31 ago. 2010

Homero Manzi


(De Mario Bellocchio)

A CIEN AÑOS DEL COMIENZO
(AQUELLOS DUROS PRIMEROS TIEMPOS)
Es Día de todos los Santos. Sin embargo, las celebraciones de este año 1907 para los Manzione-Prestera pasarán por la bienvenida al sexto hijo que se anotará en la lista después de tres varones y dos chancletas. Papá Luis regresará pronto a los cultivos luego de escuchar los primeros berridos de Homero Nicolás. Y mamá Angela comenzará el primer intento de dar la teta al gritón ante la mirada, entre crítica y amorosa, de los cinco hermanitos. Añatuya es un mísero villorio, a la entrada del Chaco santiagueño, carente de todo, nacido de un descarrilamiento en 1890. Los vagones del accidente, usados como estación, pasaron a llamarse Nueva Añatuya, en recuerdo del cercano fortín homónimo. Pero en aquel 1º de noviembre aún sus críos carecían de anotación oficial. Casualmente –recuerda Homero–, el Registro Civil se instaló en Añatuya cuando nací yo. Soy pues el primer añatuense inscripto en sus actas. Mi tío, don Domingo Prestera, luchador de la primera hora, fue designado juez de paz, e hizo la inscripción.
Los primeros años vividos en el casco de la estancia “La 13” marcarían de forma indeleble la sensibilidad del poeta. Siempre aparecieron circunstancias propicias en su corta y prolífica vida de cuarenta y cuatro años, para justificar los recuerdos del pago natal: Añatuya es un lugar / que jamás podré olvidar / porque al fin es ¡Aña... mía...! dice apoderándose del nombre rebautizado amorosamente. Y en el óleo puntilloso de su descripción se derrama la nostalgia de la primera infancia por su tierra de origen.
Lo cierto es que ningún paisaje, ningún rincón de la Tierra, ha podido oscurecerme su color, su perfume, su horizonte, su sol, sus vientos, sus lluvias, sus animales [...] Me despertaban poco a poco los primeros ruidos del rancho. El vuelo pesado de las gallinas que se largaban desde la copa del algarrobo. Los golpes del hacha astillando trozos de vinal para reavivar el fuego escondido durante la noche en un tronco de quebracho, detrás de su ceniza blanca y transparente. Las pisadas y los balidos de las ovejas que ganaban el campo por el portillo abierto en el corral. Los gritos del ternero achiquerado y las contestaciones desgarradas de su madre, la overa macha. El ruido del azúcar dentro de un tarro que abría mi madre, para llenar la azucarera chica. El repiquetear del palo del mortero. Y más tarde, los sorbos que daba mi padre en la bombilla del mate.
Allí, con el mate, me levantaba. Las primeras puntas del sol, filtrándose en la hojarasca limpia del algarrobo, hacían más dulce la tarea de levantarme. Me calzaba las ushutas de cuero, me ponía el pantalón que colgaba del hombro por un tirador de una sola cinta cruzado sobre el pecho y me lavaba en el agua de la batea que había llenado mi madre, después de espantar a las gallinas, a los pavos y a los cuchis que bebían. ¡Qué gusto tan suave tenía el agua que se me colaba en los labios! Olor a pozo, a noche, a tierra. Ese gusto de la madrugada me duraba en la boca hasta que aquí mismo, bajo este mismo algarrobo grande partido ahora por un rayo, me sentaba en cuclillas, como los hombres, para tomar mates de leche y masticar tortilla hecha en el rescoldo. Yo era un chico de cinco años y el árbol era fuerte y verde. Tenía un tronco derecho y rugoso. Arriba, como a los tres metros, se abría en cuatro ramas gordas, una para cada rumbo. Sus hojas permanecían verdes durante todo el año.
Apenas si cambiaba el tono con cada estación. En el verano verde amarillo; en la primavera verde puro; en el otoño verde negro y en el invierno verde marrón. El algarrobo estaba siempre lleno de músicas. Nunca le faltaban chicharras o pájaros. Las chicharras comenzaban a cantar cuando las vainas de algarrobo estaban doradas, maduras.
A Homero la mansedumbre de esos años de campo le duró poco. Antes de su quinto cumpleaños un largo viaje en tren lo depositó, junto a su padres y hermanos, en la estación Retiro, y de ahí a la casa de Garay 3251, cerca del pasaje Danel. Una casa que albergó el resto de su infancia y los comienzos juveniles aunque retornaba, en los veranos, a sus pagos de origen, ya que el padre había conservado, a falta de mejor oferta, su trabajo de campo. Y allá iban a compartir los tórridos calores santiagueños todos los Manzione.
Con la llegada del otoño, el comienzo de las clases en la escuelita de la calle Humberto I imponía el retorno a una ciudad que no terminaba de mirar con carita de payuca deslumbrado por sus adoquines, sus carros, sus automóviles y, especialmente, por los ruidosos tranvías. En uno de esos inviernos infantiles debió afrontar el primer drama serio de su vida: su hermanito Roberto falleció víctima de las complicaciones de un sarampión que, para colmo, él mismo le había contagiado.
Las penurias y privaciones de la Primera Guerra, la ausencia del padre por sus tareas agrícolas y la desazón por la irreparable pérdida del hermano formaron una mezcla derramada sobre el comportamiento de Homero que papá y mamá Manzi decidieron corregir con el pupilaje en el Colegio Luppi de Pompeya: Los varones menores buscábamos la calle / y de ella traíamos malas inclinaciones./ Por eso nos hicieron vivir en pupilaje / bajo la recta mano de Colombo Leoni –escribirá tiempo después recordando a su maestro tutelar de aquellos años, un tano emigrado de su patria que recaló en la curtiembre de Luppi, por entonces el centro laboral de Pompeya. Leoni, reconocible padre sustituto de Homero, dejó profunda huella afectiva en su camino –festoneado de sapos redoblando en la laguna– en aquel pupilaje obligado por las circunstancias en el colegio que, según lo relata el mismo Homero, se alzaba, materialmente, entre pantanos, baldíos bajos, terraplenes y montañas de basura o desperdicio industrial. Ese paisaje de montones de hojalata, cercos de cina-cina, casuchas de madera, lagunas oscuras, veredones desparejos, terraplenes cercanos, trenes cruzando las tardes, faroles rojos y señales verdes, tenía su poesía. Y de ella dan testimonio Barrio de tango, Manoblanca y Sur, por nombrar las más difundidas.
De los trece a los dieciséis años los bancos del colegio fueron el seguro apoyo para garabatear los primeros poemas que sólo trascendieron en la voz de Los Presidiarios, una murga en la que saltimbanqueó las glosas de su autoría vestido con el traje a rayas confeccionado por sus hermanas: Con el cuento de la guerra / se nos llevan todo el grano / y nosotros, los criollos, / con la paja se contentamo. Eran los primeros bocetos que permitían atisbar al rebelde en ciernes.
Allí fuimos felices, entre juego y estudio. / Entre buenos amigos y humildes profesores. / Las pocas complacencias nos hicieron más duros. / Y los muchos deberes nos hicieron más hombres —diría recordando esos momentos cuando, en su celebridad, la ternura se permitía ganarle a la nostalgia. Algunos de aquellos buenos amigos del poema serían compañeros de ruta política cuando el bardo encaminara su trascendencia encolumnándose con Yrigoyen. Francisco Rabanal, aún ignora –aunque lo sospeche– que va a ser un notorio dirigente radical, cuando con su amigo Homero organiza escapadas desde el internado para devorar sándwiches de mortadela en el almacén de su padre. Y el santiagueño Raúl Gómez Alcorta, que sería más tarde un destacado periodista y correligionario de Manzi, todavía no supera la categoría de afable compinche del glosador de “Los Presidiarios”.
En la Luppi brota el retoño rebelde, los comienzos de la militancia sobrevienen al egreso, un tiempo difícil de renuncios alvearistas. De retorno de El Peludo abortado en su continuidad por la hora de la espada (1).
Irrumpe el tropel de Manziones desbocados. El que se juega a favor de Yrigoyen contra la usurpación de Uriburu, el fabricante de bombas caseras, el conspirador de la década infame, el que manda a la puta que los parió a los accionistas extranjeros abogando por la mentalidad nacional, el del sótano de la calle Lavalle en FORJA, el exonerado de su profesorado de Literatura. Un rebelde acorralado que inventa a Homero Manzi poeta y le hace un corte de manga al sistema.
Y no proclama con letra de denuncia –aunque no la esquiva–, le basta la celebridad que logra con la altísima calidad de su poesía costumbrista y evocativa para ponerle volumen al parlante de su activismo ejercido a ultranza hasta sus últimos días.
A los boedenses ni siquiera nos arredra en la devoción su profunda adhesión quemera (2). Nos basta su tránsito asiduo por nuestras veredas, la frecuentación de los cafés y lugares de cultura en sus épocas más creativas y combativas.
Y, casi como el acorde final, antes del Parnaso, su mirada nostálgica se dirige a un lugar del barrio que, mágicamente, pasa a ser el cruce donde gira el viento Sur: San Juan y Boedo, la esquina del mundo.

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(1) Peludo: mote con que se conocía a Hipólito Yrigoyen. Y La hora de la espada, célebre proclama de Leopoldo Lugones pronosticando tiempos por venir.
(2) Siempre manifestó su abierta simpatía por Huracán.
FUENTES CONSULTADAS:
* Homero Manzi; “Sur, barrio de tango”; Corregidor; Bs. As., 2000.
* Horacio Salas; “Homero Manzi y su tiempo”; Vergara; Bs. As., 2001.
Dibujo de Hermenegildo Sábat.