21 nov. 2010

Acordeonados: los Anconetani, ligados a su tradición familiar


(De Mario Bellocchio)

En aquel Regno d’Italia de Humberto I, il luogo ed il tempo nativo del Partido Socialista Italiano,  el de la proliferación de los ataques anarquistas de finales del siglo XIX, en 1879, en la pequeña Loreto de Ancona, nace Giovanni Anconetani. Pocos detalles de su vida van a trascender, salvo su afición por la música y los acordeones en particular. Tanto que desde jovencito dedica gran parte de su tiempo a fabricarlos artesanalmente. Siendo aún un muchacho se incorpora al establecimiento de Paolo Soprano quien le encomienda la representación de sus afamados instrumentos en América Latina y especialmente en aquella Argentina ávida de inmigración de comienzos del siglo XX.
Sólo en la primera década, Giovanni soportó catorce veces la dura travesía del Atlántico para arribar a Buenos Aires con los acordeones de Soprano. Claro que a partir de 1909  ya puede lucir la Medalla de Oro y Diploma de la Exposición Internacional de Comercio de Loreto por la invención de un sistema de mecánica en los bajos del acordeón que aún en la actualidad se sigue utilizando con el nombre de conversor.
Seguramente la tragedia de la Primera Guerra pesó tanto como el amor para que Anconetani decidiera asentarse en su tan visitada Argentina. Allá  por 1914, Elvira Moretti acepta su propuesta de matrimonio y se convierte en la que sería la madre de sus cinco hijos y compañera de la aventura pionera de Giovanni: la magia de teclas, soplos y sonidos originados en la lejana Italia, que pronto se descubren autóctonos, especialmente en el litoral de la nueva tierra.
Si algo le faltaba para decidirse a crear su propio establecimiento, esto sucede en 1917 cuando recibe la Medalla de Honor otorgada por el jurado de la Exposición de Comercio e Industria de Milán, por un acordeón de su fabricación. Evidentemente, es un incentivo que lo impulsa y un año más tarde en Guevara 478, una casa chorizo de las tantas que lucen sus amplios patios, coronados por la cocina y el baño al fondo –y cuando el terreno da para mayor amplitud, frutales y gallinero–, comienzan  a escucharse sonidos de fuelles y teclados fabricados por sus propias manos. En aquel Chacarita asentado alrededor del cementerio, una pequeña inquietud artístico-artesanal se transforma en el germen de una ponderada industria instrumental.
Los días transcurren entre encolados, lengüetas, afinaciones, fuelles, mamochas (1), pañales y pentagramas. Sí, porque aunque la mayor parte la lleva el taller, llegan Josefina, Luis, Juan, María y Nazareno con escalas –nunca más ajustado el término– que no superan en mucho el año de intervalo. Papá Anconetani parece resuelto a acunar llantos infantiles con sus composiciones que ya tenían notoriedad en los más diversos géneros. ¡Hasta un tango brota de su fértil creatividad!
Pronto, sin embargo, va retaceando su tiempo de compositor por las requisitorias, ya continentales, de la producción del taller. Mamá, mientras tanto, entre papillas y mamaderas, colabora con los primeros operarios en la construcción de fuelles, estuches y el armado de las voces del acordeón. Josefina, la primogénita, pronto tendrá oportunidad de demostrar en las tapas y ornamentación de los instrumentos las dotes de artista plástica que hoy la distinguen. Y así el resto de sus hermanos, creados entre escalas y afinaciones evaporadas de la cola de carpintero que humea en el brasero, atraídos por la curiosidad que despierta ese fascinante lugar, aprenden, practican –quizá como un juego– y terminan eligiendo una especialidad que los transforma en una pieza imprescindible de la máquina luthier.
Luis, devenido profesor de dibujo, se dedica a la construcción completa de acordeones y su posterior afinación.
Juan, el maestro mayor de obras, se decide por la mecánica de los acordeones y la atención de los clientes del negocio, mientras Nazareno, el más chiquito, le pega a cuanta cosa haga ruido, preanunciando sus dotes de  baterista y, tal vez, generando una culposa vocación por la restauración y las técnicas de enchapado. Hasta María, con su precaria salud a cuestas, no deja de colaborar con alguna tarea.
¿Y cómo esta especie de familia Trapp ítalo-criolla no iba a tener su propia orquesta?
Ya creciditos y con una próspera industria musical –única en América Latina– forman la Orquesta de Jazz Característica Anconetani en la que Luis toma la batuta que no soltaría en los siguientes treinta años de vigencia del conjunto; donde Juan como acordeonista y vocalista y Nazareno en la  batería resultan sus figuras estelares.
Aún hoy, a sus 84 (2), Nazareno despliega vitalidad dándole a bombo, redoblante y platillos con una envidiable energía.
La casona de la calle Guevara se va modificando, gana espacios del entorno de acuerdo con el crecimiento. Un día Giovanni recibe la oferta de fusionar con “Hohner”, nada menos. El núcleo familiar se reúne y papá reflexiona: si ofrecen tanto es porque somos una potencial competencia. Y además, creceríamos enormemente pero fabricando acordeones “Hohner”. Sin duda ese es el momento en que el amor luthier familiar le gana la pelea a la conveniencia.
Los Anconetani se afirman en la casona de Chacarita fieles a su identidad que ni siquiera la muerte de Giovanni –en 1941– entorpece, porque mamá Elvira toma la posta y los nietos, que ya corretean por el taller, comienzan a caminar sobre las huellas de sus padres.
Hace un par de años Aída, Susana y Elvira sintieron necesidad de pujar para dar a luz un deseo que correteaba en su sangre: exhibir la enorme cantidad de elementos que la familia había atesorado en su ya larga trayectoria de hacedores instrumentales: mostrar el acordeón alemán de 1870 que trajo su abuelo, reconstruir el primer taller con las herramientas que ya no se usan –aunque Nazareno vaya cada tanto a buscar alguna que necesita hoy, con promesa de devolución ni bien termine el trabajo–, fotos, recuerdos, curiosidades; conocer cómo es un acordeón, las partes que lo forman y los materiales que se utilizan para su realización, proyectar una escuela infantil de acordeonistas, mostrar, orgullosas, las fotos en que el Chango Spasiuk, Raúl Barboza o Antonio Tarragó Ros posan con sus “Anconetani”. Y otras cuantas ideas más que se las hicieron saber a la Dirección General de Museo del Gobierno de la Ciudad para tratar de ponerlas en práctica.
Tuvieron una aprobación inmediata que se tradujo en el envío de equipos técnicos y museológicos para el desarrollo del guión y del diseño de la muestra de la colección. El 18 de noviembre del 2005, el Museo Anconetani del Acordeón, comenzó a funcionar en Guevara 492. Había que estar allí para palpar la emoción familiar y del entorno vecinal, verlo a Nazareno aporrear platillos con preciso ritmo y una energía que, seguramente, ese día recibe recarga de todo un árbol genealógico presente y recordado. Ver a Diego –bisnieto de Giovanni– orgulloso de su tarea en el taller donde se siguen moviendo teclas, lengüetas y fuelles en este peldaño –el actual– de la larga escalera Anconetani.    
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(1)Tapas y ornamentación del acordeón.
(2) Cuando se publicó esta nota por primera vez, en 2006. (N.de la R.)

Imagen: El viejo taller de la familia Anconetani. (Foto: revista Historias de la ciudad).
Trabajo tomado de la revista Historias de la ciudad. Una revista de Buenos Aires, agosto, 2006, N° 37.