31 ago. 2010

Leve disquisición: bares o cafés


(De Leonardo Busquet)

En los lindes de la mesa, la vida de los otros se detiene. Adentro hay un extraño país…” (“El truco”, fragmento. Jorge Luis Borges)

¿Qué los diferencia? ¿O serán la misma cosa? La levedad filosófico-existencial de estas preguntas colocan el tema a la puerta de un debate que se adivina bizantino. Entonces, ¿vale la pena?
Los griegos del Bajo Imperio solían incurrir en debates interminables. Cuando los turcos llegaron a los límites de Constantinopla y la invasión era inevitable, los eruditos de Bizancio, en lugar de armar las defensas, desaprovecharon el precioso tiempo en discusiones superficiales, intrascendentes y sin sentido para ese momento crucial. Controversias que, como los debates atenienses, parecían no tener fin. Así aparece en la historia la expresión “discusión bizantina”: ociosos entredichos que pierden el eje de las cuestiones de fondo. Y eso que los griegos no tenían un Café a mano. Vale la pena en la medida en que la comparación nos permita elegir el mejor lugar y darnos unos minutos de nuestras acaloradas vidas para corregir algunos despropósitos con que se presenta este alterado mundo. Claro está que llegamos tarde para parar a los turcos. Además vale la pena, porque los porteños somos así: prepoteamos cualquier debate para agrandar el tiempo de la vida.
En el Café de la esquina (siempre hay una esquina dispuesta) se conjugan alegrías y desconsuelos, encuentros y soledades, se tejen artimañas o se mira hacia ninguna parte al recordar el amor perdido o el otro, que está por aparecer. En los versos borgeanos, atestados de dagas heredadas de Carriego y de patios, zaguanes profundos y perdidas calles de los suburbios, no aparece el Café, por lo menos como figura protagónica. Sólo llega sutil en alguna escena donde “ése”, viste “el decente traje negro” y porta “bigote ralo” y “una chalina como todos… En una esquina de la calle Piedras pide una caña brasilera”. Borges consigna algún que otro perdido almacén acribillado por mentiras del truco y el enjuague presto de la ginebra que templa los espíritus antes de la sangre confrontada. Evaristo Carriego nutrió su desolación en perdidos (o encontrados) cafetines. Esa es la parte existencial de la que Borges no pudo dar cuenta. El resto, suburbio y ciego incluidos, son de inspiración fiel de Carriego, aquel admirado poeta de Palermo que muy joven, en el 12, en la adolescencia del siglo, dio el mal paso en un desdichado entrevero con esa vieja harapienta que apuró y ganó la partida gracias a su socia, la tuberculosis. Borges reitera la figura de la “esquina cualquiera”, pero el Café no aparece porque el autor de El Aleph se aisló en sus limitadas vivencias que eran los patios y las calles sin introspección. Borges no fue un muchacho de cafés ni de barras de amigotes atorrantes. No había en su universo esquinas donde detenerse para penetrar en ese otro mundo. La esquina, para el notable poeta, solo era la excusa para seguir camino hacia el entrevero de afilados cuchillos. Sus pocas amistades se nutrían con afectos epistolares o en las paredes rutinarias de esa biblioteca de Almagro sur. El Café es otro mundo para Borges. Un mundo neblinoso, ajeno y sombreado por amarillentas perplejidades. ¿Cuántos amigos tuvo el poeta para justificar el tiempo perdido en un Café? Ese ámbito de conciliábulos humeantes siempre estuvo en la vereda de enfrente.
Una salvedad emerge con timidez: el recuerdo de su amigo Macedonio, en un rincón de una confitería del barrio de Once. Pero, claro, una confitería no es un Café, tampoco un bar. Ni siquiera roza el nivel de un fondín arrabalero.
Cierta vez, Borges, dijo: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo”. El trazo de su metáfora restringió al límite el mundo del Café. Es una forma de admitir su futura ceguera.

LOS ORÍGENES
Horacio Salas en su libro El Tango, recuerda: “El Café como sitio de reunión o 'fortín de la amistad', según la afirmación de Raúl Scalabrini Ortiz, posee una larga tradición heredada de las charlas interminables en los mesones del siglo XVII, del hábito europeo de dialogar frente a un pocillo o una copa, y de las tertulias donde se forjó buena parte de la ideología y la literatura españolas… En la Colonia, fueron en un comienzo tabernas y fondas, pero ya en 1764 se instaló el primer Café, bajo los arcos de la recova de la Plaza Mayor… Los cafés estuvieron en la génesis de la Independencia, y años después sus mesas fueron testigos de enfrentamientos dialécticos, de conspiraciones y de luchas políticas. Ya en el siglo XX, el Café se convirtió en una institución barrial, en el sitio elegido para encontrarse con amigos que conformaban una categoría particular… Discépolo lo compara con la figura materna: Cómo olvidarte en esta queja / cafetín de Buenos Aires, / si sos lo único en la vida / que se pareció a mi vieja…Más adelante el autor y poeta señala que “… Paralelamente a los cafés de barrio, los fondines de la ribera, en especial los ubicados en La Boca, de cara al Riachuelo, registran una temática similar, en donde los protagonistas son inmigrantes ahogados por los recuerdos de la patria lejana e irrecuperable.” Para Salas, en los cafés navega la nostalgia que se transforma en melancolía. Hubo un tiempo donde los cafés comenzaron a estar al servicio de la poesía metafísica con pizcas existencialistas de amor y desamor. Con el recuerdo de la tierra original y lejana. Es indudable que el proceso inmigratorio, con sus diversos matices, marcaron un cambio profundo en las costumbres e idiosincrasia porteñas. Los cafés no han perdido aquellas viejas costumbres genéticas. Por su parte, Bossio, en su trabajo Los Cafés de Buenos Aires, coincide con Salas en que en 1764 surgen en el Río de la Plata los viejos y primitivos cafés frecuentados por españoles y criollos. “Primero será la taberna o la fonda, luego el café”, aventura Bossio. Así aparecen el Café de Marco, de la Victoria, de los Catalanes y de la Comedia, algunos convertidos en peñas patrióticas o reductos de conspiración por imperio de las circunstancias políticas hacia 1810. Pero hay otro ámbito tradicional de la época: la pulpería. Para el diccionario de la Real Academia, pulpería es “el nombre dado en América a la tienda o comercio en la que se venden diferentes géneros para el abasto, como son vino, aguardiente o licores y géneros pertenecientes a buhonería, mercería, droguería, etc.” Como se ve, la pulpería era una suerte de almacén de ramos generales con despacho de bebidas. En invierno servía café, esa infusión original de Etiopía y que, desde Arabia, se extendió al mundo musulmán primero y después a Europa en el siglo XVI. Pero en verano, la pulpería ofrecía sangrías frescas preparadas con vino Carlón, azúcar, agua y frutos del litoral. El pulpero, según Bossio, operaba un aparato que extraía la pulpa de los cítricos para la sangría estival. Otros historiadores señalan que en las pulperías se vendía un licor, el pulpe o pulque, originario de México.
Además el pulpero era un buen intermediario del contrabando; al fin y al cabo, un sistema habitual del comercio local en los tiempos virreinales. Desde aquellos remotos orígenes hasta bien entrado el siglo XX, los cafés soportaron cambios y mixturas que lo hicieron confundir entre restaurantes, confiterías, fondas y bolichones de mala muerte. Por su parte, la figura del Bar se hizo presente para cubrir urgencias advenedizas por imperio del progreso (presunto). La escena central del bar es dominada por la barra con sus bancos altos. La palabra bar es de origen inglés. Significa barra o barrera y designa a la parte inferior del mostrador que sirve para descansar los pies mientras se degusta alguna copa. Por costumbre, también abarcó al mostrador y al local. La denominación se impuso en España en el final del siglo XIX y cruzó el océano para instalarse por estas tierras del sur. En EE.UU. se impuso el rápido Snack Bar, lugar donde a la copa se agrega una comida ligera. Nació en medio de oficinas céntricas y otros lugares de trabajo típicos de las metrópolis que contienen un reconcentrado conglomerado humano. El snack y su vorágine también llegaron a estos pagos, penetración cultural mediante. Una copa, algún licor, un cafecito corto, cierta menudencia sólida y a seguir, que el torbellino nos pisa los talones. El Café tiene otro ritmo. Hay paréntesis extendido para el ocio creativo. Un bar vive apremiado por las prisas cotidianas. Un Café se deja nutrir por la necesidad de arreglar el mundo, fichar las minas y polemizar sobre fóbal, Perón, Gardel o Piazzolla. Pero con los años y las nuevas formas de vida, el bar fue asimilando ciertos rictus del Café y viceversa. Esa es la historia que sigue. Por ahora nos quedamos con el tango Cuatro recuerdos: Café de un barrio porteño / en la noche del domingo. / Sexta edición, cubilete, / el tema: fútbol y pingos. / Cuatro muchachos charlando / en la mesa de rigor /…mientras están discutiendo / si es mejor River o Boca / si es mejor Legui que Antúnez / o qué orquesta es superior. / Anselmo cuenta sus penas, / Ricardo su mala suerte, / y José muy tristemente… / que sus cosas van peor. O los versos de José Muchnik: Toda poesía es bar / Versos mixtos tostados / Palabras jugo exprimidas / Acentos, satinado, ventanas / Pasaporte al destino / Intento a media luz / Ansias de vereda / Toda poesía es bar. / Todo bar es poesía / Mesa llamada deseo / Y una nostalgia doble / Alarga madrugadas / Toda poesía es bar”.
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Interior del café "La Poesía" de Chile y Bolívar.