3 nov. 2010

Puente Bustamante


(De Omar Pedro Granelli)

Puente peatonal. Límite este del barrio de Almagro con la zona del Once o barrio de Balvanera. Un símbolo en la conformación panorámica del barrio, no obstante existir otro muy parecido a la altura de la calle Pringles, pero de menor importancia por sus medidas más reducidas.
El puente Bustamante, como se lo conoce, presenta en su estructura algunas características que lo distinguen, por lo menos, en la simpatía y preferencia de la gente lugareña. Comenzando por su plataforma de ascenso ubicada en la vereda sur de la avenida Díaz Vélez con dos escaleras de aproximadamente 25 escalones en dos tramos y cada una conformando dos accesos distintos, uno mirando al este y otro al oeste, con una baranda de hierro con rejas a manera de adorno, produce la primera impresión y el detalle llamativo para el visitante.
Luego se prolonga a lo largo de casi 60 metros por sobre la red de vías del Ferrocarril Oeste (luego Domingo F. Sarmiento), hasta alcanzar la otra punta, sobre Bustamante, con descenso por una escalera que desemboca en un tramo muerto, con algo de misterioso, de calle sin tráfico al tener salida clausurada por el propio puente.
Fue tentación de los niños del barrio que encontraban en el puente la vidriera fantasiosa del movimiento de trenes que iban y venían desde y hacia las estaciones Miserere (para el público, Once) existentes a nivel y bajo nivel, que se ofrecía cercana a la vista de los pequeños espiando por entre el tejido de alambre con armado de hierro que lo flanquea y que en definitiva daba amplio y espacioso ventanal para las ilusiones de los que no tenían ni siquiera un trencito para jugar.
Allí fueron los encuentros de los estudiantes de los colegios vecinos, tanto de aquel lado como de este lado del puente, que al final terminaban en enfrentamientos con el insulto ofensivo de la época: “¡Marica!”, y la respuesta de algún escupitajo, el arrojo de algún cascote o la trifulca a puro puntapiés.
Otras veces fue testigo y lugar de citas de alguna pareja de enamorados que entretejió alguna promesa a la luz de la luna, mientras la humareda de la locomotora a vapor que pasaba por debajo les regalaba una esperanza romántica.
En tantas oportunidades las barras de muchachos de las cercanías consagraban el desafío futbolístico que luego se materializaba en las calles internas que paralelas corrían entre los galpones de carga y descarga del ferrocarril y la propia calle Cangallo, desde Pueyrredón hasta Gallo, con una entrada muy amplia, cerquita del pie de la escalinata del puente.
El paisaje, atractivo a los ojos de los transeúntes, mostraba en dirección al río el escenario magnífico de la estación a nivel en toda su extensión, con sus andenes y trenes estacionados; la red de vías formando un complejo de cambios, desvíos, cruces y señales que son siempre un jeroglífico para la curiosidad y sedante para la intriga; los andenes de carga hacia la izquierda, con sus depósitos de mercaderías y los desvíos de ramales especiales; el desplazamiento de los trenes de larga distancia con locomotoras y de los trenes locales con coches eléctricos; hacia la derecha, recostada al sur, la pendiente con los dos rieles que penetran en la boca del túnel que conduce a la estación bajo nivel que permite la combinación con el subterráneo del Anglo (hoy línea “A”) y, como telón de fondo, allá a lo lejos, el Congreso de la Nación, con su enorme edificio elevándose por detrás de la plaza Miserere, mucho más cercana.
El puente Bustamante, fuente de inspiración de los poetas del barrio, punto de referencia en el recuerdo de los que lo transitamos y alegoría para quienes deben describirlo en el tiempo, no constituye una metáfora en la redacción de esta evocación porque está ahí, formando parte de la geografía del barrio de Almagro.
Es límite del barrio con su vecina Balvanera, y se lo identifica allí donde Sánchez de Bustamante deja de ser calle por unos metros hasta cruzar las vías del ferrocarril, entre Bartolomé Mitre y avenida Díaz Vélez, pero sin embargo nunca llegó a limitar nuestro agradecido recuerdo y menos el afecto de los que lo cantaron: “desde el puente de Bustamante veo pasar los trenes/ y este momento en que los miro// la tarde es diferente y no tiene final/ mirada con los ojos de los enamorados/ que atraparán la noche en el bar más cercano/ amándose las manos mientras se enfría el café// con las primeras luces se sobresalta el viento/ el frío corre pegado a las paredes/ me envuelve de duro azul en las esquinas// pero es otro momento/ se lo digo a mi pipa/ y me pierdo en la curva forzada de díaz vélez.” (Rubén Derlis: "Dos imágenes").
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Imagen: El puente Bustamante en mayo de 1968. (Foto: rubderoliv).
Texto tomado del libro Almagro en el intento; Bs. As., 1999.