31 oct. 2010

Compadritos y cuchilleros en Montserrat


(De Francisco L. Romay)

Si bien existieron negros cuchilleros, el compadrito fue un sujeto diferente, aun cuando también era cuchillero. Estos individuos son los que desde muchos años antes de la Independencia recibieron la denominación de “malévolos”, por decir hombres vagos, dañinos, pendencieros, y a quienes más tarde, por corrupción del vocablo, se conoció como malevos, que han llegado hasta nuestros días más o menos civilizados.
La gente, y muchos escritores, en realidad, los han conocido más por su aparición en los sainetes de Pacheco primero y Vacarezza  más tarde, que por haberlos visto en la vida de relación. Los autores nombrados los copiaron del natural, que ellos conocieron bien, porque los frecuentaron y estudiaron con perspicacia. Los trasladaron a la escena con mucha mayor fidelidad que los que pretendieron hacer lo mismo con el gaucho.
El barrio de Montserrat fue la cuna de muchos de esos personajes, popularizados después en dramas circenses y en sainetes. Sus cuchilleros llegaron a adquirir fama. Ensoberbecidos y jactanciosos, por ellos salió la copla: “Soy del barrio e´Monserrá/ donde relumbra el acero,/ lo que digo con el pico/ lo sostengo con el cuero”.
Versos que vienen a ser algo así como un remedo de otros, más populares también, referidos a otro barrio del municipio: “Soy del barrio del Alto,/ donde llueve y no gotea;/a mí no me asustan sombras/ ni bultos que se menean”.
Como se ve, todos llevan en su entraña un alarde de guapeza, que en muchas ocasiones no pasó de ser una simple jactancia donde esconder su cobardía.
Los compadritos tampoco han merecido los honores del estudio serio, aun cuando, por formar parte del escenario pintoresco de la ciudad, han sido objeto de una pseudo literatura vernácula. Este personaje se encuentra en otras partes, fuera de Buenos Aires. Existió en La Plata y en Bahía Blanca. Una de las causas principales reside en la existencia de grandes prostíbulos en esos centros de población, que al igual que la gran capital, eran el sustentáculo de esa fauna.
Todos los personajes mencionados son el resultado de la vagancia. Habitantes de los barrios pobres de las orillas o suburbios de la ciudad cosmopolita, han nacido y pasado su infancia semiabandonados por sus progenitores y entre elementos de la más baja condición social. Sin instrucción ni ejemplos de moral, pretendieron remedar personajes de avería, a los cuales conocieron por las mentas de sus hazañas, referidas por tradición oral o cantadas por menguados “payadores” en las pulperías del arrabal porteño. Uno de los barrios más a propósito para su nacimiento ha sido sin duda el de Montserrat. El inmortal Carriego, que le cantó a los humildes, dedicó también algunos versos a este sujeto, que debió conocer personalmente o por referencia de su padre, que fue empleado de la policía de Buenos Aires (1): “Sobre el rostro adusto del guitarrero/ viejas cicatrices de cárdeno brillo,/ en el pecho un hosco rencor pendenciero/ y en los negros ojos la luz de un cuchillo”.
El compadrito orillero, a quien se denomina así por se oriundo de las orillas de la población, es un tipo sui generis. No es el hombre común del pueblo; tampoco es el hombre de la campaña. Mucho menos aún es como el gaucho. Pero en su formación moral y psicológica entran todos los vicios de aquéllos, si ninguna de sus virtudes. Es un individuo que en alguna época llegó a usar vestimentas especiales y características. Sus acciones, indumento y maneras de andar eran peculiares también. Por eso se decía de él: “Con corte lleva el sombrero/ agachado hacia delante/ y en su andar arrogante/ parece que pisa huevos”.
Haragán, vicioso, malentretenido, guitarrero, mujeriego amigo de pendencias, es a no dudarlo el creador del tango canyengue y la canción maleva, que nació allá por el 80, cuando los bailes de negros se apagaban, por la desaparición paulatina de los elementos que mantenían avivado el fuego sagrado de los candombes.
Los habitantes del barrio de Montserrat fueron víctimas de todos esos personajes desde los primeros días de la Patria, por cuanto ese lugar se había convertido en una especie de paraíso de los cuchilleros. La policía se vio en apuros, más de una vez, para contener a los facinerosos. El 4 de diciembre de 1821, el regidor diputado de Policía don Joaquín de Achával se dirigía al Gobierno diciendo que elevaba al superior un proyecto con “la forma en que deben llevar los cuchillos los individuos de que trata el artículo 2º del decreto de prohibición del uso de armas blancas sancionado por la Honorable Representación de la Provincia en 27 de noviembre último y cuya prescripción se sirvió V. E. encomendar a la Policía en resolución del mismo día para que si la considerara arreglada se sirva prestarle su superior aprobación”. La disposición se refería a los que tenían necesidad de usar armas blancas, por su ocupación u oficio, pero siempre que por el lugar y circunstancias se presumiera estaban destinadas a ese objeto. El ministro Rivadavia, por resolución del 7 del mismo mes, aprobaba las medidas del regidor.
En aquellos tiempos se hizo célebre el valiente Alcaraz, importante personaje de la policía porteña, cuya destacada actuación dio lugar a que se tejiera una leyenda alrededor de los episodios reales en que intervino, difundida más tarde por historiadores mal documentados (2).
Sin embargo, las medidas adoptadas por la Jefatura, al parecer no dieron todo el resultado esperado, pues con fecha 24 de enero de 1823 el ministro Rivadavia se dirigía al jefe de Policía, don Francisco de Achával, diciendo: “Los partes de la Policía correspondientes a la semana anterior, han dado al gobierno el sentimiento de advertir que a pesar de las providencias prohibitivas que se han expedido sobre el cuchillo, continúa éste causando las mismas desgracias que se han querido evitar y que causan el espanto de la población. Por este motivo el mismo gobierno ha ordenado se prevenga de nuevo al jefe de Policía, haga que los comisarios y todos cuantos en su Departamento sean encargados del celo público, lo redoblen, a afecto de lograr exterminar totalmente semejante uso, bien entendido que será el medio en que harán apreciar mejor sus servicios a la Patria y su recomendación para con la autoridad”.
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(1) Hace poco un distinguido escritor dio a publicidad un trabajo desvirtuando versiones inexactas difundidas con respecto a la vida de Carriego.(Cfr. Bernardo González Arrili, Evaristo Carriego, en La Prensa, Buenos Aires, 8 de abril de 1962).
(2) Francisco L. Romay: Alcaraz. Un buen servidor de la vieja policía porteña. Bs. As., 1944.

Imagen: Compadrito. Dibujo humorístico de Caloi. (Tomado del libro: Mi Buenos Aires querido, Ediciones del pájaro y el cañon, Bs. As., 1977).
Extraído del libro: El barrio de Montserrat, Bs.As. 1971.

30 oct. 2010

Enrique de Buenos Aires


(De Roberto Jorge Santoro)

Con usted, la ciudad sentía un poco de vergüenza. Ahora
sin usted, hermano Enrique, Buenos Aires, de puta nomás,
cambió la cara.

Llegó como un gorrión
hizo la cola de la vida
le dieron un modelo de corazón que no se usaba

usted vino
puso el amor de cara a la ventana
le dio cuerda al asunto de la calle
a dios lo tuvo en jaque con un tango
le ganó todo el dolor a la baraja

grela suerte señor
qué palabrero
las mesas de café se niegan a olvidarlo

¿para qué más?
era la desnudez primera
la mano amarga
la rueda loca
el desencanto

pidió permiso
pero sacó de prepo a la esperanza de la cucha

y ya hace un tango que quiere volver
su silbido varón que no regresa

el bufoso de la muerte
se lo llevó con miedo al otro barrio

denle paso
que pase su camisa
Enrique fue la mitad
de Buenos Aires
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Dibujo: Discepolín por Hermenegildo Sábat.

Gardel se lleva una sorpresa


(De Silvestre Otazú)

En los últimos días de 1918, apenas terminada “la otra guerra”, la gente de Mataderos festejaba el regreso de un argentino que se había enrolado en la aviación francesa y había tenido una actuación destacada y romántica. En aquellos años se hacían todavía las cosas por romanticismo. Los hombres iban a pelear por amor a una causa; ahora, los mueve el odio a la que quieren combatir. Aquel argentino era Almada Almonacid. Dentro de los Corrales, en la casilla de Casares y Diehl, se reunieron los amigos del héroe y todo el paisanaje. Hubo dos vaquillonas con cuero, corrió generosamente el vino, se domaron unos potros en Los Perales y no faltaron los gauchos repentistas que, en décimas más o menos ripiosas, celebraron las hazañas de aquel aviador que había ido a guerrear por la dulce Francia.
Para amenizar la fiesta, sus organizadores, queriendo darle sin duda un acentuado carácter “criollo”, se trajeron al dúo Gardel-Razzano, que ya conocía los halagos de una popularidad que crecía y crecía y que, a poco andar, habría de alcanzar un fervor no igualado después. Y ocurrió entonces algo que dejó pasmados a los cantores; mientras los anfitriones y sus amigos, gentes del Florida y del bulevar, aplaudían entusiasmados los tangos, el paisanaje permanecía indiferente, más bien frío. No le gustaban los tangos; o mejor dicho, ni le gustaban ni dejaban de gustarles; era una música tan ajena a su sensibilidad como podía serlo una czarda o una guajira.
La población del barrio es eminentemente sureña, y lo era más aún en aquellos años en que todavía no existía el frigorífico y la matanza se hacía en las playas con unos procedimientos que, aunque ya más evolucionados, tenían todavía bastante resabios gauchescos, Para aquellos hijos de la pampa, el tango, expresión urbana por excelencia, no podía enredárseles en el corazón. Todo en él les chocaba: su ritmo, tan distinto al de el prado, los amores, el marote y otras músicas que son toda diafanidad, aire libre y no tienen las lobregueces del tango; sus letras, que expone problemas sensuales por los que el gaucho siente tanto pudor y, más que todo, el dúo. ¿Qué es eso de cantar dos la misma cosa? El gaucho no entiende eso. Cuando canta, canta uno solo y los demás escuchan…
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Imagen: El dúo Gardel-Razzano (1911).  
Tomado de la nota: Mataderos, el último rincón gaucho (Clarín, agosto de 1951).

Buenos Aires hodológico


(De Rafael E. J. Iglesia)

“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar…”
Antonio Machado

Los griegos decían “hodos”: camino; Lynch, Sartre y Bollnow rescataron la palabra para hablar del “espacio abierto por los caminos”. La idea es útil para el ciudadano (usted, yo, todos) y para los artífices de lo urbano (planificadores, diseñadores, ediles), permite ver (y pensar sobre) unidades espaciales que se definen, a más de sus características geométricas, funcionales y evocativas, por la experiencia del recorrido.
Borges cantó: “Mis años recorrieron las veredas de la tierra y el agua/ y solo a vos el corazón te ha sentido, calle/ dura y rosada”; y Baldomero Fernández Moreno: “Vagando por las calles uno olvida su pena,/ yo te lo digo que he vagado tanto”.
La experiencia hodológica animó las audaces invenciones de Moholy-Nagy en Visión en movimiento; animó también la devoción de Le Corbusier por la “promenade architecturelle”, la cámara de Laurence Olivier en Hamlet y el fanatismo de los futuristas que se jugaban (velozmente) la vida a la velocidad.
Independiente del ritmo (paso lento o 150 km/hora), las opciones por un recorrido nacen de nuestras preferencias por alguna (o varias o todas) de estas características: facilidad, seguridad, conectividad, fruición. Así el concepto de distancia supera su condición geométrica y se enriquece con su carácter de recorrido experimentado-por.
Este carácter, cuya riqueza depende tanto del observador como de lo observado, permite que durezas geométricas como las del trazado ortogonal de Buenos Aires se suavicen y hasta desaparezcan.
La fruición del espacio hodológico es experiencia conocida por todos. El tango la recuerda a menudo, los boleros están llenos de “veredas tropicales”, Amorim recuerda, en Buenos Aires y sus aspectos, un recorrido por Florida, un sábado a las doce, cuando nuestra actual peatonal aún admitía el paso de los doble-faeton descapotables. Sorel, el personaje de Amorim, camina esquivando gente y autos, tras dos adorables ojos verdes que transporta un Lincoln.
Florida es todavía un espacio hodológico entusiasmante. Las vidrieras, algunos cafés, la moda y las “muchachas en flor” son las cuentas que enhebra su recorrido.
Pienso en el gusto de transitar un espacio emborrachándose con él como si fuera buen vino: Unamuno y Azorín (España); Gordon Cullen y Kenneth Browne (Gran Bretaña); Camilo J. Cela y J. Goytisolo (de nuevo España); Kevin Lynch y Roberto Venturi (Estados Unidos) saben de ello. Unos bebiendo poblados castellanos y andaluces, otros inmersos en el townscape británico; los últimos manejando en las high-ways americanas.
Así como la heterogeneidad da sabor al recorrido, su inexistencia nos lleva al espacio geométrico: “Eliminadas todas la heterogeneidades, el espacio hodológico pasa a ser el caso límite del espacio euclidiano, y el camino preeminente es la comunicación rectilínea” (Bollnow).
Esta norma rige la trayectoria de los subterráneos y la de los aeroplanos. No debe regir el paseo de los caminantes. Entre las heterogeneidades posibles están los encuentros tan determinantes del “ir de tascas” español.
Sartre amplió la idea e hizo del espacio hodológico un espacio de situación cuyo centro era el hombre, punto de partida y de llegada de un espacio “surcado por caminos y carreteras”. El hombre y los hombres. De su mano llegamos a un “espacio humano”, manera rica de definir, ver y sentir a la ciudad.
Estos espacios, considerados subespecie ciudadana, no sólo tienen delante y detrás (partida y meta) como en un tubo de una sola entrada y de una sola salida; sino un alrededor. Sus costados (aceras, bordes, riberas, flancos) deben tener una permeabilidad que los enriquezcan.
Alertado por Venturi, recuerdo el plano romano de Nollis (s. XVIII) donde se destacan los espacios (cubiertos o abiertos) accesibles al público sobre el fondo de los privados (impermeables al peregrino). El espacio hodológico de Roma lo constituían las calles, las plazas y las iglesias (además de las tabernas).
Un plano similar de Florida, mostraría que su espacio es disfrutable como una sumatoria de: el espacio “instrumental” de tránsito; el espacio visual de las vidrieras; los espacios diverticulares de las galerías más los escasos espacios semipúblicos de los cafés.
Buenos Aires hodológico tiene sitios notables: la Avenida de Mayo, la zona comercial del Once, la calle Cabildo en Belgrano, la Boca, la Costanera sur, el puerto viejo, la avenida Santa Fe. No tiene recorridos periféricos (como el del vaporcito del sightseeing de Nueva York) ni travesías axiales (como la del Sena en París); nos queda recorrerla a pie; en automóvil (maldiciendo); en colectivo, o circunstancia menos frecuente, en helicóptero. Lejos en la añoranza, quedaron las “bañaderas” que partían de Plaza Congreso.
Invito al porteño a recorrer su ciudad, invito al diseñador urbano a imaginar (para crearlos) espacios hodológicos, unidades urbanas susceptibles de ser diseñadas en cuatro dimensiones.
“En suma, horizontes más imaginativos (no imaginarios) que nos acompañen para que después de cerrar la puerta de calle nos quede algo más con nosotros”. (A. Saavedra, en Boletín Nº 2 de los diseñadores gráficos).
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Imagen: La peatonal Florida (Tomada de: allucant.com)
Tomado del libro: La ciudad y sus sitios. CP67 Editorial, Bs. As., 1987.

San Juan y Boedo: los que son, los que fueron

(De Isidoro Blaisten)

Yo no sé qué incierto azar, qué trabajado destino –“el azar o el destino (ambos términos son sinónimos)”, escribió Borges–  quiso que yo permaneciese durante siete años en una galería perdida, en esa esquina de Boedo y San Juan.
En esa esquina tuve una librería y pasé siete años de mi vida esperando resolver mis urgencias económicas. Mis urgencias económicas continúan pero hoy, de San Juan y Boedo, del barrio de Boedo, recuerdo una etapa feliz, desenfadada y terminada. De San Juan y Boedo recuerdo lo que he escrito.
Recordaré, seguiré recordando, al que nunca compraba, a la novia de América, al juguetero que murió la víspera de Navidad, y a todos aquellos que ya no están y que hace siete años estuvieron. Estuvieron y me visitaron y se sentaron a la mesita de esperar, y me acompañaron en innumerables tardes, en innombrables crepúsculos, en desoladas mañanas. Ellos son, fueron: Aída Carballo, Ulyses Petit de Murat, Juan José Ceselli, Ángel Reta.
Quizás el único homenaje personal e intransferible que yo les haya dejado es lo que he escrito. No sé si el tiempo permitirá su permanencia, pero sé que en esa esquina, en esa librería que se llamo “San Juan y Boedo” escribí tres libros. Sobre esa mesita de esperar escribí Cerrado por melancolía, escribí Anticonferencias, escribí Carroza y reina. Por esas páginas pasaron seres que existieron (el tiempo dirá si existirán), pasaron Gonzalito, Bassi grande, Bassi chico, el doctor Bosco, todos los mozos, todos los dueños de “Avignon”, todos los mozos, todos los dueños del “Canadian”. Una topografía real, una mitología escondida están en esas páginas. Quizás muy pocos se hayan dado cuenta, quizás no se pueda ver lo que está tan cerca, quizás la cercanía no sea más que una de las formas de la exasperación, quizás el recuerdo sea posible porque existe el distanciamiento. Nadie notó que esos personajes eran reales, que existen; ni los mismos personajes lo notaron. Los personajes no leen, son leídos. Quizás cierto uso presuponga que todo personaje es literario, toda moda es cierta, toda referencia es antigua. Sin embargo, están; está, por ejemplo, el doctor Benjamín Boscoboinik, a quien llamábamos el doctor Bosco, que tiene consultorio en Carlos Calvo 3754, y que ayudó a nacer durante treinta años a todos los que hoy viven en San Juan y Boedo. Está don Omar Bassi que, como Celedonio Flores, como Homero Expósito, como Homero Manzi, es uno de los grandes señores de Boedo. Y está su hijo, Bassi chico, el doctor Bassi, criador de caballos de carrera, todos con nombre de tango. Y está Pascual Migale de Nicótera, en cuya casa, en la casa de la vecchiarella, gracias a la caridad cristiana, fui a comer tantas veces.
Está también Alfredo Moffat, que me explicaba en el “Canadian” la psicoterapia del oprimido y las estrategias para sobrevivir en Buenos Aires. Y están Claudio Bologna, Lucía Perrini y Juan Montero Lacasa, y está Juan Migliavacca, que me prestaba los libros de su librería para que yo los pudiera vender. Y está González, a quien yo llamé Gonzalito, que quiso hacer de Boedo un lugar ideal, limpio, eterno.
De cualquier forma, todo esto ha sido escrito y hoy quiero recordar a todos aquellos que han pasado por esa mítica librería, que me hicieron compañía, que esperaron conmigo al eterno comprador que nunca llegaba. Quiero recordar a Abelardo Castillo, Juan José Jusid, Mona Moncalvillo, Angélica Gorodischer, Rubén Massera, Atilio Jorge Castelpoggi, Raúl Zoppi, Silvia Plager, Ricardo Zelarrayán, Ignacio Xurxo, Manuela Fingueret, Liliana Heker, Orlando Barone, Paula y Fernanda Gómez, Ana Tarsia, Josefina Delgado, Jorgito Agman, Alberto Perrone, Guillermo Boido, Elena Zambonini, Rubén Derlis, Santiago Kovadloff, Hebe Cardoso, Tito Agosti, Juan Carlos Vitale, Tito Feierstein, Silvia Iparraguirre, el turco Asís, Bernardo Jobson, Hebe Uhart, Susana Silvestre, Pedro Gaeta, Gloria Gitaroff, Luis de Paola, Néstor Taboada Terán, Luis Gregorich, Juan Carlos Cosín, Hugo Ditaranto, Rubén Cáccamo, Nira Etchenique, Carlos Garramuño, Rodolfo Carcavallo, Antonio Requeni, Lucila Castro, Alicia Digón, Pascual Menutti, Alfredo Veiravé, Juan José Manauta, Tomás Moro Simpson, Alicia Dujovne Ortiz, Raúl Vera Campo, Oscar Travaglino.
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Imagen: Isidoro Blaisten (1982). (Foto: Rubderoliv).
Texto tomado de Pasión de Boedo Aires, (poemas y prosas), Bs. As., 2000.

29 oct. 2010

"El Resero", símbolo de una Buenos Aires con buena memoria rural


(De Norberto García Rozada)

Hace poco más de un siglo, la ciudad y el campo se daban la mano en el sudoeste de la metrópoli. El territorio urbano descendía, no siempre suavemente, hacia el valle del Riachuelo, donde en el bañado de Flores se podía apreciar una vasta pincelada de fauna y flora silvestres.
Desde allí hasta la aún muy futura traza de la avenida General Paz se mezclaban núcleos barriales que pugnaban por salir del cascarón y manchones verdes que anticipaban la monotonía de la llanura pampeana.
Ocurre que por allí menudeaban los terrenos baldíos y las quintas cuyas amplias extensiones iban menguando a fuerza de loteos o recortadas por el avance de los pavimentos consolidados y de las construcciones aún precarias, pero construcciones al fin.
Hasta no mucho antes de ese entonces -albores del siglo XX-, el ganado destinado al consumo urbano era faenado en los denominados Corrales Viejos, a la vera del actual parque de los Patricios. Instalaciones precarias y añosas que movilizaron el propósito de trasladarlas a los terrenos casi vírgenes del deslinde sudoeste de la ciudad. "Más allá es nada...", supo decir de esos parajes aquel cronista sagaz que en vida fue Juan José de Soiza Reilly.
Allí, bajo la transitoria y rápidamente extinguida denominación de Nueva Chicago -sobreviviente merced a la existencia del club de fútbol homónimo-, comenzó a crecer un polo de importantísimo movimiento industrial y comercial, cuyo centro indiscutible serían, con el tiempo, el Matadero Municipal y, algo más tarde, el Mercado de Hacienda. Nacían, pues, un barrio y una historia muy particular.

"EL RESERO"
Esos y otros detalles son parte esencial del libro El Resero, la historia de una estatua , escrito por Orlando W. Falco, pluma ágil e historiador de Mataderos, quien hurgó en el pasado para darle a conocer al presente y al futuro las alternativas vitales de una obra de arte bella, austera y emblemática.
La estatua de marras, encargada por la entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires a principios de 1929, al escultor Emilio Jacinto Sarniguet, y terminada en 1932, al bastante módico costo de 20.000 pesos, hizo precario alto durante casi dos años ante el famoso Palais de Glace, en Recoleta. Pero ya tenía una meta hacia la cual avanzaba al paso, con la impavidez y la tenacidad de sus iguales vivos: la plazoleta ubicada frente a la entrada de la administración del Matadero y del Mercado.
Sarniguet no era un improvisado. Había nacido en 1888, cursado estudios artísticos en la antigua academia de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes y en 1907 había efectuado el entonces imprescindible viaje a Europa, becado por el Jockey Club para darle rienda suelta -la figura viene como anillo al dedo- a su especialización en figuras de animales. El origen de la beca se explicaba por el hecho de que el padre de Sarniguet era cronometrista -"relojero"- en el hipódromo de Palermo. Sarniguet tenía habilidades diversas: tallaba, moldeaba, esculpía, dibujaba y pintaba, pero su fuerte era la escultura y dentro de ella, los caballos, cuyas características había mamado acompañando a su padre en sus menesteres cotidianos.
Encomendada que le fue la estatua de "El Resero", Sarniguet, ya segundo premio nacional por la escultura Relinchando, decidió con acierto que el protagonista no podía hacer otra cosa que montar un caballo criollo, raza que estaba en proceso de recuperación merced a la dedicación y el apasionamiento de la familia Solanet. Fue, pues, a las fuentes y eligió las más apropiadas.

EN "EL CARDAL"
Justamente en la estancia "El Cardal", de don Emilio Solanet, el artista hizo, se cuenta, un doble hallazgo: encontró al modelo humano, un viejo resero, el "Cuñao" Cabañas, nacido en los pagos de Ayacucho. Este criollo montaba un criollo, moro de pelaje y pasuco o amblador -equinos que al andar mueven mano y pata del mismo flanco- que, según mentas, se llamaba "Huemul" y del cual Sarniguet tomó los rasgos esenciales para la cabalgadura de El Resero que, dato curioso, hasta luce una marca en su muslo izquierdo: la de Güiraldes, en honor de don Manuel, hacendado y ex intendente porteño, y de su hijo Ricardo, nada más ni nada menos que el autor de Don Segundo Sombra.
La estatua ecuestre e ícono barrial fue inaugurada el 25 de mayo de 1934, con bombos, bombas y platillos -no es una imagen tan sólo literaria- casi tal como hoy se la puede apreciar. Más adelante, en 1948, el pedestal fue elevado en algo más de un metro y ya en la época actual hubo que enjaularlo dentro de una verja, protectora de diabluras y atropellos. Y para remate, hasta tuvo moneda propia, la de diez pesos emitida en formato dodecagonal entre 1963 y 1968, ahora sin más valor que el numismático y sólo ubicable en colecciones y comercios especializados.
Por suerte, "El Resero" original jamás ha tenido que navegar por el tempestuoso mar de las inflaciones, las devaluaciones y los cambios de signo monetario. Aún es el símbolo de Mataderos y ojalá siga siéndolo por muchísimos años más. Siempre como mirando sin ver un imaginario horizonte pampeano, mientras el caballo medio que inclina cabeza y pescuezo, tal como si tratase de hacer el último esfuerzo para ponerle fin a una jornada de trabajo ya tan larga como el tiempo y la imaginación.
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Imagen: "El Resero", escultura de Emilio Jacinto Sarniguet.
Nota tomada del diario La Nación

Sabés cómo siento a Buenos Aires


(De Hilda Guerra)

sabés cómo siento a Buenos Aires
la siento desfilar ante un cortejo de cafés y cigarrillos
tratando de ubicarse en el universo de un reto
en la isla de leyes en las que no quiere sostenerse
la siento transitar por sus veredas melancólicas
al paso de un piropo
prodigando la soledad de quien todavía no se ha encontrado
dónde está su corazón
acaso en las sombras de un canto repetido
en el vuelo de una paloma asustada

sabés a veces le tengo rabia
quisiera quitarle tanta confusión
esas ganas de no hacer nada
para quitarme mis propias ganas de no hacer nada
tal vez las tuyas
o las de aquél

la siento cercana lejana ambivalente
con un grito escondido
envuelta todavía en mitos retórica empedrado
añorando calesitas a caballo
tranvías
serenatas
percal
hombres anárquicos

Buenos Aires
figura utópica de slogans
en las que no la apresarán
así la siento
desflecada calcinada en sus propios vientos
con el apuro de una milonga
ya nunca más demorada
como yo
como vos
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Imagen: Buenos Aires: plaza de la República de noche.

28 oct. 2010

Caseros, la calle de las trágicas escenas


(De Ricardo Llanes)

El primero de los duelos de que aquí se tenga noticia, realizado a pocos pasos de esta calle, fue el que sostuvieron el coronel Luis Carrera, chileno, y el general Juan Mackenna, irlandés. Tuvo lugar en la Quinta de Conde (Juan Conde, su dueño), situada, según nos lo muestra el plano de Martín Boneo (año 1800), entre las calles Caseros, Patagones, Perú y Montes de Oca, siendo las 10 de la noche del 21 de noviembre de 1814. Se cambiaron dos tiros de pistola, cayendo Mackenna con el cuello perforado. El historiador Diego Barros Arana lo ha relatado en todos sus detalles (1).

Las avanzadas inglesas de la Primera Invasión (27 de junio de 1806), deben hacer frente al huracán de pedradas que los defensores desatan sobre ellas al verlas repechar la “Barranca del Marcó” (así conocida por el propietario de las tierras, que lo era don Ventura Miguel Marcó del Pont), que comprendía las calles Defensa y Bolívar, desde Martín García hasta Caseros, en su mayor elevación.

Las tropas de la Confederación pelean contra las de Buenos Aires en el sitio del año 53; y en uno de los reconocimientos que efectúa el general Mitre desde los “Potreros de Langdon” (2), es alcanzado por una bala que lo hiere en la frente. “Las fuerzas de la ciudad –dice el historiador Enrique H. Puccia– organizaron una serie de acciones: el 18 de abril, el mayor Galán, al frente de sus tropas, llegó hasta las actuales calles Caseros y Bernardo de Irigoyen, conocida por “esquina de los Pérez”, y una columna al mando del mayor Rodríguez limpió de enemigos el Hueco de los Sauces (hoy Plaza Garay). El 13 de mayo otro contingente avanzó por la calle Salta e hizo retroceder al enemigo más allá de la Quinta de la Noria (3); y en los días 26 y 27 ocuparon la Quinta de Horne (actual Parque Lezama) (4).

Veintisiete años más tarde, los encuentros de las fuerzas adversarias en los combates de los Corrales y la Convalecencia (junio 1880) tienen campo también en algunos tramos del escenario de esta calle.

Y cuando el capitán Mariano Espina decide exponer su vida al pistoletazo del comandante Jimeno, el lance se realiza en un terreno vecino al cementerio del Sur, el 20 de diciembre de 1870.

Y digamos –porque la tragedia jamás alcanzó  en la ciudad de Buenos Aires escenas tan horrorosas– que esta necrópolis, principal enterratorio de las víctimas de la fiebre amarilla del año 1871, debió ser clausurada a causa de los miles de difuntos que colmaron su capacidad. Había sido librada al servicio de la comunidad el 24 de diciembre de 1866; y del espantoso drama que vivía la ciudad poniendo a prueba el temple de los facultativos, sacerdotes y caballeros que componían la Comisión Popular de Socorro, el poeta Carlos Guido y Spano escribiría tiempo después, provocado por el recuerdo de la señora Luisa Díaz Vélez (viuda del general Gregorio Aráoz de Lamadrid), víctima del flagelo y a quien el autor de Hojas al viento dio sepultura con sus propias manos: “Cuando eché la última palada de tierra sobre aquellas reliquias venerables, me pareció que mi madre me daba un beso en las tinieblas”. El cementerio del Sur, cerrado en el mes de abril de 1871, ocupaba el mismo terreno del actualmente llamado Parque “Florentino Ameghino”, que toma las calles Caseros, Monasterio, Uspallata y Santa Cruz. El monumento que se levanta en el centro de este parque, obra del escultor uruguayo Juan M. Ferrari, recuerda con sus inscripciones a quienes cayeron junto a las trincheras del deber y de la abnegación.
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(1)Véase Historia general de Chile, tomo X.
(2) Su perímetro comprendía, aproximadamente, el límite que hoy forman las calles Casero, Montes de Oca, Uspallata y Vieytes.
(3) En el año 1778 esta quinta delimitaba con las actuales calles Caseros, Garay, Chacabuco y Bernardo de Irigoyen.
(4) Barracas en la historia y en la tradición (Edición Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, Año 1964).

Imagen: Avenida Caseros desde Defensa hacia el oste en la actualidad (año 2010). Foto tomada de secretosdebuenosaires.com
Tomado de: Recuerdos de la ciudad porteña, Edit. Corregidor, Bs. As., 2000.

27 oct. 2010

Parque Chas, un oasis en la ciudad


(De Noemí Majluf)

Parque Chas es un barrio singular y misterioso para los que no lo habitan. Fundado como una nueva configuración urbana, fue un producto novedoso y atípico. Un sitio de características diferentes que violó el orden urbano inscripto en la cuadrícula de la ciudad. Conocido también como “el laberinto de Buenos Aires”, nació en 1925 con un trazado que representaba la vanguardia de los postulados del urbanismo inglés de ciudad-jardín. Tal vez sea por eso que la nomenclatura de muchas de sus calles son nombres de ciudades europeas.
Su principal peculiaridad es que muchas de sus calles son curvas, por lo que andando por una de ellas se puede llegar al punto de partida sin advertirlo, como si se tratara de un juego urbano ingenioso con un circuito delirante. En él podemos encontrarnos con la esquina de Bauness y Bauness; con Berlín, una calle totalmente circular; con pasajes incoherentes y con calles que cambian varias veces de nombre. En su historia de 83 años (1), recién en 2005 volvió a adquirir su status de barrio de la ciudad.
Anteriormente gozó de esa condición tan sólo por seis meses, debido a que en 1976 el intendente de facto Osvaldo Cacciatore se la quitó y pasó a ser parte de Agronomía.
Es un típico barrio de clase media con calles muy tranquilas. Todavía en él se mantiene viva la deliciosa vida de barrio; los chicos juegan en las veredas y puede escucharse el canto de los pájaros. Al recorrerlo podemos ver pasajes muy angostos con pequeñas veredas, calles y avenidas por las que circula muy poco tránsito.
La existencia, en su centro histórico, de una serie de calles curvas y elípticas le otorga al visitante la sensación de una trama circular y laberíntica; de allí el mito de que es casi imposible pasar sin perderse. Verde no le falta, en él hay cinco plazas. Hermosos espacios verdes inteligentemente distribuidos, con importantes y variados ejemplares arbóreos, espacios con juegos infantiles y canchitas de fútbol.
Posee una escuela primaria pública –Nº 27 D.E. 15 “Petronila González"– proyectada de acuerdo con los conceptos de modernidad e higiene de principios del siglo XX, templos de diferentes religiones y dos clubes. También contaba con un cine familiar, el “Parque Chas”, en la avenida Triunvirato esquina Gándara, del que sólo queda la fachada de su piso superior, sobre los comercios que hoy ocupan el predio.
Muchos de los que vivimos aquí no nos atrevemos a declarar nuestra procedencia, sin planito de por medio, debido a que su diseño radiocéntrico llama la atención del visitante y dificulta la orientación. Al abordar un taxi es común que el conductor evada la responsabilidad de orientarse en el laberinto y solicite que le indiquemos cómo llegar al destino y también cómo salir hacia la periferia. Íntimamente los vecinos disfrutamos de eso.

EL CAMPO EN LA CIUDAD
El crecimiento de Buenos Aires fue espectacular entre 1895 y 1914. Entre los elementos que contribuyeron a transformar la ciudad en una urbe moderna se destacan la pavimentación de las calles, la construcción de avenidas y paseos públicos y la instalación de una red de tranvías  eléctricos que comunicaba el centro con los barrios periféricos. En éstos se podía apreciar las áreas labradas y cultivadas con verduras y frutales, los alfalfares y hornos de ladrillo, los molinos y aljibes, los senderos con lagunas formadas en depresiones de los terrenos. Además, el contraste social era notable: los sectores más acomodados vivían en opulentas mansiones, mientras que los sectores populares en conventillos, en cuartos con escasa luz, poco aire, baños insuficientes y pagando elevados alquileres. En estas circunstancias los trabajadores trataban de ahorrar y construir su casa en algunos de los barrios alejados del centro.
Fue así como estas zonas fueron habitadas por familias obreras e inmigrantes que, como mis abuelos Luis y Gumersinda, encontraron en Parque Chas un lugar donde vivir.
Parque Chas parecía predisponerse en la década de 1920 a ser puro campo. Pero la decidida acción de los pobladores, ejerciendo inusitada presión sobre los funcionarios municipales y sobre el doctor Vicente Chas, propietario de los terrenos, fue el motor que produjo un cambio radical de la zona y su urbanización, que derivó en esta pintoresca “isla” dentro de la ciudad. Los vecinos, nucleados en sociedades de fomento, realizaron una gran variedad de acciones y fue así como lograron mejorar, progresivamente, las condiciones de habitabilidad del barrio. Del otro lado de una de las avenidas que lo limitan, Avenida de Los Incas, está la casa de mi abuelo paterno, el inmigrante, en la que mi padre pasó su niñez y juventud viviendo la evolución de la zona; a metros de esa casa nací y crecí yo, y  luego de unos años de ausencia, siendo una joven mamá de tres niños, volví al barrio para instalarme con mi familia. Parque Chas es parte de mi historia y yo formo parte de la historia de este lugar tan original y pintoresco que tiene Buenos Aires y con el que me siento fuertemente identificada.
Fue mi papá, Vicente, quien me contaba historias sobre el barrio, y sus dichos hoy se mezclan con todo lo leído y escuchado sobre este atractivo laberinto. Su pasión, el fútbol, lo llevó a jugar en varios clubes de la zona como Newell’s y Almagro, cuya cancha y sede se encontraban en lo que hoy es Parque Chas.
Él me habló de las enormes y humeantes chimeneas de los hornos de ladrillo. De la laguna que se formaba en el cruce de Triunvirato y Pampa y lo difícil que resultaba cruzarla, especialmente después de los días de lluvia. De las pintorescas jornadas de remates en que se instalaban carpas para realizar el loteo de los terrenos… Barrio “Parque Chas”, indudablemente denominado así por la incidencia del urbanismo post 1900, con seguridad se hubiera llamado “Villa Chas” si hubiera nacido en los tiempos finiseculares.

ESTÉTICA NOVEDOSA
Don Vicente Chas se oponía a subdividir su propiedad y las críticas lo acorralaban por considerar que no permitía el avance de la urbanización. Sus tierras, que se encontraban aprisionadas entre Villa Urquiza y el Parque Agronomía, mantenían viva la ambigüedad ciudad-campo, hasta que en 1925 decidió subdividir y lotear el lugar. Para la delineación del nuevo barrio contrató a los ingenieros Ferhner y Guerrico, quienes buscando un mayor aprovechamiento del terreno combinaron la propuesta radiocéntrica con el amanzanamiento tradicional, diseñando originales cruces con calles curvas, elípticas y angostas. Esta nueva manera de manejar el espacio urbano generó un lugar con una estética novedosa, distinta, de verdadero interés en la ciudad. Es innegable el cordón histórico que une a Parque Chas con Villa Urquiza, el centro comercial más cercano. Pero en estos últimos tiempos la cosa está cambiando. Con la llegada de la Línea B del subte, la esquina de Triunvirato y Avenida de Los Incas perdió su característica tranquilidad. Hoy allí se puede apreciar el tránsito de muchísimas personas como de vehículos y esto trae aparejada la habilitación de comercios de todo tipo. Parque Chas es residencial, una cueva de tranquilidad, un oasis en la ciudad. Un pueblo donde los vecinos se conocen y los niños juegan en sus plazas y veredas.
En su interior no hay negocios, ni avenidas ruidosas por las que transitan colectivos, pero barrios vecinos como Villa Urquiza, están sufriendo grandes transformaciones debido al avance impetuoso de la “modernización”. Se ven desaparecer hermosas casonas y aparecer en su lugar, en poco tiempo, enormes edificios. En el barrio-laberinto no se puede construir torres, pero en sus alrededores se multiplican sin fin. Cabe preguntarse si Parque Chas no terminará cercada por ellas.
Parque Chas se presta para elaborar cualquier fantasía, por más disparatada que ésta sea. Sin duda lo que más atrae es su misterio y es por eso, quizá, uno de los rincones de Buenos Aires que más mitos y leyendas ha generado. No es casual que la literatura haya tomado a Parque Chas como un escenario de historietas, cuentos y novelas. Parque Chas, laberinto y mito. No sólo atrapa por sus calles complejas sino por su belleza y su gente.
Es un barrio lleno de historias por descubrir. Un sitio de casas bajas que urbanistas admiran y taxistas temen. Parque Chas, un barrio inspirado en los barrios-parque de las principales capitales europeas, tal vez formó parte de la utopía del barrio ideal.
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(1) Esta nota fue escrita en 2008 (N.de la R.).
Imagen: Las calles circulares -su centro "histórico"-  en el barrio de Parque Chas (De la guía Filcar, edición 2005)
Material tomado del periódico El barrio, septiembre de 2008.  

El pasaje Roverano


(De Luis Alberto Ballester)

Todo pasaje implica un rito, un acto iniciático, tras el que brota una asunción de nuestro verdadero ser; esas ocultas realidades nacen en Buenos Aires, secretas, piadosas. Pero hay que saber ver con profunda interioridad para captarlas.
En Avenida de Mayo 560 se tiende el antiguo pasaje Roverano, destilando un aire ligeramente palaciego y burlón. Ángeles invisibles vuelan por sus techos con un ruido de seda, ojos urdidos que aún contemplan comarcas que fueron, espectrales y tiernas.
Encima del dintel de la puerta de entrada desmaya una escueta leyenda: “1878 – Roverano – 1915”. Desde ese núcleo casi sacro se sutiliza un edificio neoclásico, cuyo color es el de las lluvias pertinaces, o el moroso de las tardes que se desvanecen en los ojos de los animales, un matiz que linda con el gris y roza el dorado.
Y en la superficie del edificio, el Pasaje pleno de reflejos y brillos.
Los negocios que lo flanquean se dilatan en escaparates de vidrios abombados, sensuales, donde ruedan los sonidos de la calle. El art-nouveau, con su aquiescencia a los dédalos, a las curvas que languidecen, al trabajo de hierro en un bosque de símbolos, domina hasta cierto punto la ornamentación del Pasaje. Numerosos vitrales expanden alegorías botánicas, en las que nacen flores nocturnas, paisajes rojizos, ocres, donde se yerguen quimeras y triunfa el espíritu.
Varias escaleras con baranda de hierro curvo, cincelado en forma de redondeles, iluminadas por grandes copones de bronce, descienden a un subsuelo folletinesco, a otros corredores que unen al Pasaje con las estaciones del subterráneo. En los techos infinitas ménsulas, lámparas art-nouveau, filigranas, resplandecen sus callados idiomas.
El Pasaje se colma de voces, de otros tiempos y espacios que son paradójicamente los que acunan al observador, un presente pleno, sagrado, que condensa todas las posibilidades en un instante.
Entonces la verdad y el misterio son Uno.
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Imagen: Uno de los accesos al pasaje Roverano. (Foto: new.taringa.net). 

Poema 31


(De Norma Mazzei)

Sucede cuando el asfalto emana viejos olores.
Los ojos se dispersan,
las manos se aquietan
porque el murmullo no cesa su resonar.

En tu cuerpo, ciudad mía, río de miel,
el que estoy ahora transitando,
con la infinita certeza de sentir
que sos la calle de mis puertas interiores,
sos la vereda desigual de mis contradicciones
en la mezcla voraz y caprichosa de tu universo.
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Ilustración: “Pasaje de La Piedad”, pintura de Monique Resta.

El ángel de la cúpula


(De Carmen Ortiz)

¿Pero qué es la historia de América sino
una crónica de lo real maravilloso?

Alejo Carpentier, "El reino de este mundo".

Rostros de hombres y mujeres me miraban desde la cúpula. Bellos, realmente bellos. Pertenecían a los hermosos murales que muchos años atrás habían pintado talentosos y reconocidos artistas plásticos, en las Galerías Pacífico.
En su época más floreciente -que yo recuerde- las Galerías poseyeron locales que se utilizaban, en su mayoría, para exposiciones de pintura y aunque hubo otros de carácter más comercial, guardaban relación con la estética del lugar. Hacia fines de los 70 apareció en un extremo, debajo de la cúpula, una confortable sucursal de los Ferrocarriles Argentinos, donde yo solía ir a sacar pasajes para viajar a Mar del Plata con mi familia. En los 80, después de la derrota de Malvinas, se la llamó “Centro Cultural Las Malvinas”. En ese tiempo se la empleó para hacer algunos espectáculos. Las paredes se cubrieron con exposiciones de cuadros de dudoso valor artístico. También se habilitó una salita donde se proyectaban videos de promoción literaria y turística. Algo había que denotaba una suerte de deterioro en el gusto y en la conservación. La confortable sucursal de los Ferrocarriles empezó a presentar signos de prematuro envejecimiento y descuido. Pronto las galerías de arte se trastocaron en otros locales de exposición y venta de tapices de escasa calidad. A menudo invadía todo el ámbito una música estridente. Hasta vi, una vez, que en la entrada que daba a Florida- la otrora calle europea y aristocrática de Buenos Aires-, se repartían volantes promocionando un restaurante vegetariano. A pesar de todo, desde la cúpula los rostros de la belleza me seguían mirando.
Un día, después de la euforia por la llegada de la democracia, entré casi por costumbre y me dirigí hacia el centro. Me detuve antes a mirar un cuadro en la pared lateral. Fue la primera vez que oí aquel sonido. Me di vuelta y observé al hombre que, detrás de mí, miraba la insólita pintura. Estaba absorto. Parecía no haber escuchado nada. Extrañada, seguí mi camino pasando por la pared central y, al fijar mi mirada en la cúpula me pareció observar un ángel que no recordaba haber visto antes, pintado en los murales. Tenía una expresión de tristeza. Doblé. Me paré ante un cuadro titulado “Myself” (Yo mismo, aclaraba). Era demasiado abstracto para mí, representaba un punto celeste colocado en el centro de un fondo azul que hería mis ojos. No podía entender cómo eso estaba ubicado en lugar preferencial, cerca de los murales pintados por los maestros Berni, Castagnino, Colmeiro, Spilimbergo, y Urruchúa. Ya me iba, renunciando a comprender su significado y pensando que me traía a la memoria los dibujos infantiles, excepto que los niños no usaban colores tan agresivos, cuando algo me paralizó. Aquel ruido que antes había oído se tornó más fuerte, y me pareció, estaba casi segura, de que no se trataba de un simple sonido sino de un gemido. Me estremecí. ¿Qué pasaba?
Era de tarde. Había poca gente en las Galerías. Miré alrededor de mí. El hombre que hasta entonces casi siguiera mis pasos, ya había desistido y se dirigía con celeridad a la salida de la calle Florida. Vi además a una señora que se encaminaba hacia la puerta que daba a Córdoba, y se detuvo frente a una tienda que habían instalado últimamente y que tenía unos precios carísimos.
¿No vendría el sonido de la sala de videos? No, imposible. Además, en ese momento recordé que abría a las siete de la tarde y eran poco más de las cuatro. ¿Sería una ilusión auditiva? ¿Tendría razón mi novio que me decía que a veces no oía bien y que debería hacerme revisar? Siempre pensé que era una broma. Nunca se notaba cuando Horacio hablaba en serio. A esta altura de mi carrera no sabía aún si el que oye mal puede creer oír lo que no existe. Estaba inmovilizada frente a ese cuadro. ¡Pensar que Velázquez había pintado “Las Meninas”, Van Gogh “Los botines”, Degas “Lección de danza”, Seurat “El circo”, Portinari “Muchacha mulata”, etc, etc, etc.! Y yo estaba condenada a no moverme de allí, porque me paralizaban la sugestión y el miedo. Me armé de coraje y caminé hacia mi izquierda. Me topé con otras pinturas menos conflictivas aunque igualmente malas.¿Quién autorizaba esas exposiciones? Era una irreverencia, sobre todo cerca de los murales de los maestros. Salí por Viamonte. Di vuelta y seguí por Florida hacia Corrientes. Al fin entré en un bar a tomar café. Todavía me duraba la impresión. Saqué mis apuntes y me puse a leer, tenía un parcial en pocos días.
A las siete fui a buscar a Horacio a su trabajo. Como sus padres habían venido a visitarlo desde Rosario tuvimos que ir a un hotel. Hicimos el amor y como siempre fue maravilloso. Mientras descansaba encendí un cigarrillo, y en la dulce complicidad de la cama le conté lo que me había pasado en las Galerías Pacífico. Me contestó que en lugar de estudiar Medicina debería haberme dedicado a escribir, ya que tenía tanta facilidad para imaginar y fabular. Me enojé apenas levemente, porque dudaba de mis propias sensaciones.
El día siguiente era sábado y tenía que reunirme con unos compañeros para estudiar desde temprano, así que no pensé más en el asunto. Esperaría al lunes para volver, y no se lo contaría a nadie. De mañana no podría ir porque tenía clases en la facultad.
No sé si fue casualidad pero volví a la misma hora. Esta vez entré por Córdoba y me deslicé con lentitud pasando por delante de los negocios nuevos, que no me parecían precisamente los más apropiados para un espacio que albergaba una galería de arte. Por ejemplo: la juguetería que tenía un robot en la entrada o la lencería de ropa fina para damas, entre otros. Aunque era lunes, había más gente que el viernes. Pasé el centro y me dirigí al sitio en el que estaba el cuadro fatal donde había escuchado el gemido. Nada pasó. Entonces Horacio tenía razón, se trataba de una impresión mía. Recorrí apresurada la galería de cuadros que daba a Florida, de ambos lados, y no oí nada. Antes de irme me volví a parar bajo la cúpula para admirar su belleza y en ese momento ocurrió. Me pareció ver que el mismo ángel del otro día ahora lloraba. Sentí que un río helado corría por mis venas. Percibí un sonido arrastrado, forzado. Escuché. Era la voz de una mujer que hablaba, algo así como un pedido de auxilio. Me nombraba: -“¡Helena!”-. ¡Dios mío! ¿No me estaría volviendo loca?
Cuando recobré la serenidad, miré a alrededor de mí y divisé a una señora arrastrando a un chico de poca edad que se aburría-como yo- de los cuadros colgados en las paredes. Con seguridad esperaban el horario para mirar los videos. También vi a dos adolescentes con útiles que, supuse, se habían “hecho la rabona” al colegio. Había un señor formal con portafolios. Oí detrás de mí y luego vi a dos jovencitos que se reían y conversaban en voz alta. Pero, ¿cómo nadie había notado nada? Sólo yo.
Unos minutos después el lamento se hizo más fuerte e intenso:-“¡Helena! ¡Ayuda!”. Me tapé los oídos. De pronto, la estridente música me ocultó la voz. Las piernas me temblaban. Dos lágrimas cayeron de mis ojos. Sentí más que miedo un dolor profundo.
El martes me encontré con mi novio, no le conté nada. Algo me decía que debía guardar silencio. Se me ocurrió que era un secreto. En algún momento Horacio me dijo que me notaba rara, le hice un chiste y no insistió.
El miércoles, cuando volví a las Galerías, fui directamente a pararme debajo de la cúpula. Caminé como quien espera a alguien. Me pareció que el dueño del negocio de videos me sonreía como reconociéndome. Desvié la mirada y me dirigí a la en otra época confortable y ahora alicaída Oficina de Información y Venta de pasajes, de Ferrocarriles Argentinos. Me paré frente a la vidriera como para observar los comunicados. De pronto, la voz volvió: “¡Helena, ayúdame!” Y luego continuó: -“Tengo veintidós años – hizo una pausa-. Me llamo Laura”. En ese momento parecía que la voz se había agotado, pero habló otra vez: -“Me tienen prisionera”. Y después percibí algo así como un golpe.
Otra vez mis piernas se aflojaron. Estaba obnubilada. No podía pensar. Escuchaba voces. Era seguro que me estaba volviendo loca. ¡Veintidós años! ¡Mi misma edad!¡No ¡ ¡No podía ser! Se trataba de una ilusión auditiva. No tenía a quien contarle esto. Mis padres no me creerían, a lo sumo me mandarían a que consultara a un médico. Horacio terminaría por aburrirse de mí, yo lo amaba. ¿Por qué nadie oía lo que yo escuchaba?
Esa noche, a pesar de haberme tomado una pastilla para dormir, no recetada -lo confieso-, soñé con Laura. En mi sueño era una muchacha muy parecida a mí, como yo también estudiaba Medicina. Actuaba como una especie de dirigente, siempre defendía a los compañeros con problemas. Así se me apareció organizando una manifestación de protesta porque nos revisaban bolsos y carteras en la entrada de la facultad, y porque nos habían cambiado arbitrariamente una fecha de examen. Dicen que en los años de la dictadura militar ocurrían esas cosas. O sea, que aunque yo aparecía en el sueño, éste se refería a esa época. De repente, todo cambió, ella estaba en un lugar oscuro, impreciso, y gritaba porque alguien la sometía a un tormento con electricidad. Por suerte me desperté. Puse la radio bajita y escuché música suave. Me dormí cuando ya había amanecido.
A la mañana, una conjetura se introdujo en mi atormentada cabeza. En los tristes días del Proceso habían “desaparecido” muchos estudiantes de mi facultad. Yo había llegado después, con la democracia, y no sabía casi nada de eso, no obstante, me propuse averiguar.
Se confirmaron mis sospechas: en la Facultad de Medicina, a la que yo asistía, había existido una Laura, luego desaparecida. Ella era, en cierta medida, una activista que siempre daba la cara por los demás. Estaba afiliada a un partido de izquierda, aunque, según me dijeron, era más bien una revolucionaria utópica porque odiaba la violencia. Cuando se la llevaron tenía veintidós años.
Con mi novio jamás hablábamos del tema de los desaparecidos. No éramos indiferentes, supongo, aunque nunca habíamos ido a una manifestación, de las que realizaban los organismos de derechos humanos para pedir castigo a los culpables. Yo me dedicaba a estudiar y él estaba haciendo una buena carrera en la empresa en que trabajaba. Nos casaríamos en dos o tres años más.
No, no le contaría nada de lo que había sabido. Pero, ¿podría cargar con todo eso yo sola?
Tardé una semana en reponerme. Necesitaba conocer más, busqué información. Me enteré de que en el tiempo de la dictadura militar habían existido trescientos cuarenta centros de detención clandestina, donde se torturaba y mataba a los subversivos al orden establecido y a los supuestos subversivos. La tarde del jueves, por primera vez, como ya había dado el examen a la mañana, fui a la marcha que las Madres de Plaza de Mayo realizaban todos los jueves alrededor de la Pirámide. Fue una sensación distinta. No se lo conté a nadie.
El viernes me animé y acudí a mi cita con Laura. Debajo de la cúpula, el ángel se puso una mano en la boca indicándome que guardara silencio. En ese momento me di cuenta: el ángel era el que me abría la puerta para oírla. Siempre había sido así y yo recién entonces lo comprendía. Esta vez su voz era muy tenue. Me dijo:

-“¡Gracias, Helena! ¡Gracias por escucharme! Yo estoy muerta. Me mataron. No me olvides.”- Y después, en un último esfuerzo agregó: -“No te arriesgues. No vengas más a escucharme, vos también estás vigilada. ¡No te arriesgues!” La voz se silenció. Miré hacia enfrente. El dueño del negocio de videos me observaba, y esta vez no sonreía.

El tiempo ha pasado. Estamos en junio de 1990. Yo me he recibido de médica y Horacio es subgerente de la empresa en que trabajaba. Nos hemos casado a fines del año pasado. A veces, cuando cierro los ojos para dormirme, en la plácida felicidad del lecho compartido, me parece ver la cúpula de los maestros y, asomándose, el rostro de un misterioso ángel junto al de una joven, algo parecida a mí, que me sonríe. No he vuelto a escuchar su voz. En el diario de esta mañana he leído una noticia sorprendente, dice que las cárceles clandestinas de la época de la dictadura militar no eran trescientas cuarenta sino trescientos cuarenta y una. La última se descubrió en estos días, cuando las tareas de remodelación que se están haciendo para convertir las Galerías Pacífico en un importante centro comercial, permitieron ver, en el segundo subsuelo, verdaderas celdas donde todavía hay fechas y nombres de ese tiempo escritos y perforaciones en las paredes, y hasta algún zapato quemado. Dicen que las Galerías Pacífico fueron un lugar ideal para esas actividades porque la acústica amortiguaba todos los ruidos.

Los días 8 y 9 de junio de 1990, los diarios de Buenos Aires “Sur” y “Página/12” informaron y fotografiaron el hallazgo, en los trabajos de remodelación, de otra de las cárceles clandestinas de la dictadura militar, en el subsuelo de las Galerías Pacífico.

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Imagen: Murales en las Galerías Pacífico.