3 feb. 2011

Una ironía de Baring-Brothers


 
(De Mario Tesler)

La fórmula Hipólito Yrigoyen-Pelagio Luna había triunfado en los comicios nacionales de 1916. El veterano caudillo radical no entabló contactos previos, a la ascensión del gobierno, con las autoridades salientes.
El gran diario conservador La Nación, tan sensible a las prácticas protocolares, publicó como noticia que el señor Yrigoyen no ha querido entrevistarse con el presidente doctor De la Plaza, ni ha solicitado información alguna relacionada con la marcha del gobierno; y agrega: El doctor De la Plaza no conoce al señor Yrigoyen, de modo que por primera vez el presidente de la República entregará el mando a su sucesor, sin haber cambiado una palabra con éste, antes de la ceremonia oficial.
El vicepresidente Victorino De la Plaza, en ejercicio de la primera magistratura por fallecimiento de Roque Sáenz Peña, entregó al ciudadano Hipólito Yrigoyen los atributos del poder, con los cuales iba a desempeñar sus funciones de gobernante.  Con anterioridad a esa ceremonia, los integrantes del binomio triunfante se dirigieron, en carroza y escoltados por granaderos, al Congreso Nacional. El pueblo desató los caballos para conducir  a  Yrigoyen.
Esa multitud de hombres, de jóvenes y viejos, esa multitud de argentinos e inmigrantes no se satisfizo con acompañar a Yrigoyen hasta el Palacio de las Leyes. Penetraron en él;  querían estar presentes en la jura de sus representantes ante la Asamblea Legislativa.
Pocas horas después, los exponentes de la vieja política conservadora  comentaban horrorizados el espectáculo presenciado. Esa tarde, Benigno Ocampo, a la sazón secretario de la Asamblea, en rueda de amigos, exclama: Ha sido terrible… Escupieron las alfombras… Descolgaron las cortinas en el empeño de verlo…En la calle reemplazaron a los caballos y empujaron el coche... Hemos pasado del escarpín de baile, a la alpargata…
Ramón Columba, taquígrafo y  caricaturista,  en su obra El Congreso que yo he visto, justifica la reacción de Benigno Ocampo: Su cuello alto, altísimo, no está planchado para resistir tales estrujones de la multitud irreverente, ni sus zapatos finos los pisotones de Flores. Barracas, Boedo, Balvanera… Y sus oídos afinados para la Ópera o para el Odeón, no se acomodan al grito estridente de la calle: “¡Viva Hipólito Yrigoyen!... ¡Viva!...”
La definición de Benigno Ocampo en cuanto a lo ocurrido, es breve pero exacta, tal vez su metáfora más lograda.  Ningún historiador ha explicado de manera más concisa lo ocurrido con el triunfo de Hipólito Yrigoyen. Don Benigno tuvo razón: habíamos pasado del escarpín de baile, a la alpargata.
Así se inició una nueva etapa en la vida argentina,  sobre la cual se ha escrito pero aún hay  mucho  por  decir.
La presencia del radicalismo significó, es imprescindible reconocerlo, mucho más que la negativa del presidente electo a entrevistarse con el saliente. Con Yrigoyen llegan al gobierno, por primera vez, las alpargatas y los hijos de inmigrantes; un ejemplo es Diego Luis Molinari, cuyo padre era un italiano carbonero establecido en el barrio de Balvanera, y quien es nombrado  subsecretario de Relaciones Exteriores.
La oligarquía gobernante advirtió el peligro. El surgimiento de la clase media, los hijos de gringos ávidos de participar en la conducción del país, la acción permanente del anarquismo y el socialismo, obligaban dar a una nueva expresión política  la conducción del  país.  La  revolución  del  90  fue  su  anuncio.
La oligarquía se tomó su tiempo. Solidificó y agudizó su dependencia con Gran Bretaña. Endeudó al país al máximo posible. Y cuando la revolución de la clase media parecía inminente –según Ortega Peña y Duhalde, en un estudio sobre la casa Baring Brothers–,  entregó  el  poder  nominal,  por  vía  electoral.
Después de tomar los recaudos necesarios, los hombres del Jockey Club, la Sociedad Rural y el Círculo de Armas se aprestaron a dejar tan sólo  el Poder Ejecutivo en manos de los radicales.
En 1914 se levantó el tercer censo nacional, que, ordenado por la Ley 908  bajo la presidencia de Roque Sáenz Peña, fue ejecutando durante la presidencia de Victorino de la Plaza. Una comisión nacional, integrada por los señores Alberto B. Martínez, como presidente,  Francisco Latzina y Emilio Lahitte, como vocales, tuvieron a su cargo la ordenación  y  comentario  de  los  resultados.
Alberto B. Martínez en sus consideraciones sobre el censo de los valores mobiliarios expuso los resultados obtenidos. Poniendo en evidencia la dependencia económica  de nuestro país  con  el  extranjero,  especialmente  con  Inglaterra.
Para dicha tarea se distribuyó un cuestionario a todas las sociedades anónimas del país. Se les solicitaba saber en qué país se habían  emitido los títulos o acciones.
Aunque muchas no contestaron el monto de los capitales cuyo país de emisión es conocido, ascendía a la enorme cifra de 4.608.614.669 pesos. De este total, 1.119.737.719 pesos moneda nacional corresponde a títulos emitidos en la República Argentina; 281.709.018 pesos a títulos emitidos en Francia; 2.399.587.165 emitidos en Inglaterra; 25.650.000 pesos emitidos en Alemania; 137.064.546 pesos emitidos en Bélgica; y 645.866.221 pesos emitidos en otros países. 
El presidente de esa comisión nacional reconoció haber llegado el momento de iniciar una reacción tendiente a estimular la aplicación del capital argentino en las empresas comerciales e industriales, a fin de disminuir el tributo aquel que pagamos al extranjero, y las sumas colosales que salen de la República con este objetivo.
Hipólito Yrigoyen recibió el gobierno de un país explotado por la oligarquía  y comprometido con la banca extranjera.
Yrigoyen tuvo plena conciencia –afirman Duhalde y Ortega Peña– de que en el fondo había sido víctima de una gran jugada oligárquica. Y agregan, los citados historiadores, esta información a manera de corolario, que también es típico ejemplo de ironía a la inglesa: El primer telegrama que recibió Yrigoyen de felicitación tras su triunfo electoral era otra expresión significativa: estaba firmado por Baring-Brothers, según contaba Diego Luis Molinari.
Molinari,  recordó su hijo Ricardo Luis, siempre escuchó decir al viejo Yrigoyen: Debimos haber llegado por revolución y no por elección.
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Imagen: Caricatura de Hipólito Yrigoyen por Ramón Columba.