2 nov. 2010

Tesoros de nuestros barrios


(De Jorge Luchetti)

La ciudad de Buenos Aires es un laberinto de raras sorpresas que uno va descubriendo al recorrer sus calles. Coghlan, Saavedra, Villa Urquiza y Villa Pueyrredón se nutren de este tipo de obras exóticas. Estas curiosidades arquitectónicas, muchas de las cuales sucumbieron a la piqueta, son parte de nuestra identidad y deben ser preservadas.

 La difusión de aquellos caprichos urbanos que rompen con el común edilicio de la ciudad, armados en detalles peculiares y anecdóticos poco conocidos, intentan reforzar la idea de identidad urbana de la metrópoli en su conjunto y de cada barrio en particular. Como suele suceder también cuando Buenos Aires se transforma y moderniza, muchas de estas rarezas que aún subsisten pasan inadvertidas a nuestros ojos, pero hay otras que desaparecen sin dejar rastros.
Intentaremos ser más explícitos a través de algunos ejemplos, empezando por el centro de la ciudad. En primer lugar nos referiremos a la mítica Casa de Gobierno, que si bien da la idea de un edificio simétrico, carece de equilibrio debido a que originalmente funcionaban en el lugar dos construcciones disímiles, separadas por una pequeña calleja, que hoy forma parte de la arcada de acceso. Sobre la calle Rivadavia se encontraba antiguamente el Fuerte de la Ciudad, transformado luego en la primera Casa de Gobierno, y sobre el lado opuesto se había construido la sede del Correo Nacional. El arquitecto Francisco Tamburini se encargó de unir las dos construcciones, intentando obtener una simetría que sólo aparece en forma aparente.
También cabe mencionar el testigo en piedra que no se cansa de mirar hacia la Plaza de Mayo. En Diagonal Norte y San Martín, con proa hacia la plaza, hay un edificio construido por el arquitecto Eduardo Le Monnier, quien decidió inmortalizar su rostro calvo y de bigotes debajo de uno de los balcones de la esquina. De igual forma existieron otras particularidades en el centro de la ciudad, que si bien nunca se llegaron a realizar tan sólo por lo singular de la idea vale mencionarlas.
A finales del sigo XIX, junto con la apertura de la Avenida de Mayo y con la idea de modernizar la ciudad, se proyectó un monorriel que recorrería la gran vía de un extremo a otro. Esto seguramente hubiese deslumbrado a cualquier porteño. Así también se había proyectado un puente de cristal que cruzaría el bulevar de lado a lado, idea que fue descartada debido a que la obra cortaría la visual del Congreso a lo largo de la avenida.

MISTERIOR URBANOS
Saliendo del radio céntrico de la ciudad podemos encontrarnos con varias de estas rarezas urbanas, como por ejemplo el ancla de hierro de gran tamaño ubicado en el barrio de Flores, en el cruce de las calles Recuero y Pedernera. Si bien podríamos pensar que sólo ha sido instalado en forma decorativa, esta enorme pieza de hierro actúa como una especie de parachoques ante la falta de semáforos.
También podemos agregar en el listado a la cortada de San Ignacio, pasaje tradicional del barrio de Boedo. Allí se realizan las fiestas carnestolendas y en ese lugar se perpetraron las primeras exposiciones de esculturas a cielo abierto de toda la ciudad. Si bien lo mencionamos como algo atípico, entendemos que debería ser una costumbre porteña.
Tampoco podemos dejar de incluir curiosidades de gran escala como el conjunto habitacional Parque Los Andes (1926), único en la ciudad por sus características. Se encuentra en el barrio de Chacarita y no sólo es un grupo de viviendas más sino que hay jardines, patios de juegos, comercios, paseos peatonales, biblioteca y hemeroteca y salón de actos, algo que se diferencia bastante del común de las manzanas de Buenos Aires. Vale mencionar a los lofts de Dorrego, en el barrio de Colegiales, donde antiguamente funcionaba el molino harinero “Buenos Aires”. Los viejos silos de hormigón se transformaron en lujosos departamentos, o sea que donde antes funcionaba un depósito granero hoy viven  familias de alto nivel económico.
De aquellas particularidades ya desaparecidas nos referiremos a las grutas de Constitución, obra realizada en 1895 que simulaba un castillo ubicado en una de las esquinas de la plaza homónima. El periodismo de la época no tuvo compasión por la obra, a la cual ridiculizó hasta el hartazgo, lo que provocó en poco tiempo su demolición.
Hubo otras obras en la ciudad con características similares, llamadas rocallas o grutescas, como las ya desaparecidas grutas de Plaza San Martín, Recoleta y Once o la antigua casa de Cabildo 66, demolida en los años 80; pero las que aún subsisten son las escalinatas de las barrancas de Belgrano, en el cruce de las calles La Pampa y Arribeños, construidas en este estilo arquitectónico tan exótico.

CURIOSIDADES DEL BARRIO
Como podemos ver, la ciudad de Buenos Aires es un laberinto de raras sorpresas que uno va descubriendo al recorrer sus calles. Coghlan, Saavedra, Villa Urquiza y Villa Pueyrredón se nutren de este tipo de obras exóticas. En primer lugar nos referiremos al llamado “Obelisco de Coghlan”, muchas veces confundido con la chimenea de alguna antigua fábrica del barrio. Sin embargo, esta torre ladrillera cumple la función de ventilar la segunda cloaca máxima de la ciudad, que pasa debajo de nuestros barrios. Otro caso singular es el de la biblioteca "Bartolomé Mitre" instalada a en la estación Coghlan (Estomba, entre Rivera y Roosevelt), la cual se inauguró en 1967 y fue en el mundo la primera biblioteca emplazada en una estación ferroviaria.
Podemos agregar otras rarezas, como son las viejas tomas de agua de la estación Coghlan, esas canillas gigantes que antiguamente  alimentaban a las locomotoras a vapor; o los restos que quedaron del antiguo puente levadizo que sorteaba parte del arroyo que corría a cielo abierto en los bordes del Parque Saavedra. También para destacar agregamos la antigua casa en estilo art-déco ubicada en la calle Roosevelt 3258, sobre la cual descansa una nueva construcción de varios pisos en distinto estilo.
Y en Villa Pueyrredón nos encontramos con una diminuta manzana triangular, formada por el cruce de las calles Helguera, Carlos Robinson y Escobar. Es la fracción más pequeña del catastro y se destaca por su singularidad del resto de la ciudad, ya que el lugar está ocupado por una sola casa y se lo conoce como “La Manzanita”.
Ya desaparecidos, aunque todavía nos dejan una morbosa curiosidad, son los terrenos donde alguna vez funcionaron los cementerios del pueblo de Belgrano. Hubo un primer camposanto emplazado en las actuales manzanas de Blanco Encalada, Zapiola, Monroe y avenida Balbín. La pequeña necrópolis fue inaugurada el 21 de enero de 1860 y funcionó hasta l875. Hoy el lugar está ocupado por viviendas, sin quedar a la vista ningún resabio del viejo cementerio. En 1875 funcionó en la actual plaza Marcos Sastre (hoy barrio de Villa Urquiza) un segundo camposanto.
En ese tiempo, el nuevo cementerio estaba lejos del radio urbano pero el rápido crecimiento de la ciudad no tardó en llegar y en 1898, por razones de salubridad, se lo clausuró. Luego de largos años de abandono, el 28 de noviembre de 1919 una ordenanza municipal dispuso que el predio fuera transformado en plaza pública y que los restos allí depositados fueran retirados en un plazo de noventa días. De todas formas sólo se removió lo superficial, lo que dio paso a que se tejieran algunas lúgubres historias.
Tampoco han quedado huellas de la vieja cancha de polo ubicada en Coghlan, que ocupaba los terrenos delimitados por las actuales calles Roosevelt, Superí, Manuel Ugarte y Roque Pérez; sólo futuras excavaciones arqueológicas podrán acercarnos más a ese pasado.
En definitiva, estas rarezas son parte de la identidad de los barrios y debemos procurar preservarlas entre todos antes de que sea demasiado tarde.
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Imagen: Primera torre de ventilación de la 2da cloaca máxima, llamada "Obelisco de Coghlan", en Washington y Congreso. (Foto tomada del libro: Coghlan, una estación, un barrio de Noceti y Bence, Bs. As., 2000.
Material tomado del periódico El Barrio; junio 2008.