31 may. 2011

Edificios de la Ítalo


(De Héctor Ángel Benedetti)
 
Diseminados por diferentes barrios de la ciudad (Boca, Floresta, Puerto Madero, Mataderos, Coghlan, Recoleta, Palermo, Caballito, Barracas, Belgrano, Retiro…) y también del conurbano (Remedios de Escalada, Lanús, Piñeyro, Bernal, Quilmes…) existen alrededor de doscientas construcciones de estilo neomedieval, comúnmente catalogadas como románico-lombardas y sobre las cuales gravita, además, cierta inspiración florentina.
Remiten inequívocamente a un solo autor y a un solo propósito, pues si bien la mayoría de ellas son diferentes entre sí, tienen un poderoso común denominador estético que las hace claramente identificables. Eran las usinas, subusinas y subestaciones de la Compañía Ítalo-Argentina de Electricidad (CIAE), diseñadas por el arquitecto italiano Juan (Giovanni) Chiogna.
No se conoce mucho sobre la vida y las demás obras de este artífice. Sus edificios para la CIAE fueron habilitados en torno a 1915 y se diferencian mucho de los posteriores de la misma empresa, como la enorme Usina Doctor Carlos Givogri que está en Puerto Nuevo. Ésta se inauguró en 1933, su diseño pertenece a José Molinari y es de un art-déco monumentalista. Parece una basílica. No tiene nada que ver con el estilo de Chiogna.
La arquitectura industrial de este italiano fue, como dijimos, anterior y bien distinta. Se la reconoce de inmediato por sus muros de ladrillo a la vista, con arcos de medio punto o con arcos escarzanos en puertas y ventanas (muchas veces con la clave destacada), los arcos ciegos, los frisos con molduras, la heráldica de la empresa en escudos aplicados a las paredes, frontones con el nombre de la compañía grabado en letras elegantes, rosetones, tragaluces, almenas, caprichos decorativos y de vez en cuando una torre; todo, con líneas que nos recuerdan al siglo XII europeo.
La Usina Pedro de Mendoza, en avenida Don Pedro de Mendoza 501, fue la más grande e importante. Pero –recordémoslo– llegaron a existir casi doscientos edificios más chicos de estilo equivalente.
Damos las direcciones de algunos que han sobrevivido: Montevideo 919, Tres Sargentos 352, San Antonio 1077, Benito Pérez Galdós 37, Agrelo 3435, Wenceslao Villafañe 1247, José Aarón Salmún Feijóo 762, Enrique Finochietto 920, Gaspar Melchor de Jovellanos 1447, Uspallata 430, Méndez de Andés 1657, Chenaut 1983, Julián Álvarez 1714, Paraguay 4511, Gorostiaga 1673, Gorostiaga 2319, Asamblea 1468, Castañares 1079, Profesor Doctor Pedro Chutro 2510, José C. Paz 2901, Avenida de los Italianos 385, Avenida de los Italianos y Emma de la Barra, Calabria y Rosario Vera Peñaloza, Brasil 537/539, Benito Quinquela Martín 1366, Isabel La Católica al 2300, etcétera.
En 1979 la CIAE fue integrada a la empresa Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires (SEGBA) y en 1987 los edificios de Chiogna –que en su momento fueron funcionales, pero para esta época ya eran obsoletos para el abastecimiento de energía– fueron cedidos en forma gratuita a la Municipalidad, que no supo muy bien qué hacer con ellos.
Algunos se aprovecharon para otros fines; varios fueron vendidos a particulares; otros se demolieron, y otros directamente se abandonaron y en este estado continúan aunque estén declarados “edificios representativos” por la Dirección General de Patrimonio.
Entre los que pudieron recuperarse, citamos el caso emblemático de la gran usina de la Boca, hoy sede de la Sinfónica Nacional y de la Filarmónica de Buenos Aires.
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Imagen: Sub-usina de la CIAE en la calle Pinto 3379, barrio de Coghlan, Buenos Aires. (Foto rubderoliv).
Texto tomado de la revista online: Fervor x Buenos Aires.

27 may. 2011

La madre de todas las avenidas


(De Mario Sabugo)

Todo, casi todo ha sido dicho acerca de la Avenida de Mayo. Sin embargo,“ una burla que volaba se escapó” (1). Porque la Avenida de Mayo en realidad viene a ser nada más que un segmento, enjoyado pero segmento al fin, del eje este/oeste, esa larga Raya que sigue por kilómetros en la Avenida Rivadavia.
            
La Avenida de Mayo ha sido considerada como el boulevard de la integración, amigable componedora entre el hombre rico y el hombre pobre, entre el norte y el sur. Pero también como su frontera.
Los mitos más míticos de la ciudad dan a entender que, incluso antes de cualquier Avenida, los propios ricos, para consagrarse definitivamente como tales, debieron cruzar la Raya y emigrar al norte, al otro lado de los negros, del mondongo y de la fiebre amarilla.
“Hay que quemar el Barrio Norte”, se debió decir desde entonces para amedrentar al oligarca.
“Nadie ignora, dijo Borges, que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia”. Claro que este Sur borgeano no está poblado de pobres, sino más bien por el destino y la aventura. “Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme” (2).
La médula de la Raya emerge, romana, de su estirpe decumánica. Ordena y marca, precisamente porque al estar orientada, compatibiliza la urbe con el orbe. La Avenida de Mayo/Rivadavia va de Oriente a Occidente, así como marchan el Sol y la Historia (3).
Hacia el Oeste la Raya prosigue deslindando el conurbano, alcanzando numeraciones prodigiosas, inconcebibles si siguieran hasta el Cuyo. A campo abierto, la Avenida se hace Ruta 7, y la frontera urbana se torna pampeana. Aunque ya no quedan fortines, algo de civilizado y moderno es apartado al norte, mientras que lo bárbaro y antiguo, indio, desierto, se define hacia el sur. Como todo camino, mientras se dirige a su meta, vertebra y equilibra sus dos mitades del mundo.
La señora Palma de Sindona no me deja mentir: La Avenida de Mayo es el fiel de la balanza (4).
Todo depende de como nos ponemos en el mundo: alguna vez, disertando yo en un taller acerca del Oeste, Odilia Suárez me reprochó, entre otras cosas, la forma en que había orientado el plano de la ciudad.
“¡¡¡Además, lo dibujaste mal!!!”, me gritó.
Pero yo lo hacía como Manuel de Ozores, o como Felipe Bertrés, con el Río al pie. Así se ve la ciudad (o al menos, así me la coloco yo): Desde el Río. Con el Oeste arriba, el Sur a la izquierda y el Norte a la derecha.
En cambio, los planificadores mundiales ponen todo lo que encuentren con el norte para arriba. O la revista Sur, cuyo emblema consistía en una flecha para abajo, a la manera odiliana. Y victoriana, por la Ocampo (5).
Por eso, si el bendito puente Bs. As./Colonia fuera instalado como los dioses mandan en la Raya Este/Oeste, debería tomar impulso ya por Castelar o Ituzaingó, recorrer Rivadavia y atravesar el Río sin más trámite hacia la Banda Oriental, para conectarse directamente con la 18 de Julio.
Bienaventurados, o desventurados, los pobres y los ricos, porque todos ellos serán reunidos, o separados, por la Ruta 7, Rivadavia y la Avenida de Mayo.
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(1)  Javier Martínez: “Avenida Rivadavia”, en “Manal”, Mandioca, 1970.
(2) “El Sur”, en “Artificios”, 1944. Si como dice Borges, que ubica el episodio en 1939, el Sur empieza en la calle Rivadavia, entonces hay un problema: o la Avenida de Mayo cae por consecuencia en el Sur; o Borges no fue exacto, y la Raya divisoria viene nomás por Rivadavia, pero a partir del Congreso se tuerce para seguir por la Avenida de Mayo.
(3) Mario Sabugo: “Febo asoma, ya sus rayos”. en “La Ciudad y sus Sitios”, CP67, Buenos Aires, 1987.
(4) Norma Palma de Sindona: “Buenos Aires y el Zodíaco”, Distal, Buenos Aires, 1990. Sindona superpone el Zodíaco al plano de los barrios de la ciudad y encuentra, por ejemplo, que mientras Mataderos, coincidiendo con Tauro, genera las riquezas ganaderas, la escorpiana Recoleta, en el extremo opuesto, se dedica a consumir las ganancias del otro, y sus bifes de chorizo. El Centro y la Avenida de Mayo le caen en territorio de Libra, la Balanza.
(5) Mario Sabugo: “¿El Oeste también existe?”, ponencia en el Taller de Planificación y Gestión sobre Perspectiva Regional del Oeste de la Ciudad de Buenos Aires, agosto de 1992, Unidad de Gestión Asociada (coordinador: Dr. Héctor Poggiese). Respecto de las cartografías de Ozores y Bertrés, véase el magnífico “Atlas de Buenos Aires” de Horacio A. Difrieri, MCBA, Buenos Aires, 1981.

Imagen: La Avenida de Mayo en la primera mitad del siglo XX (Foto tomada del sitio: viajarhoy.com.ar).

Viejo café "Tortoni"


(De Baldomero Fernández Moreno)

A pesar de la lluvia yo he salido
a tomar un café. Estoy sentado
bajo el toldo tirante y empapado
de este viejo "Tortoni" conocido.

¡Cuántas veces, oh padre, habrás venido
de tus graves negocios fatigado,
a fumar un habano perfumado
y a jugar el tresillo consabido!

Melancólico, pobre, descubierto,
tu hijo te repite, padre muerto.
Suena la lluvia, núblanse mis ojos,

sale del subterráneo alguna gente,
pregona diarios una voz doliente,
ruedan los grandes autobuses rojos.
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Imagen: Interior del café "Tortoni".

“Atlas de Buenos Aires”


(De Norberto H. García Rozada)

Transcurrían los años finales de la década del setenta cuando las entonces autoridades municipales porteñas iniciaron los preparativos para festejar por todo lo alto, en 1980, el cuarto centenario de la fundación de Buenos Aires. Felizmente, un inolvidable amigo, Ricardo T. E. Freixá, era el secretario comunal de Cultura y, entre otros aportes esenciales, movilizó la edición de una serie de libros fundamentales. De ellos, tal vez el más importante y trascendental, fue el Atlas de Buenos Aires, obra monumental elaborada por Horacio Difrieri y un caracterizado equipo de colaboradores.
Dos tomos de respetable tamaño y generosa cantidad de páginas –529 y 222, respectivamente–, profusamente ilustrados con vistas y planos de la ciudad, vieron la luz, pues, en julio de 1981. Las sobrecubiertas de las tapas, adornadas por la reproducción de una fotografía satelital del área metropolitana ya era, de por sí, promesa alentadora acerca del contenido de los volúmenes, tan vastos y documentados que se torna dificultoso describirlos en forma integral.
Así y todo, a vuelo de pájaro y cual descripción harto somera, cabe recordar algunos capítulos tan importantes como “La ciudad virreinal”, “La ciudad de Mayo”, “La ciudad federal”, “Los puertos de la ciudad”, “La población” o “Hacia la megápolis”. No es menos documentada la recopilación de planos que, a lo largo de todos estos años, sólo ha merecido elogios múltiples y apenas un mínimo juicio crítico: varios de ellos son demasiado pequeños, detalle por el cual es trabajoso analizarlos a simple vista.
Nadie mejor que Difrieri para explicar la intención profunda del trabajo: “Esta obra –dijo en el prólogo– intenta mostrar el rostro de Buenos Aires a través de la osatura fundamental de su plano, y de otros instrumentos analógicos que diseñan la alta densidad de su espesor histórico…”. Es cierto. La obra descarnó a Buenos Aires y la viseccionó desde la piel hasta lo más profundo de la estructura gigantesca. El resultado, entonces, no pudo ser más alentador y positivo porque el atlas no se limita a describir la metrópoli sino que también la explica y, por ese procedimiento, para nada fácil, por supuesto, logra indagar en su esencia. Obra de consulta imprescindible, ya sea para simplemente conocer Buenos Aires o bien para trabajar en su historia y su geografía, el atlas fue vendido al público, en su momento, a precios accesibles, siguiendo la tendencia que desde mucho tiempo antes era política invariable para las publicaciones municipales. Después, la colección completa, que además del atlas incluyó otros títulos, inéditos y reediciones de inestimable valor, tuvo un destino lamentable, cuyo relato es imposible omitir porque, tal vez, pueda llegar a servir de lección acerca de que las empresas culturales positivas jamás deberían ser juzgadas a la luz de pasiones humanas.
Ocurrió que en la práctica, y tras cambiar el gobierno luego de un período sin duda penoso de la vida de la Nación, gran parte de esos libros fueron retirados de la circulación y enviados a los sótanos de un cine semiabandonado de las inmediaciones de la Chacarita. Los iniciados que conocían su paradero se surtieron, durante un tiempo y a precio vil, de los ejemplares en buen estado que iban quedando, puesto que muchos de ellos habían sido afectados por humedades y abandonos. Por último, la colección en general, y el atlas en particular, pasaron a ser auténticas curiosidades bibliográficas que no pueden estar ausentes de las bibliotecas con pretensión de tales y del conocimiento de los estudiosos de la ciudad. Tributo postrero a la laboriosidad y el talento de Horacio Difrieri y sus colaboradores.
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Imagen: Interior de uno de los tomos, con plano desplegable del Atlas de Buenos Aires de Horacio Difrieri.

26 may. 2011

María de Todos los Santos Sánchez de Thompson y Mendeville


(De Leticia Manauta)

Fue una mujer de gran decisión porque se rebeló contra el mandato familiar en una época donde era casi imposible siquiera pensarlo. Se casó por amor y desde su posición social (“gente decente”) se unió a la causa de Mayo y siguió siempre ligada a los movimientos políticos y culturales.
Nacida en Buenos Aires el 1 de noviembre de 1786. Hija única de una familia adinerada; el padre Cecilio Vázquez, granadino; la madre porteña, Magdalena Trillo. Tenía desde la cuna asegurada su pertenencia a la “gente decente”; o a esa tan peculiar “aristocracia criolla”.
Pudo ser una señorita más dedicada a las labores destinadas a las mujeres de su clase, casarse como arreglaron sus padres, con un hombre mucho mayor que ella, de fortuna y español de nacimiento, don Diego del Arco, vinculado lejanamente con la nobleza ibérica.
Los aires de la libertad que andarían rondando la aldea de Santa María de los Buenos Aires, además de expulsar las dos invasiones inglesas (1806/7); reunirse en jabonerías, leer libros “revolucionarios”; pasar por Universidades de “avanzada” como la de Chuquisaca, e instalarse en los sentimientos de la “plebe”.
Anidaron también en la cabeza de esta niña (tenía 14 años) porque a esa edad se acostumbraba casarlas; lo que lleva a pensar que no es para escandalizarse hoy porque San Martín se haya casado con Remedios cuando esta tenía quince.
Costumbre que perduró, lo mismo que “arreglar” entre los padres el casamiento de sus hijas, por lo menos en esa clase social hasta los primeros años del siglo XX.
Pero decíamos esos aires libertarios, con ideas tan novedosas como casarse por amor fue una ocurrencia de Mariquita y su primo segundo Martín Thompson. Ella el mismo día en que la familia organizó el compromiso con Del Arco (que finalmente se quedó sin la niña y sin la dote) ambos recurrieron al virrey Sobremonte para que impidiera aquello que sus padres querían obligarla a hacer. A través de un “juicio de disenso” y de haber sido recluida en un convento, un año después el 29 de Julio de 1805, los enamorados concretaron su boda. Fueron felices, no sabemos si comieron perdices, pero si que tuvieron cinco hijos.
A partir de esos momentos se convirtió en una anfitriona de lujo de la causa patriota; en su salón se debatía de política y también de literatura, ella era hospitalaría, graciosa, inteligente y tenía una aureola de osada. Allí se entonaron por primera vez las estrofas del Himno Nacional y fue Mariquita con su dulce voz quien lo hizo. Sintetizando en su salón fue recibida a través de distintos representantes toda la Logia Lautaro.
Podemos decir que fue una mujer de gran decisión porque se rebeló contra el mandato familiar en una época donde era casi imposible siquiera pensarlo. Que desde su posición social se unió a la causa de Mayo, siguió siempre ligada a los movimientos políticos y culturales. Dirigió, por pedido de Rivadavia la Sociedad de Beneficencia, tuvo una especial preocupación por la educación de las mujeres, tema que la llevó a polemizar con Sarmiento.
Por esa osadía y también por su posición social fue una de las pocas mujeres de su época que discutió de igual a igual con muchos de los hombres que figuran en la historia.
En una de sus cartas a su hija Florencia escribía “mujer que tiene pasiones, tiene mérito y, sea de la clase que sea, tiene corazón y es lo que aprecio”. Toda una definición y un resumen de su propia vida.
En 1820 quedó viuda y se casó con un francés Washington Mendeville, con quien tuvo un hijo, pero no fue nada feliz y se separaron de hecho, poniendo como excusa de esto las funciones diplomáticas del esposo.
Se exilió a Montevideo durante el gobierno de Don Juan Manuel de Rosas, al que sin embargo unía unas estrecha amistad, considerándose casi como hermanos, también allí hay una interesante correspondencia entre ambos.
Después de Caseros regresó a Buenos Aires “la tierra de mis lágrimas” como la definió y siguió ocupándose de la Sociedad de Beneficencia y de su salón.
Falleció el 23 de octubre de 1868 a los 82 años, quizá por sus características un antecedente de Victoria Ocampo (por pertenencia social, libertad personal y preocupación por la cultura).
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Imagen: Mariquita Sánchez de Thompson.
Tomado de TELAM, Agencia de Noticias de la República Argentina.

25 may. 2011

Los corsos de la calle Triunvirato


(De Diego A. del Pino)

¿Cómo no hacer una referencia a los famosos corsos de Villa Crespo, orgullo del barrio y adorno de la calle Corrientes?... Para rememorarlos, volvemos a nuestra infancia, y nos vemos caminando por la calle aquélla, un día de 1930, asombrados con las imágenes de color y los sonidos estridentes del Carnaval porteño, que todavía no había empezado a agonizar.
En esos tiempos, los chiquilines de Villa Crespo y sus vecindades –yo era de Chacarita – sabíamos que en la calle Triunvirato, desde el Maldonado, donde siempre esperaba una pequeña aventura, hasta Canning, estaban aguardando las luces del tradicional corso. Se iluminaban las calles de vereda a vereda, las asociaciones preparaban con anticipación aquellas gigantescas comparsas y orfeones que delataban su presencia un  mes antes con el ruido de tambores y silbatos, que se escuchaban en la noche, con mil sugerencias.
La ilusión se cobijaba entonces en cada muchacha, en todos los chicos, porque el corso significaba disfraces, galanes, bailes, palcos, serpentinas, mojaduras, risas, color, música… Era la evasión transitoria, llena de expectativas.
La calle Triunvirato cambiaba de rostro: palcos Municipales, lamparitas de colores, vidrieras adornadas con caretas o antifaces románticos, pomos, bombitas y, de pronto, ya en pleno Carnaval, era cosa de ponerse a esperar la presencia de las infaltables murgas, con sus saltos imposibles, chiquilines en lo alto, armazones de paraguas, narices de papel o de cartón y bigotazos de italiano.
Las comparsas se preparaban para presentarse en el cine teatro “Villa Crespo”, para divertir a un público que no tenía muchos entretenimientos ni exigencias.
Nos vemos caminando por aquella calle Triunvirato (adoquines, faroles de hierro, refugios, tranvías, ómnibus repletos), con sólo diez años, con una gorrita de marino que costaba treinta centavos, un bastón a lo Carlitos Chaplin (cinco centavos), un pomo de agua perfumada y una nariz de cartón que nos molestaba pero que, no sé por qué, era imprescindible llevar… Íbamos caminando y riendo, desde Dorrego a Canning, y nos deteníamos en algún zaguán donde una canilla nos permitía llenar las bombitas, terror de las niñas…
Todo quedó atrás: niñez, sueños, corso de Triunvirato, que alguna vez fue orgullo de aquel Villa Crespo y hoy es sólo recuerdo, como una serpentina caída, o un puñadito de papel picado mojado por la lluvia…
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Imagen: Emblema del barrio de Villa Crespo.
Tomado de: El barrio de Villa Crespo; Primera edición;  Cuadernos de Buenos Aires, 1974.

21 may. 2011

Vidalita


(De María Elena Walsh)

Me da una tristeza
este olor a nadie,
tan antiguamente,
pobre Buenos Aires.
Modestos silencios
suben de la calle
y son parecidos
a los hospitales.

Ante  una ventana
se vuelven cobardes,
bastante humanos
y hasta algunos, ángeles.

En un cenicero
cabe una catástrofe.
Por ejemplo, un peine
representa cárcel.

Parece mentira
pero qué desastre
es ver que las hojas
se van de los árboles.

Estas cosas pasan,
cualquiera lo sabe.
Los otoños son
unos criminales.

Aquí no hubo guerra.
sólo un homenaje
a frecuentes víctimas
del tango y del aire.

Hasta las paredes
se sienten culpables.
Nadie se imagina
lo que es Buenos Aires.
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Foto: María Elena Walsh


Manuel Moreno lo advirtió


(De Mario Tesler)

Con diez meses de antelación las esferas oficiales estaban de sobreaviso del peligro y la población ilustrada de cierta militancia no pudo ser presa del estupor  ya que, a partir de la primera quincena de diciembre de 1832, se conocía el propósito: el 3 de enero de 1833 el imperio inglés se apoderó de las islas Malvinas. En cuanto al resto de la población, considerada componente periférico de la sociedad, tampoco obró sobre ella el factor sorpresa: la agresión a esas mismas islas cometida en 1831 por el gobierno de otra nación no era un mero recuerdo. Dejemos de lado las diferencias propias de la sociedad de aquellos años y veremos que, a menos que mediasen otros intereses, todos los estamentos ya estaban motivados a partir de la agresión norteamericana a esas islas, ocurrida en los últimos días de 1831; los de más edad guardaban, también, en el recuerdo las jornadas de resistencia cruenta opuesta por el vecindario de Buenos Aires a las fuerzas invasoras en 1806 y 1807, gracias a las cuales éste se despertó de la apatía colonial.
No faltan documentos donde se advierte la existencia de excepciones. Desde luego, como siempre ocurre, Inglaterra y los EE.UU. contaron con simpatizantes: algunos fueron colaboracionistas en 1806 y 1807, otros simularon bien en 1832 y no pocos debieron ocultar su indiferencia en 1833. En esto intervinieron los connacionales de ambos Estados, actitud comprensible.
La correspondencia remitida por nuestro Encargado de Negocios en Londres advirtió, desde principios de 1832, sobre el clima altamente perjudicial para nuestros intereses y para la seguridad del archipiélago. Aunque –según él– aquella administración de S.M.B. ni otra menos liberal que le suceda no podrá apropiarse las islas Malvinas por violencia aunque grandes [son] sus medios de fuerza. Si se tiene presente las circunstancias y el lugar se podrá comprender algunos recaudos del diplomático en su exposición; se trataba de actos públicos y no de presunciones que pudiera sugerirle su imaginación. No obstante lo cual sus destinatarios, sin necesidad de mayor sagacidad y con sólo aplicar el sentido común, debieron advertir la inminencia de alguna acción por parte de Inglaterra. Así lo entiende el historiador y diplomático José Luis Muñoz Azpiri en su Historia completa de las Malvinas; por eso el primero de los documentos lo reproduce bajo un extenso epígrafe donde señala que Moreno comunicó la preparación del  asalto y aconsejaba prevenirse.
Llegar a lo afirmado por Muñoz Azpiri ni siquiera exige conocer la documentación del representante en Londres, tampoco requiere ser avezado en interpretación de textos diplomáticos. En la edición del sábado 15 de diciembre de 1832 en el The British Packet and Argentine News  se informó a los lectores que la "Clío" iba a Malvinas para tomar posesión soberana de esas islas en nombre de Su Majestad Británica.
Con este documento, es decir con el oficio reservado nº 79 de fecha 25 de febrero, Manuel Moreno inició sus avisos al gobierno de Buenos Aires de cuanto trascendía en aquellos medios, tanto gubernamentales como periodísticos. En Londres y con la ayuda interesada de algunos residentes en Buenos Aires, se ejercía presión para convencer  sobre las ventajas de volver a Malvinas: 1º como uno de las puntos de contacto sobre los grandes continentes, 2º como puerto de abastecimiento y 3º como lugar para caza y pesca, amén de otras posibilidades de explotación. También se puso especial énfasis en señalar la presencia de los EE.UU. como tercer estado interesado, para con ello evidenciar el mayor riesgo en demorar la operación de reocupación. Unos mostraban su valor estratégico y otros las reclamaban con visión comercial.
Al primer oficio, cuyo original fue despachado en la nave "Swallow" y el duplicado por el "Brisseis", le siguieron dos más donde se ocupa del mismo tema y con exclusividad: uno es del 21 de marzo y el otro del 20 de junio. Todos ellos fueron consignados al ministro de Relaciones Exteriores, pero ocurrió que en cada oportunidad su destinatario real era diferente; así el primero fue dirigido a Manuel José García, el segundo a Vicente Lopez y Planes y el tercero a Tomás Manuel de Anchorena. De cualquier manera, los tres en aquel entonces eran ya hombres veteranos de gobierno.
Donde Manuel Moreno no pudo penetrar fue en los círculos confidenciales del Almirantazgo, por lo menos no se cuenta con elementos que lo demuestren. En agosto de 1832 los ingleses resolvieron concretar un operativo, pero a principios de ese año en Buenos Aires los gobernantes, gracias a Moreno, no podían rechazar esa hipótesis.
La gestión de Manuel Moreno en Londres y en especial su intervención por la usurpación de las islas Malvinas, contó con interesados que no trataron las advertencias efectuadas por él al gobierno de Buenos Aires, encargado de conducir las relaciones exteriores de las Provincias Unidas del Río de la Plata. A partir de 1966 se conocen las piezas documentales probatorias, aunque puedan restar otras inéditas, incluidas por José Luis Muñoz Azpiri en el apéndice documental de su libro sobre la historia de las Malvinas.
Ya nadie puede seguir repitiendo que la usurpación tomó por sorpresa a las autoridades, ni dejar de reconocer los méritos de este funcionario. No se tienen noticias del repositorio donde se pudieron haber almacenado las comunicaciones remitidas por él, pero los varios volúmenes del libro copiador utilizado durante su gestión diplomática las posee el archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, ubicado en los altos de un garaje policial.
En cuanto al periodismo, repitió lo ocurrido en vísperas de la agresión norteamericana de 1831: los diarios porteños avisaron de la presencia de una nave de guerra, su procedencia y destino, sin comentario alguno; en cambio, el medio de difusión en inglés agregaba la razón de su recalada en  el Río de la Plata y el objetivo de su misión, con lo cual la posible reserva procurada por las autoridades, para no alarmar, fue un secreto a voces por todos conocido.
 Como la situación se repetía con facetas similares, salvo el cambio de bandera y mediando un lapso de un año, la población culta no se pudo llamar a engaño. Proclive a seguir los pasos de otros, el chinerío siempre arrastrado o manejado en los hechos políticos, en esta circunstancia y como de costumbre se sumó al sospechado final asignado al viaje de la "Clio" a las islas Malvinas.
La Gaceta Mercantil, órgano oficial de la prensa porteña, además de anunciar el arribo de la "Lexington" avisó su partida para Malvinas, a fin de indagar las circunstancias del embargo de los buques norteamericanos por la infracción de las leyes sobre la pesca. Pero el anuncio periodístico de un viaje para indagación, publicado en la edición del 7 de diciembre de 1831, culminó con la agresión a nuestro establecimiento malvínico. Un año después el mismo medio asignaba a la "Clío" una misión de reconocimiento; en cambio en el  The British Packet and Argentine News, del 15 de diciembre de 1832, se dan dos diferentes razones: una de las cuales era la de tomar posesión soberana de las islas. Al mes esta noticia fue confirmada.
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Imagen: Óleo de Manuel Moreno, pintado en Londres en 1830. (Foto de Carlos Guastavino).

20 may. 2011

El norte de Caballito


(De Hugo Corradi)

De Rivadavia hacia el norte el panorama no difería mucho: residencias y quintas arboladas hasta las vías del ferrocarril, luego chacras y grandes potreros cercados con cina-cina o abiertos a los cuatro vientos, como los de Izaguirre, ubicado donde hoy se halla la playa de cargas del ferrocarril Sarmiento. En ellos, en 1882, un grupo de ingleses instaló la primera cancha de polo del país, perteneciente al Flores Polo Club (1).
A principios de siglo (2), por los polvorientos callejones de esos lados, solían marchar los cadetes de la cercana Escuela Naval, instalada entonces en la desaparecida quinta Videla Dorna, frente al parque Rivadavia.
A la altura del camino conocido por “segunda Gauna” (actual calle Neuquén), todo era campo abierto y soledad. Solamente algunos hornos o la antigua construcción de una pulpería indicaban el trazado del lejano camino de Gauna. Los extensos campos de don Nepomuceno Márquez se hallaban a la altura del cruce de las actuales avenidas Gaona y Donato Álvarez, lugar de tráfico intenso actualmente, donde se levantan edificios monumentales, como el Policlínico Bancario, o se extienden las arboledas de la plaza Irlanda. Aquellos descampados, atravesados a lo lejos por el arroyo Maldonado, fueron poblándose recién a principios de siglo (3) y alrededor del Centenario comenzaron a urbanizarlos. El inicial caseríos recibió el nombre de Villa Sáenz Peña, designación que, como otras muchas, desapareció con el tiempo.
Pero si esta parte de Caballito era despoblada y agreste, en cambio, era importante por sus caminos, como los ya nombrados de Gauna o la actual calle Neuquén, a los que se sumaban los de Moreno (hoy avenida Warnes), muy transitado por carruajes, debido a que tenía uno de los pocos puentes que existían sobre el Maldonado, y el conocido por el nombre de “camino al Caballito”, hoy calle Martín de Gainza.
Una de las chacras más conocidas por allí era la de don Plácido Piñeiro, comprada por la Municipalidad en 1898, donde formó el llamado parque Central, que en 1910 pasó a designarse como parque Centenario.
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(1) San José de Flores, Bosquejo histórico. 1906. Rómulo D. Carbia.
(2) y (3) Se refiere al siglo XX (N. de la R.)

Imagen: La esquina de José María Moreno y Rivadavia en 1941.
Texto tomado del libro Guía antigua del oeste porteño, Bs. As., 1969.

Elías Castelnuovo


(De Lubrano Zas)

En 1973 con motivo de Año Nuevo, Elías Castelnuovo me envió la fotografía de su busto –creación de Santiago José Chierico–, al dorso del cual me dice que  soy “el defensor más calificado del Movimiento Boedo”. Como estoy seguro que me quería –sus cartas lo prueban–, tomé esta reflexión suya como una expresión de generosidad. Pero actualmente, ante el olvido inmerecido en que se hayan inmersos muchos  de nuestros más representativos escritores y también el hecho de que alguien me llamara “albacea del pensamiento del Grupo de Boedo”, recapacito y trabajo.
Me alegra y conmueve saber que en Estados Unidos se haya editado un ensayo literario de Towne Leland titulado The last happy men (1986), el que trata sobre la generación argentina del 22, particularmente sobre los grupos llamados Florida y Boedo y los precursores de este último grupo: Rafael Barret y Juan Palazzo, ninguno de ellos reeditados actualmente entre nosotros. El libro de Towne Leland me fue enviado por el joven escritor norteamericano John Eipper, de Ithaca, Nueva York, a fin de que “usted sepa que acá en Norteamérica seguimos siendo lectores apasionados de los escritores de Boedo”. Esto, sin duda, hubiese golpeado explosivamente a Elías Castelnuovo, era parte de su sueño.
En Las inquietudes de Shanti Andía, Pío Baroja dice que “hoy a casi nadie le ocurre algo digno de ser contado”, lo cual me trae recuerdo del autor de Tinieblas (1923), de su producción, pero al revés, por cuanto ésta contiene de activa comunicación autobiográfica que, según Alfredo Perlés, no es otra cosa la “auténtica obra de arte”.
Elías Castelnuovo nació en Montevideo, como Abraham Vigo y Ricardo Passano, y a los quince años, después de que su cuñado lo echara cabeza abajo por las escaleras, huyó de su hogar. Cuanto sufre y vive está registrado en sus Memorias (1974). Su idea fija fue siempre ser escritor. “Nací literato y pienso morir literato”, afirma en Notas de un literato naturalista (1923), donde ataca a Gustavo Martínez Zuviría por estar “desfigurando el rostro de la literatura nacional”.
Una mañana, caminando por la calle Boedo, me detuve de pronto, sin saber por qué, justo frente al número 841, donde antiguamente funcionaba la redacción de Las Grandes Obras, revista dirigida por Julio R. Barcos y en la que Castelnuovo publicara las Notas mencionadas. Entonces, sonreí apenas, y con paso inseguro me dirigí al “Dante”, el café que está en la otra cuadra, al 745 de Boedo (1), donde Gustavo Riccio se reunía con Miranda Klix y, entre otros, no siempre, con Álvaro Yunque. Necesitaría el inteligente lenguaje de Joseph Conrad para describir la densa soledad que viví sentado a una de sus mesas; y aunque parezca irreal, la noticia leída en La Nación (6-10-91) de que en Bonn, desconocidos habían dañado las tumbas de Robert Schumann y la de Clara, su mujer, y pintado con cruces nazi, hizo insoportable mi nostalgia. Suele afirmarse que no se puede vivir de recuerdos, y es verdad; pero tampoco sin ellos, lo cual revela su peculiar consistencia. Elías Castelnuovo me habló en cierta ocasión del asedio de los mismos, lo que me llevó a pensar en la necesidad de estudiarlos y aprehender su esencia. “La misión del hombre en la tierra es recordar”, escribe Henry Miller y añade: “Sólo existe lo que perdura. Yo existo”. Y su amiga Anaïs Nin, en su extenso y jugoso Diarios, expresa que “los chinos dicen que el futuro es solamente la sombra del pasado”.
Un día nos vimos con Castelnuovo en Liniers, y caminando por esas tranquilas calles del barrio, me dijo que sus libros los había parido con mucho sufrimiento, y que el Decálogo del escritor que me había enviado quinde días atrás, no era otra cosa que cuanto él sinceramente pensaba. Jamás puse en duda su palabra; su objetivo era ser honesta y sabiamente. La literatura no significaba para el autor de Larvas sólo comunicación, sino también descubrimiento y autodescubrimiento.
A lo largo de pequeños hechos, aparentemente insignificantes, pude apreciar su generosidad. Una tarde, hablando por teléfono, le conté que había visto en una librería de la calle Corrientes, muy bien expuesta, sus Memorias. “Dígame su impresión”, me dijo. Entonces respondí algo avergonzado: “No lo compré todavía”. Al día siguiente recibí una carta –febrero 6 de 1978– en la que me dice: “Por este mismo correo el envío Memorias”.
Ahora releyendo relatos de Leónidas Andreiev, me acordé de Elías Castelnuovo. Algunos aseguran que el escritor ruso influyó notablemente sobre su escritura. Pienso que el pesimismo de Andreiev no es negativo y sí más bien reflexivo. Léase detenidamente La llamada. De pronto el hombre ha descubierto en su mujer “algo nuevo” que lo devuelve vitalmente a la vida. Y si Ben-Tovit es un cuento penumbroso, no por eso deja de ser altamente significativo. Elías Castelnuovo era un lector acucioso, penetrante, activo. La literatura era para él un compromiso que iba más allá de la escritura.
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(1) Este café tradicional del barrio de Boedo fue demolido hace unos años; en su lugar se levanta ahora una pinturería (N. de la R.)

Imagen: Retrato de Elías Castelnuovo.
Material tomado del libro de L. Z.: Narradores del grupo de Boedo, Ediciones Cañón Oxidado, Bs. As., 1993.

17 may. 2011

La plaza Dorrego



(De Ricardo M. Llanes)

El primero de los espacios libres que pierde su primitiva condición de “hueco”, ha de ser el actualmente denominado plaza Dorrego, pues allá por días anteriores a 1745 el lugar era conocido como el “Hueco de la Residencia”, que aludía a la casa de reclusión y ejercicio de los jesuitas, que se encontraba al lado de la iglesia. Y “Plaza de la Residencia” fue llamada hasta mediados de 1828, en que ya el vecindario comienza a nombrarla “Plaza de Comercio”, adjudicándole el de la renovada nomenclatura dado a la calle que fuera de Bethlem, en 1734, Núñez en 1808, Comercio en 1820 y Humberto I a partir del 20 de septiembre de 1900. Y digamos que en la historia de nuestros antiguos barrios, el de esta plazuela se lo ubica mediante dos designaciones: San Telmo por la iglesia  de San Pedro González Telmo que se levanta en Humberto I 340, y por el del “Alto de San Pedro”, que señala un punto dentro de la misma zona, el de la plazuela; sin olvidar que también se conocía como barrio del Alto de San Pedro la parroquia llamada de la Concepción.
En San Telmo tal indicativo obedecería, lisa y llanamente, a la forzosa parada de los carreteros que, después de salvar la barranca de Marcó (calle Defensa, desde Martín García a Brasil), daban con este sitio ya convertido en plaza de carretas, donde se detenían en espera de que el zanjón de la arteria llamada San Andrés (hoy Chile), permitiera el paso, pues en él las aguas eran correntosas a causa de las lluvias. Y el alto no sólo permitía el descanso y abrevadero de los bueyes: los conductores, que dejaban la picana para besar el crucifijo, tenían tiempo para meterse en la iglesia a impetrar la buena suerte; así como en la pulpería a procurarse el pan y el queso, el cuarto de vino y los naipes que les ayudaban a olvidarse del temporal; y eso lo encontraban en la que abría sus dos puertas esquineras en Defensa, es decir, en la esquina colonial que aún existía en el año 1912. Tal, entre otras, la tradición más aceptable que se refiere al origen de la designación “del Alto”.
Desde muy antiguo, pues, esta plazuela significaría un punto de verdadera importancia, como que lo era de encuentro de los abastecedores que allí, adelantados por el mal tiempo, tomaban conocimiento de las cargas y frutos que colocarían en los mercados y tiendas de la ciudad. Por otra parte, debe tenerse en cuenta que se encontraba en el camino más transitado por aquellos días de la Colonia, ya que nuestra calle Defensa, que entre otros llevó el nombre de calle Real, constituía la vía directa entre el puerto del Riachuelo y la plaza Mayor, en comunicación con el Fuerte, el Cabildo y la Catedral.
De que al Hueco de la Residencia se lo destinaría a una plaza de carretas, existe documentación que así nos lo asegura: un Acuerdo del Cabildo del año 1745. Y sin duda alguna que este lugar de la tradición santelmina donde French concentraría, como muy apropiado, los chisperos que acaudilló para el triunfo de Mayo, continuó siendo paradero de carretas hasta muy entrado el siglo XIX.
No obstante la prohibición de construir mercados u otros edificios en las plazas de Buenos Aires (ley nacional del 5 de octubre de 1862), ya en ese mismo año encontramos establecido en la plazuela San Telmo el llamado mercado “Del Comercio”, qua ha de mantenerse hasta que abre sus puertas el otro denominado “San Telmo”, dentro de la manzana Estados Unidos, Carlos Calvo, Bolívar y Defensa, lo que acontece en el año 1897. Con todo, y a pesar de su color de feria, la plazuela se mantuvo como escenario de nocturnas concentraciones políticas, o de grupos escolares para cantar el Himno patrio, en el centro la bandera saludando al sol. Y fue apostadero de los penitentes en silencio y de las devotas del velo y el devocionario, al paso de la dolorida Madre inclinada sobre el hijo de Dios, martirizado, en la noche de la Semana Santa porteña.
Tanta y tan antigua preferencia gozaba entre los chicos y los mayores, que el parque Lezama, en una época en que todavía no se había desentendido de su característica de quinta particular, no obstante pertenecer al municipio, no era solicitado por el vecindario de San Telmo, que persistía en no desprenderse de la acogida franca y abierta de la plazuela amiga, siempre en estado de humildad. Y un día casi desaparece bajo la obra monumental de don Rogelio Yrurtia: en tan poco espacio, el grupo del “Canto al Trabajo” resultaba la misma figura de la más impresionante enormidad. Recordándolo, expresaba uno de nuestros prestigiosos escritores: “la vieja plaza de la Resistencia, actual placita Dorrego, donde se demoró el ‘Canto al Trabajo’ de Yrurtia –que vivió allí cansado buscando espacio abierto que le diera aire y perspectiva–, sigue estando en Defensa y Humberto I” (1).
La historia quiere recordarnos que la plazuela contaba a diario con la presencia de patricios que alcanzarían notable notoriedad: Bernardino Rivadavia, con residencia frente a ella, como nos lo indica una publicación de 1914; lo mismo Domingo French, que tenía su casa en Defensa 1066, y Esteban de Luca, que se domiciliaba a pocos pasos de su encuentro.
Y si en ninguna época tuvo, como otras plazas de la ciudad, sus revuelos de palomas, en cambio contó con los aletazos de las campanas de San Pedro González Telmo, cuyas vibraciones, dulce y lentamente, alcanzaban las vidrieras de sus ventanas con la presencia de María, la elevada en las purísimas melodías de Schubert y de Gounod. Se dirá que estamos cayendo por resbalar sobre el cascarón de lo romántico; sí, lo que se quiera. Pero lo cierto, lo innegable, es que toda la existencia de este pequeño cuadro urbano de 1.800 metros cuadrados (conforme con el Censo Municipal de 1904), ha sido eso: poema romántico manteniendo la memoria heroica de los hombres y mujeres que desembarcaron en su vecindad, después de cumplida la temeraria aventura marina en la que pusiera proa, cruz y espada, el Primer Adelantado; y como nos lo recuerda la historia ensangrentada de las Invasiones Inglesas, donde, en su casita de Humberto I 351 (desaparecida), alcanzara resonancia el atrevido ardid de doña Martina Céspedes. Y recuérdase que fue también en esa plaza donde “el día 13 de septiembre de 1816 el brigadier general don Juan Martín de Pueyrredón, en su carácter de Director Supremo, recibió del pueblo de la ciudad de Buenos Aires el solemne juramento de fidelidad a la Independencia Nacional que había decretado el Congreso de Tucumán el día 9 de julio del mismo año, y el compromiso de respetarla, afirmarla y defenderla” (2).
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(1) Víctor Luis Molinari; revista Lyra. Corresponde recordar que el poeta Molinari nació a un paso de esta plaza, en Defensa 1067.
(2) La Junta de Estudios Históricos de San Telmo, rindiendo su homenaje a la memoria de tan importante acontecimiento, y con la asistencia de autoridades representantes del gobierno y vecindario en general, colocó en la esquina de esta plaza, sobre la calle Defensa, una placa de mayólica que recuerda el hecho histórico. En tal oportunidad oró y bendijo la placa el presbítero Pedro Scarzella, presidente de la Junta, pronunciando el discurso de rigor, al descubrirse aquélla, el miembro de número profesor José Carlos Astolfi. En tan significativo acto, página ilustre en la historia de esta plaza, con la bandera en alto, la canción del Himno y el aplauso del barrio en pleno (mañana del domingo 13 de septiembre de 1970), ofició de relator el ex diputado nacional doctor Oscar López Serrot.

Imagen: Plaqueta en la plaza Dorrego.
Material tomado del libro: Antiguas plazas de la ciudad de Buenos Aires. (Bs. As., 1977).

16 may. 2011

Historia del Mercado de Abasto Proveedor


(De Ulises Karlson)

En este artículo trataremos fechas claves de la historia del edificio del actual Abasto de Buenos Aires; a vuelo de pájaro. Porque es interesante conocer cómo y cuando los hechos acontecieron. Desde su fundación hasta el día de hoy.
Balvanera compartió con Retiro y Constitución el recibir, por tren, productos del interior. No es casualidad que por la zona se crearan dos grandes abastecimientos para la ciudad; el Mercado Proveedor (Abasto), el Mercado Ciudad de Buenos Aires (Spinetto) y uno de mucha menor magnitud, el Mercado Rivadavia (1882-1947). Ahora veremos la historia del primero.
Ya en 1888 la sociedad Antonio Devoto y Cía. solicita de la Municipalidad autorización para un mercado en su terreno. El 8 de enero de 1889 en la sesión del Honorable Consejo Deliberante, las comisiones de Hacienda, Obras Públicas e Higiene, aconsejan acceder a tal solicitud aprobando el contrato ad referéndum celebrado por el Departamento Ejecutivo dado que debía seguir ciertos planos. Estaría situado entre Corrientes, Lavalle, Anchorena y Laprida (hoy Agüero). Un área de 25 mil metros cuadrados. El Artículo 3° establecía que la concesión “sólo servirá para la venta al por mayor de las verduras y frutas y demás artículos de abasto, con exclusión de la carne, de cualquier clase que sea, y de las diversas clases de embutidos”.
El 30 de julio de 1889 queda constituida la Sociedad Anónima Mercado de Abasto Proveedor integrada por productores y puesteros del recientemente clausurado Mercado Modelo de
la Plaza Lorea.
El
29 de agosto del mismo año, el Poder Ejecutivo aprueba los estatutos de la sociedad anónima constituida con un capital de un millón de pesos m/n (moneda nacional) dividido en 10.000 acciones.
El 17 de noviembre, los señores Devoto acuerdan un permiso de construcción de galpones provisorios y poco después venden los terrenos a la citada sociedad anónima, incluida la concesión obtenida de la Municipalidad.
En 1890 se habilitan las obras precarias y son inauguradas definitivamente el primero de abril de 1893. En 1892 se instala un frigorífico y al año siguiente se inaugura la fábrica de hielo. En 1907 se amplía el mercado, debido al aumento de operaciones. El capital de la sociedad asciende a cinco millones de pesos m/n.
En 1911, el frigorífico se amplía en Gallo y Guardia Vieja. En 1915 se crea la Caja de Jubilación, Auxilio y Pensiones para los empleados de la sociedad. Hacia 1920 se comienza a notar que las instalaciones son nuevamente insuficientes. En diciembre de 1921 se llama a un concurso público. Los ganadores del primer premio, los arquitectos Guilbert-Gantner, jamás concretarán la obra. Pasará lo mismo con el arquitecto Mario Palanti. Un requisito muy difícil de sobrellevar era que durante la obra no se debía interrumpir la actividad del mercado. Todo se complicaba porque estaba en construcción el subterráneo a Lacroze. Finalmente, en 1926 se realiza un nuevo concurso que ganan los ingenieros Delpini, Sulcic y Bes.
 En el ínterin, durante 1922, se habían ampliado los frigoríficos a tres subsuelos y cinco pisos.
Se consiguen lotes vecinos para continuar provisoriamente la actividad mientras se construye el nuevo edificio. Estamos en 1928. Paralelamente se modifica el reglamento original. Se autoriza la actividad minorista.  Diez años más tarde se permite también la comercialización de carnes.
El 28 de diciembre de 1931 se coloca la piedra fundamental del nuevo edificio sobre la avenida Corrientes. La primera parte se inaugura el 24 de mayo de 1934 con la presencia del presidente de la nación Agustín P. Justo, y otras autoridades nacionales y municipales. El edificio había sido proyectado para cubrir toda la manzana (doble), o sea 21.259 metros cuadrados, pero problemas financieros hicieron que se construyeran apenas más de la mitad del espacio planificado. Para ese entonces son cuatro los mercados mayoristas de abasto de la ciudad: el Spinetto, el Dorrego, el de Liniers y el Abasto. En 1937 el edificio del Abasto obtiene por unanimidad del jurado el premio municipal de edificios y fachadas.
El 27 de noviembre de 1952 comienza un incendio que dura varios días y amenaza destruir el edificio. Una vez dominado el fuego el ingeniero José Luis Delpini –que además del Abasto es el proyectista de La Bombonera– lo reconstruye reforzando las partes dañadas. Llamó la atención la firmeza del edificio.
El Mercado del Abasto cierra, en 1984, al trasladarse su actividad al nuevo Mercado Central de la autopista Ricchieri. El edificio se desea conservar y surgen varias propuestas a lo largo de los años. Ya en 1978 el maestro Antonio Berni había propuesto transformarlo en un centro cultural tipo el parisino Centro de Artes Georges Pompidou erigido sobre el desaparecido Mercado de París. En 1983 se propone algo similar: la instalación de un predio ferial con área para congresos, espectáculos y servicios culturales. Incluso se llega a plantear el instalar ahí el Archivo General de la Nación.
Son muchas las ideas y las promesas, pero nada se concreta. La Cooperativa El Hogar Obrero finalmente se hace cargo del espacio planeando construir un gran centro de compras con cines, restaurantes, bares y un hipermercado. El proyecto fracasa con la quiebra de la mencionada cooperativa.
Mientras tanto el barrio va cambiando. El 20 de noviembre de 1994 Clarín titula: “Abasto: Bronx porteño”, donde a modo de resumen ponía: “Drogas, prostitución, sida, marginalidad, delincuencia”. Por otro lado, parte de la vecindad recuerda un alegre barrio, con memorables carnavales, con sus vecinos mateando en la acera mientras el tango seguía siendo la música del lugar. Tal vez, ambas sean verdad; como dos caras de una misma moneda.
A mediados de los noventa, George Soros compra el edificio y se reinaugura el Abasto de Buenos Aires el 9 de noviembre del año pasado (1), luego de varios años de refacciones. El proyecto es muy parecido al de El Hogar Obrero. Cabe agregar que es el shopping más grande de la ciudad. También esta vez se encontraron entre los invitados el presidente de la nación, el jefe de gobierno y altos funcionarios del gobierno nacional y del gobierno comunal.
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(1) Se refiere al año 1998 (N. de la R.).
Bibliografía:
Cuadernos del Aguila 22, Editorial Fundación Banco de Boston, 1996.
Diario Clarín (20-11-1994).

Imagen: El Mercado de Abasto, pasada la media centuria del siglo XX mucho antes de ser shopping.
Tomado de la revista El Abasto, Nº 1, mayo 1999) (http://www.elabastoweb.com.ar/ )