3 nov. 2010

Los recuerdos de aquellos domingos


(De Roberto Díaz)

Me vienen a la memoria esos domingos de antes, cuando el barrio era más barrio y los hombres se preparaban para la jornada futbolera. No había televisión, no estaba el “Pato” Galván, no había dos millones de movileros dando la formación de los equipos ni ese chusmerío insoportable de vestuario abierto para llenar horas y horas que nos facturan.
Sólo la radio, en la voz medida de Fioravanti, los comentarios de un tipo culto como Enzo Ardigó o el vozarrón de Aróstegui o de Carlos Solé, un uruguayo que transmitía a mil por hora.
Pero la cosa empezaba a la mañana cuando mi abuela me mandaba a llevar la asadera a la panadería. Mi abuela era terrible, nunca vi a nadie defender el peso como ella. Contaba las papas y las batatas del asado al horno y las anotaba en un papel. Era la medida de prevención para que no la chorearan. Pero la choreaban igual y cuando yo regresaba con la asadera, contaba de nuevo las papas y batatas y siempre faltaban. Me mandaba de vuelta a reclamar. ¡Ah, las piñas que se armaban dentro de la panadería! Porque a todos les faltaba. Nunca supe adónde iban a parar esas papas y batatas faltantes de las asaderas de aquellos años. ¿Iban a calmar el hambre de los maestros de pala? ¿Había transferencia de asaderas como pasa, ahora, con la guita que transfieren a las cuentas del exterior? ¿O simplemente las papas y batatas se esfumaban, poéticamente, dentro del horno en busca de un destino menos prosaico que el de engrosar las panzas de los comensales? La verdad: nunca lo supe.
Recuerdo, también, a mi primo Alberto tomando mate ya con el gorro partidario embutido hasta las orejas. Mascullaba, en su ansiedad, la formación del equipo y de qué modo había que jugarle al contrario. Mi primo Alberto era una especie anticipatoria del doctor Bilardo, pero sin naso y sin corbata para pellizcarse.
Otro de los dramas de los domingos era mi tío Fernando (¡un desastre!); nunca encontraba el carnet del club; lo empezaba a buscar una hora antes del partido. Su suegro, don Pascual, un calabrés fanático y vitalicio, se paseaba, nervioso, por el patio mientras mi tío revolvía el ropero, se tiraba debajo de la cama, revisaba los bolsillos de viejos sobretodos y gabanes y, cuando don Pascual ya estaba al borde del infarto, por la bronca, el carnet aparecía milagrosamente en el fondo de la mesita de luz o adentro de una caja de botines. Por supuesto, con las cuotas vencidas.
“¡Y dale! ¡Y dale! ¡Porca miseria!”, eran los dichos de don Pascual mientras rumbeaba a todo lo que le daban sus piernas para no perderse los primeros quince minutos del partido.
¡Ah, los domingos! Con la mesa tendida mucho antes para cumplir con los horarios futboleros. Eran los tiempos en que los partidos empezaban a la misma hora, se jugaba un campeonato completo, no existía el promedio del descenso ni la Copa Libertadores ni la Sudamericana ni la del Mercosur ni la de leche y los jugadores se quedaban una vida en el mismo club y los hinchas iban de saco y sombrero.
Eran pocos los que se rajaban a Europa, pocos los que tenían representantes y los empresarios estaban para otra cosa, no para comprar y vender carne humana. Así era en aquellos años de gente tomando el fresco en la vereda, donde nadie te secuestraba por dos mangos ni te mataban por un par de zapatillas y las casas eran de puertas abiertas y los herreros martillaban herraduras para los yobacas y no rejas para encerrar vecinos.
Los ravioles no se iban a buscar a las casas de pastas; los amasaban las amas de casa que sacaban unos bíceps parecidos a Ararat de tanto darle al palote. Y la gente, perdóneme, era más inocente: con el “progreso”, vendría la experiencia, esa de la que  abominaba el viejo Blake y que es la causante de tanta perversión humana.
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Imagen: Hinchas de fútbol entrando al viejo “Gasómetro” (cancha de San Lorenzo de Almagro, en avenida La Plata. (Foto tomada circa 1944).
De: Historias de Pepe Corner, ediciones EDEA, Bs. As., 2008.