenario de mayores dimensiones que el anterior. En 1997, el gran escenario logró su autarquía bajo la dirección de Osvaldo Dragún. Fue una reivindicación por la cual lucharon, durante años, los trabajadores de la cultura que bregaron por una Ley Nacional de Teatro, sancionada ese mismo año.
Hoy, en octubre de 2007, tras un año y medio de conflictos gremiales internos, un acuerdo sellado con la Secretaría de Cultura de la Nación permite avizorar la esperanza de su reapertura. En su momento, el maestro Juan Carlos Gené denunció que la sala y los elencos que aguardaban estrenar eran rehenes de un conflicto político. Ahora los elencos retomaron los ensayos y algunas actividades culturales hicieron sacudir la modorra al viejo complejo teatral. Como dijo el propio Gené, “el teatro va siendo cada vez más el único ámbito de reflexión sobre el hecho vivo... El teatro es aquí y en cualquier parte del mundo una celebración de la vida”. La vieja sala que impulsó María Guerrero ha vuelto a vivir.
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Los datos históricos fueron extractados de la página web oficial del Teatro Nacional Cervantes.