7 nov. 2010

Villa Lugano: el cielo de los intrépidos


(De Elías Carpena)

No se podía llegar a estas tierras del sur sin hacerse al sacrificio de una excursión prolongada. La mitad de ella se hacía en tren o en volanta colectiva, y la otra parte a pie. Las volantas partían de tres puntos: de la avenida Rivadavia y Ensenada, de Rivadavia y Candelaria, y de Rivadavia y Mariano Acosta. El término lo constituían la calle Laguna y Lacarra, en avenida Campana (1), sobre el puente del Ferrocarrril del Oeste en su ramal al Riachuelo (2). El tren salía de junto a su estación, en las avenidas Olivera y Rivadavia. Componían el convoy dos vagones para los viajeros. La máquina de vapor que los tiraba era una símil de “La Porteña”. Hubo una época en que todo se redujo a un vagón y la máquina; después, al vagón sólo tirado por una yunta de caballos. A este tren se le había bautizado con el nombre “La Maquinita”. En los flancos de los vagones, en la tablilla indicadora del recorrido se leía: Floresta-Riachuelo. Y en otro más empinado, sujeto a éste: Aviación Lugano. Había quienes lo denominaban “El tren de los Aviadores”, porque muchos de ellos se trasladaban en él. El maquinista era un gaucho cabal, que abandonó su caballo por la dirección del tren. Su vestimenta era una blusa, bombachas sostenidas por una faja en la cintura, alpargatas y sombrero. Todo su vestir de pies a cabeza era negro. Alejado del tren, en el medio de la calle, impaciente, clavaba los ojos  en los tranvías que recorrían la avenida Rivadavia, y cuando algún pasajero iba en busca de su tren, lo apuraba con palmadas sonoras y la voz, diciéndole: “¡Corra, señor; que ya sale la maquinita!”. En cuanto notaba repleto los vagones, cobraba el pasaje y, terminado el menester y subido a la máquina, hacía sonar un pito estridente y partía el tren en un jadeo, removiéndose, trepidante, y con más ruido que velocidad. Pasaba sobre la avenida Olivera en busca del sur, dejando en el espacio una línea de humo. La calle era de tierra y de huellas hondas y pantanosas. En  la marcha, puestos los ojos en un descubrimiento de paisajes, se veían inmensos alfalfares, pocas casas y demasiado campo. La gente vecina, al oír el ruido del tren, salía siempre para verlo y renovar su admiración y echar un adiós a los pasajeros, agitando la mano. Los niños, con saltos de júbilo y apareándose luego, lo acompañaban en carrera y a gritos: “¡La maquinita, la maquinita! ¡Viva la maquinita!”.
El tren iba deslizándose por la avenida, bordeando el oeste de la quinta Olivera (3), y frente a un poste con la chapa que decía calle Arrecifes (4), y que sólo eran vías en un campo, cambiaba el rumbo en busca del poniente. Antes de doblar por la calle Larrazábal se detenía y el maquinista daba un furibundo grito alargado: “¡La Curva: Mataderos!”. Descendían los que iban de compra al nuevo matadero, con sus canastas o bolsas, y los que allí tenían trabajo. Subían otros y continuaba de nuevo la marcha, jadeante y sonora, en busca de la región sur. Había pasajeros para el caserío de Villa Lugano, pero el campo de vuelo era la atracción, y allí, en cantidad, descendían. Se tiraban impacientes y cercaban, curiosos, el aeroplano que hacía rugir el motor aprestándose para iniciar la ascensión. El aparato volador, retenido, pujaba por zafarse de los mecánicos. Una pradera extendida desde los hangares hasta las márgenes del río, recibía el paso del avión, trepidante en tierra, y lo veía elevarse sonoro y con la majestad de un pájaro dominador del aire, Paisaje de cielo y tierra que poseyeron los primitivos voladores. Proeza de grandes voluntades en frágiles naves de vuelo. Hay un símbolo: encarna el valor y la temeridad, Teodoro P. Fels, el intrépido. Un día lo miraron partir, como acostumbraran a mirarlo partir. Nadie creía que tomaba el camino de la heroicidad. Lo vieron salir los hangares, lo recibió la pradera verde por donde se deslizaban las ruedas del monoplano, y alzarse en vuelo rotundo. Lo miró el río, el Riachuelo, virar en busca de la zona este, seguir por arriba de su curso, alejarse y perderse en la lejanía de la ciudad. Lo descubrió el caserío surcando la altura y entrar por el alto espacio que corresponde al Río de la Plata, y lo vieron las aguas del río cómo iba tendiendo un camino entre Buenos Aires y Montevideo.

En estas bajas llanadas eran frecuentes las crecidas. Una vez sucedió que el río Matanza, por las persistentes lluvias en el interior, se lanzó creciendo sobre el Riachuelo, desmesuradamente desbordado. Las aguas de invasión se alzaban en el campo de vuelo. La creciente era de las bien caudalosas. Se descubrían los hangares anegados y el campo hecho lago profundo desde los altos de Larrazábal. Al tercer día de inundación irrumpía en el espacio un aeroplano. Las conjeturas estaban en estas palabras: “¿De dónde ha salido si la crecida cubre el campo de aviación?”.
Ocurrió que el aviador Castaibert, ganoso de volar, y como la inundación persistía, traspuso en unos tablones, a manera de balsa, la crecida, y llegó a los hangares y al taller. Allí le cambió a su aeroplano las ruedas por patines flotadores y partió al aire triunfante sobre aquel lago undoso y temido.
Improvisación feliz del primer hidroplano nacional. ¡Gloria para el maestro Castaibert!, encumbrado pionero de la naciente aviación, y valgan estas palabras suyas, que siempre repetía al encontrarse ausente de la región ansiada: “¡Mi felicidad la tengo en el campo de aviación de Villa Lugano, en ese aire, en ese espacio que sustenta mis sueños y mis ansias!”.

Era un día como de fiesta; lucía el espacio con un añil sedoso, y la pradera por donde rodaban los aviones para levantar el vuelo tenía un verde florecido en esas florecillas blancas que crían las tierras del bañado, y que le dicen los del lugar “lirios de agua”. Se oía pitar a “La Maquinita” y se la vio descender por la colina y llegar a la llanada. Descendió el inmenso pasaje y buscó ubicación en el campo de vuelo. El aviador hizo rugir el motor del aeroplano. Los mecánicos y algún alumno sujetaban, agarrados fuertemente del monstruo volador; tras de varias aceleraciones profundas, el aviador dio las señales de soltar y apartarse. El aeroplano partió y su deslizamiento fue por todo el campo sobre el rodado. Armó la velocidad y se levantó en franco vuelo empinado. Alcanzó el puente de La Noria, se internó en la zona provincial y la dejó virando gallardamente, siguiendo la vena fluvial hacia el este. Revoló sobre la isla del polvorín, sobre Villa Soldati, sesgó la marcha y se hizo dueño de la altura del extendido predio municipal: de los campos de la quinta del molino, de los de “La Casa Vieja” y se desplazó en firme dominio en busca del sudeste para dar término en el lugar de partida. Ya dominaba el regreso, ya veía los hangares brillando al sol y el terreno de aterrizaje hasta el río, mas como si el vuelo le faltara, como si una pared de espacio lo detuviera, quedó suspendido en el aire… No avanzaba y cayó. Cayó fuertemente vertical. Cayó como el meteoro que deja un reguero de luz o de chispas. El aeroplano quedó abatido en el campo de las pitas, hundido sobre el mecanismo de aterrizaje. El aviador se mantenía en su asiento, con una inclinación apenas hacia el frente, y la cabeza gacha, como si meditara…
La primera en llegar fue la china Dionisia, tambera del lugar. Se acercaba con susto, observaba el perfil del aviador,  hizo una mueca de dolor y se le arrimó más. Entonces exhaló un furibundo quejido. Clamaba en una especie de llanto: “¡Dios mío, tiene una varilla clavada en la sien!”. La quitó, y al quedar el boquete al descubierto, manó un chorro de sangre…, seguía manando con intermitencias.
El aviador era Lorenzo Eusebione, una de las primeras pérdidas de los exploradores de nuestro espacio.
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Imagen: Bóveda en la Chacarita (Cementerio del Oeste) del aviador Lorenzo Eusebione (1889-1913), primer civil mártir de la aviación argentina. (Foto tomada de: findagrave.com)
Texto tomado de: La amistad de algunos barrios, Cuadernos de Buenos Aires; Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, segunda edición, Bs. As., 1972.
 (1) En la actualidad Avenida del Trabajo (Al momento de escribirse esta nota). En la actualidad, avenida Eva Perón [N.de la R.]).
(2) Por donde hoy pasa la avenida Perito Moreno.
(3) Actualmente Parque Nicolás Avellaneda.
(4) Hoy, General Eugenio Garzón.