31 ago. 2010

El amigo de la Mesa de Soñar


(De Rubén Derlis)

Nuestra amistad era reciente, apenas si tenía algo más de dos años, pero estaba abonada por iguales o parecidos recuerdos compartidos generacionalmente y por un andar sostenido por las calles de Boedo, cuando éstas tenían rechinar de carros, chispazos de trole de tranvías, y uno entraba en cualquier casa con sólo golpear la puerta con su mano de llamador. Que no es poco. En ese pasado nos adentrábamos sentados a la Mesa de Soñar junto a la ventana grande del café “Margot”.
Inveterados fumadores de pipa ambos, nos turnábamos en las volutas del tabaco, ya que nos parecía demasiado alevoso para los demás parroquianos, aspirar a dúo el dulzor del tabaco. Por eso, mientras compartíamos la misma mesa, en esto de fumar nunca fuimos un dúo.
Casualmente vivía en la calle Agrelo donde yo había pasado los primeros veinte años de mi transcurrir; casualmente le gustaba la poesía con sangre comprometida y garra para comunicar; casualmente tenía en alta estima el buen decir lunfardesco; casualmente le gustaba seguir con la mirada a las muchachas que desparraman primaveras y a las que ya han dejado de serlo para vestirse con recato otoñal. Casualmente resultó que no había casualidades porque gustábamos de las mismas bellezas y sus emociones, sin ninguna sutileza, a mordiscones de vida. Así empezamos a conocernos.
De sus andanzas por peringundines, cafés de extramuros y boliches de estaños astillados, le había quedado ese instinto para la certeza de afirmar quienes eran buenas, malas o pasables personas. Y no se equivocaba. Emitía juicios fundamentados en la praxis cotidiana y toda lucubración de carácter filosófico terminaba rematándola con un “puede que sea así, o puede que no”, no fuera que pudiera equivocarse en cuestiones del espíritu. Agnóstico en materia de religión, en el al pan pan y al vino vino de las minucias cotidianas, se jugaba por un pragmatismo al que no dejaba de aderezar con alguna pizca de romanticismo; después de todo era un romántico forjado en los 40, de 6 Grandes Bailes 6, seguidor de Pugliese por distintos salones, milonga en el Social Rivadavia y el inevitable remate con la naifa de turno en el cuartito alquilado de la casa de inquilinato, donde replegada ya su pesada artillería seductora, hacía suyo el bastión conquistado. Romanticismo versión porteña.
El Profesor, como todos lo llamaban, era historiador. Con la ya clásica cuestión de unitarios y federales –nuestro norte contra sur de tercer mundo– había llegado a una síntesis nada despreciable para la interpretación del anteayer argentino y este presente vapuleado.
Pero hay una planicie en este buceador de la porteñidad, andariego de las entretelas de Buenos Aires que no se puede dejar de transitar; es más: hay que hacer pie en ese territorio y buscar en su barro humano la greda más dúctil con la que amasó lo mejor de sí: su poesía.
No dejó mucho númen impreso –de hecho cuanto publicó está recogido en libros conjuntos– y no tuvo la suerte de ver encuadernado un título propio. Toda su producción difícilmente llegue al centenar de poemas; tal vez menos, pero no se trata de cantidad de versos como se pide en los concursos, sino de calidad, como falta en la mayoría de los concursos.
Apasionado del soneto, lo vi más de una vez acodado sobre su mesa preferida, concentrado, buscando la palabra esquiva, evitando la rima fácil, puliendo lo ya edificado como un albañil de la palabra, escandir versos que no dijeran más que lo que el poeta quiere decir, por aquello de que lo que se desboca no es poesía. Era tan cuidadoso en su decir poético que llegué a pensar que una coma podía desvelarlo. Un día se lo dije y me contestó que no. Sin embargo sigo creyendo que era así. Lo negaba por modestia: no fueran a creer que lo que hacía era importante.
Su mejor sangre poética corría por las venas del sentir lunfardo. Están en estos versos lo más acabado de su expresión puesta en líneas desparejas. Hay fervor, riqueza de vida acumulada, experiencia trasmisible en palabras asequibles a todos; en síntesis: en su poesía respira un hombre; lo digo asumiendo el riesgo de estar acaso parodiando al gran Whitman. Sea. Pero es lo que sus palabras me comunican cuando me asomo a ellas.
Ahora El Profesor no está, el amigo de la Mesa de Soñar se ha ido; y por fuerza, en esto de fumar mi pipa estaré obligado a ser solista. Nos dejó su poesía para entrar en ella cuando tengamos necesidad de ir a visitarlo. Se llamaba Ricardo de Biase.

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"Café Margot", óleo de Darío Mastrosimone.